La puesta en escena es impresionante. En la mayoría de los medios se reproduce una foto en el que caminan juntos, con paso firme, los representantes de Unidos-Podemos, En Comú Podem y En Marea. Una imagen de fortaleza coral que transmite claramente la siguiente idea: nosotros somos colectivo, nosotros somos la calle; nosotros no somos como todos estos que nos rodean. Nosotros estamos enfrente. El mensaje está claro, es durísimo y enuncia con perspicacia y perspicuidad una realidad que todo el mundo conoce pero que casi nadie nombra en el Parlamento: España está en  “estado de emergencia democrática”.

Esto es un hecho irrefutable porque, como todo el mundo sabe, el partido del gobierno ha parasitado las instituciones, ninguneado la separación de poderes y confundido sus intereses con los de España.  Es por eso que el PP pasará a la Historia por la puerta grande: como la organización nacida para delinquir que más brilla saqueando los bienes del común, a cuya costa se enriquecen sus miembros y el propio partido. Los hechos son gravísimos, porque afectan al erario público, y, por lo tanto, a la capacidad del Estado para cumplir con la tarea en la cual se fundamenta la legitimidad de su propia existencia en un sistema democrático: mejorar las oportunidades y condiciones de vida, materiales y espirituales, de los ciudadanos.

Además, por si no fuera lo suficientemente grave lo anterior, la tupida y extensa malla de corrupción que ha forjado el PP ha servido para dopar considerablemente la financiación de sus campañas electorales. O lo que es lo mismo, el PP ha participado en los procesos de competencia electoral con ventajas de partida, derivadas de la pasta gansa que ha recibido a cambio de la promesa de concesiones públicas. Así, el PP, con su accionar corrupto, ha ninguneado y degradado el mecanismo básico a través del cual los ciudadanos seleccionamos a nuestros representantes: las elecciones.

Por si fueran necesarios más ejemplos de la labor de erosión de los fundamentos de la democracia, podríamos mencionar también otro hecho de incalificable gravedad : la utilización de todos los resortes de poder de los que se dispone para entrometerse en los asuntos de la administración de la Justicia. El PP se ha especializado en imponer trabas, generar lastres y erigir empalizadas para trabar su correcto funcionamiento. Porque eso son Manuel Moix (jefe de la Fiscalía Anticorrupción), Jose Manual Maza (Fiscal General del Estado) y Rafael Catalá (Ministro de Justicia): obstáculos impuestos por el PP para limitar, en la medida de lo posible, las consecuencias de la inevitable salida a la luz de su propia corrupción putrefacta.

Estas son razones más que suficientes para presentar una moción de censura al gobierno de Mariano Rajoy. Sin embargo, la propuesta de Podemos parece que ha abierto la caja de los truenos. Con especial crudeza se ha manifestado el PSOE, que ha coincidido en su juicio sobre la iniciativa con el PP, Ciudadanos e incluso PNV. Todos aluden a una curiosa caracterización sobre el sentido de la propuesta. Con mayor o menor acritud todos vienen a decir que no es más que una manifestación del “oportunismo político” de Podemos. Merece la pena que reflexionemos un poco sobre esta acusación.

Con la calificación de “oportunismo político” lo que se pretende decir, intuyo, es que Podemos trata de aprovecharse de las circunstancias (un nuevo pico en los escándalos de corrupción del PP) para sacar el mayor rédito político posible. Si esto es un mal en sí mismo, la hipocresía de PNV, por ejemplo, que acaba de sacar unos buenos milloncejos para su causa a cambio del apoyo a los presupuestos del PP, no tiene límites. Lo mismo serviría para Ciudadanos, que ha sido capaz, como todos hemos podido observar en las recientes campañas electorales, de decir una cosa (“jamás apoyaremos un gobierno presidido por Mariano Rajoy”, por poner un ejemplo) y hacer exactamente lo contrario en función de las circunstancias, sin solución de continuidad y sin que se moviera un músculo de la cara de Yerno de España de Albert Rivera. ¿Qué decir del Partido Popular? ¿Hay alguien que le dé más sentido a la expresión “aprovecharse de las circunstancias”? Basta un breve repaso a lo comentado un poco más arriba para convencerse de ello. ¿Y el PSOE? Desde luego no va a la zaga. Desde que existe como partido (me refiero al PSOE refundado en el tardofranquismo), el partido socialista ha hecho de la oportunidad su signo de identidad, hasta tal punto que ya sólo le quedaba eso, su agudeza para olerla, aunque últimamente anden un poco faltos de olfato. Quizás el perfume thatcheriano con el que se han rociado hasta el tuétano les ha atrofiado este sentido definitivamente. Cuando eran auténticos sabuesos, en la era de Felipe, no se les escapaba ni una, y eso es precisamente lo que hicieron con la moción de censura que presentaron ante Suárez: aprovechar que el “padre de la democracia” estaba en horas bajas para endosarle la estocada final. Felipe perdió la moción de censura, pero ganó las siguientes elecciones.

La acusación de oportunismo político es insostenible, me refiero a la asunción de la supuesta perversidad en esta actitud, al menos en lo que se refiere a la legitimidad de los que acusan de esta manera, dado que es exactamente lo que ellos hacen. Porque lo que molesta de Podemos, en el fondo, no es que practiquen el arte, indispensable en política, de aprovechar la oportunidad. Lo que molesta es que lo suelen hacer mejor que ellos.

Esto no siempre es así, desde luego. No hace falta más que recordar la torpeza con la que se han conducido en los conflictos internos hasta la resolución (y purga) de Vistalegre II, camino en el que han dilapidado buena parte de las esperanzas que muchos han depositado en ellos. Por no decir que han relegado a un cuasi-ostracismo a algunas de sus mentes más brillantes, han despedido a magníficos cuadros técnicos asociados a la corriente perdedora en Vistalegre, perdiendo un material humano de calidad y ya irrecuperable, y han puesto en evidencia su incapacidad para gestionar los conflictos internos de manera menos traumática, mostrando de paso ante los ojos de todos que las artimañas de la vieja política siguen siendo funcionales en quienes dicen venir a cambiarlo todo, dando, en fin, alas a las ansias de poder y a las tendencias autorreferenciales e identitarias de algunos que, mucho me temo, tengan o no buenas intenciones, podrían arrastrar al partido morado al espacio de la irrelevancia. Quiero decir, Podemos no es infalible. No está bien todo lo que hace, no son monstruos extraordinarios. No son ajenos al mundo en el que vivimos. Son seres humanos., y por ello, sujetos a lo mejor y a lo peor de nuestra condición como animales sociales. Pero cuando hilan fino, hay que reconocerlo, y la moción de censura es uno de estos casos.

Unidos Podemos y las confluencias, al presentar una moción de censura de la manera en la que lo hacen, impugnan no sólo a Rajoy, sino a toda una forma de entender y conducirse en política. Por eso concitan el enfado y el desprecio de la casi mayoría del resto de grupos, porque atentan contra la costumbre. Es por eso que desafía a todos, porque les obliga a retratarse, anunciando la moción de censura antes de tener nada pactado, ni prácticamente hablado, con otros grupos. Podemos logra con este gesto presentarse, de nuevo, como otra cosa.

El órdago es audaz y arriesgado, y ha suscitado un visible enfado en la mayoría del resto de grupos parlamentarios, especialmente del PSOE, que siente que, en el fondo, la astuta argucia va dirigido contra ellos. Porque Podemos está dando expresión a lo que todo el mundo piensa: que el PP gobierna porque algunos así lo permiten. Podemos está subrayando de fosforito el nombre de los responsables del sostenimiento en el gobierno de España al PP (a la vez que aplica algo de tipex a su propia vergüenza: su incapacidad de formar un gobierno alternativo). Esos nombres subrayados se llaman PSOE y Ciudadanos, y también Partido Nacionalista Vasco. Es normal que insulten, pataleen y se enfunden en su más agresiva panoplia discursiva. Están señalando un flanco débil en su formación de batalla.

En el fondo, lo que todos han intuido rápidamente es que Podemos lo ha vuelto a hacer: marcar la agenda. Esa obsesión de todo partido político, más en una democracia de audiencias, donde estar en la palestra pública, aparecer en los medios, orientar el sentido, el contenido y los significantes del debate público se vuelve prioritario. En una democracia de audiencias los líderes de los partidos políticos eligen (y construyen en cierta manera) cuál es el conflicto, la división social, que han de seleccionar de entre las disponibles para atraer la atención del electorado y de la sociedad en general. El que acierta en la selección del conflicto, el que logra conectar mejor con el público-espectador es el que se lleva la recompensa: figurar en prime time. Lo que molesta de Podemos no es que muestren su intención de “figurar”, lo que molesta de Podemos, repetimos, es que lo hagan con más tino y mejor que ellos.

Pero es que además Podemos está cumpliendo mejor que nadie con el doble sentido que posee la noción de “representar”. De un lado, “representar” tiene un componente de ficción, es un “actuar como sí” estuvieran presentes aquellos en el nombre de quienes se actúa. Al lograr mantenerse en el escenario marcando el ritmo, la función de representación se potencia. Además, “representar” significa también la pretensión, real aunque siempre incompleta, de “hablar en nombre de”, y en eso, Podemos también se lleva la palma, porque con esta propuesta de moción de censura están convirtiéndose de nuevo en portavoces de aquello que las mayorías sociales piensan en España: que la corrupción es uno de los problemas fundamentales del país. El último barómetro del CIS (febrero 2017) así lo refleja: casi 4 de cada 10 españoles opinan que la corrupción política está entre los tres principales problemas del país, sólo por detrás del paro.

Un análisis desprejuiciado de este último desafío de Podemos debiera concluir, en primer lugar, que ésta ha sido una jugada avezada. Podemos logra hacerse con el tema del momento y utilizarlo para obligar a retratarse al resto de partidos. Obliga a Ciudadanos y al PSOE, también al PNV, a mostrarse molestos e incómodos, porque la realidad es que lo que se denuncia es muy cierto (que el PP es una plaga que ha parasitado nuestra democracia), a la vez que deja en evidencia los apoyos gracias a los cuales nos gobierna esta plaga. De esto se dan cuenta todos, en Sabin Etxea, Génova, Ferraz o El Paseo de Recoletos. Además, dado la manera en la que expresan que buscan la moción de censura (contando con el apoyo de organizaciones de la sociedad civil) ponen sobre el tapete su estrategia de, ante la imposibilidad de provocar cambios desde “la moqueta”, apelar a la calle para movilizar a la población. Es por eso que la afluencia a la manifestación de finales de de mayo marcará, con mucho, el éxito o fracaso de la maniobra.

La cuestión es que si siguen adelante no importa que no consigan los apoyos parlamentarios (algo imposible a priori) porque van a poder hacer de la moción un monográfico contra la corrupción, obligando al PP a comparecer, demostrando, de paso, la inactividad como oposición del PSOE y la preeminencia de Podemos en defensa de la regeneración de la democracia. Si sale bien la jugada, ésta será maestra.

Todas estas cuestiones, y otras asociadas, que uno puede pensar están relacionadas con la decisión de Podemos de llevar a cabo la moción de censura, me parecen simplemente inteligentes desde el punto de vista político, y, de paso, sanas en lo que se refiere a la puesta de relevancia de la manera de conducirse que tienen las élites políticas tradicionales en España. Muestra también una preocupación por el estado de degradación democrática en el que vivimos de una manera que jamás han mostrado ni PP ni PSOE, ni jamás podrán expresar, especialmente el primero, dado que son los responsables directos de la podredumbre.

En definitiva, Podemos lo ha vuelto a hacer. Bienvenido sea.

 

 

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