Provengo de una familia de extracción humilde que se partió el lomo en la Andalucía de la posguerra para sobrevivir. Mis abuelos maternos por ejemplo son del barrio popular sevillano de Triana, como Susana Díaz. Mientras mi abuelo hacía carne presente la sentencia bíblica de “ganarse el pan con el sudor de la frente” haciendo pozos en las fincas de los señoritos terratenientes, a los que les robaba, y a mucha honra, todas las naranjas que podía para después repartirlas por el barrio, mi abuela hacía lo propio cosiendo, a escondidas de su marido, porque en esa España oscura, aterrada y hambrienta que comandó Franco, el trabajo de la mujer era concebido como un oprobio. La generación de la posguerra en España aprendió las técnicas básicas de la supervivencia a base de trabajo informal en durísimas condiciones, con salarios de miseria, cartillas de racionamiento, un miedo terrible a la Guardia Civil y a la Brigada Social (nuestra particular Gestapo), y agachando la cabeza, apretando los dientes, ante los vencedores de la guerra, aquellos que habían destruido la democracia y cuyos descendientes hoy nos gobiernan.

Uno de estos vencedores fue Juan Miguel Villar Mir, presidente de OHL y del Grupo Villar Mir, que actualmente está imputado en una de las múltiples causas judiciales por corrupción que afectan al PP. La reciente “Operación Lezo” está demostrándonos a todos, una vez más, cómo destacados miembros del Partido Popular se han estado enriqueciendo, desde que existen como partido, a costa de los bienes de todos. Bienes que también han utilizado para aumentar sus probabilidades de éxito en las elecciones, quedando éstas así marcadas por la sombra de la fraudulencia al haberles permitido competir en mejores condiciones en la liza electoral. Todo ello gracias al financiamiento en “B” que recibían de empresarios como el susodicho presidente de OHL. Juan Miguel Villar Mir, el suegro del “compi-yogui” de la Reina Letizia, hizo carrera durante el franquismo, y fue vicepresidente económico y ministro de Hacienda en el llamado Primer Gobierno de la Monarquía, con Arias Navarro de presidente, mientras el cadáver del Caudillo de España, y con él el régimen al que dio nombre, comenzaba, por fin, a pudrirse.

En esa época, las élites franquistas menos recalcitrantes y con mayor agudeza para percibir la orientación del viento, tenían claro que el franquismo sin Franco era imposible, y que era necesario bailar al son que marcaban los tiempos. Ante la inevitabilidad del advenimiento de la democracia, estas élites supieron adaptarse y ponerse al frente del proceso de la Transición. Adolfo Suárez fue la imagen paradigmática de estas élites. También el anterior rey, Juan Carlos de Borbón.

La Transición fue un proceso exitoso, en un doble sentido. Fue un éxito para el sector de las élites franquistas que supieron adaptarse, logrando sin demasiado quebranto para sus intereses mantener sus posiciones de poder. No dudo de que entre éstos habría algunos sinceros demócratas, pero sin duda la mayoría lo eran de manera sobrevenida (es difícil saberlo) una vez comprobado, de un lado, que se tenía la suficiente fuerza para comandar el proceso de cambio de régimen, pero, de otro, no para imponerse meramente mediante la coerción. Fue necesario articular un consenso con la dirigencia de los sectores de la oposición democrática. Ahí el PCE de Santiago Carrillo y el PSOE de Felipe González jugaron un papel fundamental.

La Transición también fue un éxito, seamos claros, porque logró traer efectivamente la democracia a España en un muy breve período de tiempo. El proceso de modernización que supuso transformó radicalmente la faz de España. El atraso y el subdesarrollo, el hambre y el analfabetismo, que ya habían comenzado a superarse con las políticas económicas rectificadoras de la autarquía fascista articuladas por la propia dictadura como mecanismo de supervivencia en los años 60, retrocedieron hasta niveles inéditos en la historia de España. La piel del toro por fin se parecía en algo a Europa.

Para la gente como mi abuelo, en Andalucía, todo este proceso conllevó una significativa mejora de sus condiciones de vida. Mi abuelo tenía memoria: sabía perfectamente quiénes habían sido los patrones que le explotaron y quienes eran sus descendientes. Por eso odiaba al Partido Popular. También identificaba claramente quien había traído las mejoras: el Partido Socialista. Eso explica que mi abuelo, cuando se le preguntaba a quién iba a votar, siempre decía “al de Felipe”.

Para las generaciones que, como la mía, hemos nacido en democracia y disfrutado de toda una serie de oportunidades gracias al esfuerzo de nuestros abuelos y padres, con acceso a una educación pública de cierta calidad, sanidad y otros servicios públicos, es difícil hacernos una composición de lugar de la potencia simbólica que el PSOE aún representa para muchas de nuestras generaciones mayores en lugares como Andalucía, históricamente una región subalterna, despreciada y explotada como pocas. Es sorprendente por eso escuchar a intelectuales lúcidos cercanos a Podemos como Jorge Verstrynge, quien es capaz  sin embargo de percibir las sutilezas del discurso de Marine Le Pen en Francia y explicar sin prejuicios las causas que explican su influencia entre las clases obreras, decir en un programa de “La Tuerka” que “Andalucía es una sociedad comprada”, ante el silencio estupefacto del resto de tertulianos, que apenas balbucearon un par de incongruencias para contrarrestar juicio de valor tan simplista y despreciativo (quizás porque en el fondo compartan el criterio). Si Podemos quiere ganar en Andalucía, más le valdría entender a su pueblo y dejarse de lugares comunes. Somos una sociedad envejecida, con un punto de orgullo que esconde cierto sentimiento de inferioridad, producto de siglos de sometimiento. Existen potentes tintes conservadores combinados con cierta memoria indignada, una memoria que lleva a muchos a votar a quienes identifican con la mejora en sus condiciones de vida. Hace falta mucho trabajo cultural en Andalucía para vencer al PSOE, quien, efectivamente, tras 30 años en el poder, ha establecido muchas redes clientelares y, lo que es más importante, se ha introducido como una pieza más en los engranajes del sentido común popular. El PSOE está naturalizado como parte de la sociedad andaluza.

Yo soy de los que piensan que lo mejor que podría pasarle a España es que el PSOE, una auténtica rémora para el país, se hundiera como el PASOK en el mar de la insignificancia,  y por la parte en la que haya más tiburones hambrientos. Esto esperando que sus votantes se pasen en masa a Podemos, la única esperanza en la arena política actual para conseguir algunos cambios significativos. Soy también de los que piensan que eso no va a pasar. Digo lo de los votantes, porque lo del hundimiento del PSOE está por ver.

La brecha generacional en España es potentísima, pero seguimos siendo una sociedad con carencia y querencia de certezas y orden, como manda el canon de la madurez conformista de la clase media, que no es el estrato social donde están la mayoría de los españoles pero si donde se sienten, que, a efectos prácticos como los electorales, es exactamente lo mismo. Despreciar esta realidad es no sólo un error estratégico, sino un serio problema ético, porque si estamos de verdad preocupados por la gente de nuestro país, tenemos que aprender a entenderla. No vale con soltar exabruptos ni con denigrar las legítimas demandas de seguridad. Eso es lo fácil. Lo difícil es tratar de penetrar en ese sentido común para transformarlo, aceptando el hecho de que el en proceso nosotros también seremos contaminados por sus razones.

Dicho todo esto, creo que no es muy inteligente hacer como si no nos importara lo que está sucediendo en el PSOE. Descartado lo de los tiburones, como prueba el apoyo electoral que mantiene, la única posibilidad de producir al menos ciertos cambios en la política española es que Podemos y el PSOE se pongan de acuerdo para desbancar al podrido Partido Popular de las instituciones. Y eso no va a pasar si Susana Díaz es elegida secretaria general este domingo. Leer por ejemplo cuál es la propuesta “cultural” de la candidatura de Díaz, básicamente que sigamos siendo un país de servicios orientado al turismo, es una buena prueba de lo que nos espera si el PSOE sigue siendo ese partido de Tercera Vía con olor a Margaret Thatcher. Leer cosas como que “la mayor creación de clases medias se está produciendo en Asia. Asia tiene excelentes playas por lo que los turistas asiáticos que vienen a España y a Europa buscan cultura” (sic) y cifrar en esta argumentación absolutamente beoda las esperanzas para la recuperación de España, es no sólo para echarse las manos a la cabeza, sino para desear que el volátil, incongruente y poco fiable Pedro Sánchez, arrase en las primarias del PSOE. Del trilero de Paxti López no hablamos porque este ya tiene asegurado un puesto en la Ejecutiva gane quien gane.

La frase pronunciada por Susana Díaz en el reciente debate entre los candidatos, “el PSOE está malito”, no es sólo producto de la incapacidad argumentativa y de la simpleza intelectual del actual socialismo. Es el reflejo de una realidad social de consecuencias globales. Porque lo que “está malito” no es solo el PSOE, es toda la socialdemocracia europea, y con ella, el pacto social de posguerra nacido de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. Este pacto social había instaurado un nuevo sentido común, aceptado entonces por derecha e izquierda, y que hoy está siendo quebrado en todas sus dimensiones, que venía a decir que la legitimidad de un Estado democrático se funda en generar protección y bienestar a las mayorías sociales, en la integración de las diferentes fuerzas sociales y en la aceptación (matizada, relativizada, coartada y limitada, pero reconocida al fin y al cabo) del binomio que está inserto en la noción de “democracia representativa”: que el poder reside “en el pueblo” en última instancia, y que los gobernantes “representan” los diferentes intereses y sensibilidades de la población. Desde mediados de los años 70 se están desplazando estos dos principios al lugar de la insignificancia, mientras las decisiones que realmente afectan a la vida cotidiana de la gente son tomadas en lugares donde los ciudadanos no tenemos ningún poder de decisión. La crisis económica y las políticas de austeridad han sido la gran vuelta de tuerca en este mismo sentido. Grecia ha sido sólo una imagen clarividente de lo que nos está sucediendo a todos. El modelo hacia el que estamos caminando es el de una democracia sin demos, y es ya hora de que los partidos políticos que dicen representar a la gente actúen con más inteligencia para frenar en lo posible esta tendencia. No sé si será posible, pero también seremos responsables si no lo intentamos. Ignoro cuál será el derrotero que Pedro Sánchez tomaría si ganara las primarias en el PSOE. Visto lo visto, podría ser cualquier cosa. Pero ya puestos, voy a expresar un deseo: deseo un PSOE gobernado por alguien que vire a la izquierda, recupere la esencia original del pensamiento socialdemócrata, y entienda que tiene que ponerse del lado de la gente. Deseo que en Podemos sean capaces de dejar a un lado las, por otra parte lógicas, reticencias a pactar con el PSOE, y logren forjar una alianza contigente, sujeta a cambios pero clara en el objetivo de frenar las políticas del Partido Popular y poner en un brete las directrices marcadas por la Europa de Merkel. Estos deseos no reflejan una gran ambición transformadora, pero visto cómo está el patio, ahora mismo se me antojan como una aspiración de urgencia insoslayable. Porque las élites políticas y económicas están a lo que están, y es muy simple: la democracia es un obstáculo para sus intereses, y están más que decididos a seguir desmantelándola.

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