Uno de los peores pecados que puede cometer  un representante político es el de la deshonestidad intelectual. Puedo comprender que por razones de estrategia política se utilicen determinadas artimañas del lenguaje, subterfugios retóricos, circunloquios argumentativos. Puedo entenderlo, aunque prefiero políticos que hagan el menor uso de ello.

Lo que me resulta insoportable, y lo que es más importante, muy peligroso para la calidad de nuestras democracias, es ese tipo de deshonestidad intelectual que tiene como único objetivo tender redes de engaño y que, de manera no confesada, parte de la premisa de que el personal es absolutamente imbécil e incapaz de pensar por sí mismo. Esto es muy preocupante, porque estamos hablando de la gente que nos “representa” en función de su cargo público. Y que alguien nos “represente” es algo muy serio. Porque un representante público es el portador de un determinado “poder” cuya cristalización es el resultado de innumerables luchas sociales. Ese poder se llamar “poder del pueblo”, e hizo falta mucha sangre para que lograra instaurarse como fundamento último de la legitimidad de nuestros representantes.

Cuando un representante público hace de la deshonestidad intelectual su bandera, está por lo tanto insultando a toda la sociedad en su conjunto. Lamentablemente, esto sucede con demasiada frecuencia en nuestro panorama político. En todo su espectro.

Un buen ejemplo de ello es el artículo firmado por Elena Valenciano en el diario.es, titulado “Votar a Susana y defender la verdad”, cargado de medias verdades, algunas pocas certezas y una clara intencionalidad por hacer precisamente aquello que critica: engañarnos.

El artículo de Elena Valenciano está dirigido a desmontar al personaje Pedro Sánchez y a sus argumentos de campaña. Cosa muy legítima y respetable. Hay bastantes argumentos que podrían utilizarse para ello. Hay una cuestión que se destaca en el artículo que bien pudiera ser cierta: que el empeño en el “No es no” de Sánchez y en convocar un Congreso era una artimaña para permanecer en la Secretaría General a través de un plebiscito. Llega a decir incluso, a nivel de intuición, que si Sánchez hubiera conseguido su propósito, habría después favorecido la abstención en la investidura de alguna manera “vergonzante”, esto es, a través de la artimaña de pactar con el PP la salida de algunos diputados en el momento de la votación.

Nada puedo decir sobre esta aseveración, porque es un futurible que nunca tuvo lugar y porque no conozco la realidad interna del partido socialista más allá de los que conocemos por los medios y lo que cuentan quienes son, como Valenciano, sus protagonistas. Como ya digo, es desde luego una hipótesis plausible. El personaje de Sánchez da para eso y más.

Lo que llama la atención de este argumento es sin embargo lo que no se dice: que dado que Sánchez pretendía fortalecerse en la Secretaría a través de un plebiscito sobre su liderazgo, se le impidió hacerlo porque temían que ganara ese plebiscito. Por lo tanto, Valenciano reconoce que los militantes estaban probablemente deacuerdo con mantenerlo y con su consigna (fuera o no sostenida honestamente) del “No” a la investidura de Rajoy (que, recordemos, es la consigna con la que se presentó a las elecciones, y por lo tanto, y presumiblemente, por lo que le votaron quienes le votaron). Por lo tanto, la caída de Sánchez sirvió efectivamente para evitar que los militantes decidieran. Así, Valenciano está reconociendo implícitamente dos cuestiones: que tiene miedo a la democracia interna porque sus resultados pueden no coincidir con lo que ella considera que es lo mejor para el Partido y el país, y, por otro lado, que entiende que los militantes del PSOE (imagino que esta apreciación se extenderá a todos los electores en España) son susceptibles de ser manipulados demagógicamente por líderes sin escrúpulos en la búsqueda del poder (caso que parece ser el de Sánchez según su criterio). Es decir, está diciendo que los militantes del PSOE son menores de edad que no son capaces de conducirse por sí mismos. Ahí queda eso.

El problema del PSOE por lo tanto, según Valenciano, no es ni la imagen que transmite de anquilosamiento burocrático de sus estructuras, ni su viraje ideológico y de práctica en políticas públicas desde lo socialdemócrata a lo neoliberal, ni sus famosos casos de corrupción, la creciente brecha entre dirigencia y militancia o su incapacidad creciente para conectar con las generaciones más jóvenes y mantener el voto de sectores de generaciones más maduras. El problema del PSOE no es que hace tiempo que dejaron de conectar con la gente porque ésta se ha dado cuenta perfectamente que las políticas del PSOE, de manera muy palpable tras la crisis económica, no les protegen ni benefician. No. El problema del PSOE es que se han dejado arrastrar por un líder y un proyecto “caudillista y populista” (sic).

No deja de llamarme la atención que se presente a Sánchez como representante de un proyecto “caudillista y populista” precisamente como contraste a Susana Díaz, la más caudillista y populista (en el sentido negativo y usual del término, que yo no comparto, esto es, como sinónimo de demagogia) de todos y cada uno de los actuales líderes del PSOE. Si algo caracteriza a Susana Díaz es la mano férrea y caudillista con la cual domina las estructuras del aparato del socialismo andaluz. Si algo caracteriza a su discurso es la apelación a la emoción, manejando ideas sencillas y fácilmente digeribles, con toques de cotidianeidad popular (“Pedro, no mientas cariño”, “el PSOE está malito”), con una evidente exaltación de su propia figura y liderazgo, con pocas referencias a ningún tipo de proyecto político y llamando a valores, por cierto bastantes conservadores, como la lealtad al grupo propio y la defensa de las “esencias” del partido. No hay nada más “populista” que el baño de masas del que suele rodearse cada vez que quiere exaltar un triunfo. Buen ejemplo de ello fue el calculado escenario que se articuló en su primera aparición mediática tras el triunfo electoral en Andalucía. O la manera en la que se presentó recientemente para mostrar sus avales para las primarias.

Cinco son las virtudes que destaca Valenciano de Susana Díaz frente a Sánchez. La primera es que tiene una “idea de partido”. No nos dice mucho sobre en qué consiste esa “idea”, aunque intuimos que lo que aprecia en ella es que no se deja arrastrar por la democracia interna, pues lo que destaca es que es una idea de partido “orgánica e institucional”. En realidad, lo que está diciendo Valenciano es que un partido debe ser jerárquico y estar bien sujeto. Lo que está diciendo es que la democracia es un problema para los partidos, que necesitan ser ejércitos bien formados, donde no quepa la disidencia interna, donde no haya el menor resquicio de debilidad que pueda ser explotado por el adversario.

Esto quizás sea cierto, pero no estaría de más que nuestros políticos comenzaran a combatir esto de alguna manera, y, sobre todo, que no nos cuenten milongas como si fuéramos incapaces de ver cómo funciona el tinglado.

En Podemos por ejemplo, por darle también estopa a los que considero de lo mejorcito que hay en la política española, ésta es la decisión que tomaron en Vistalegre I: formar un partido sin fisuras, y de ahí, en parte, la enorme bronca que les llevó a Vistalegre II. Porque inevitablemente, en una estructura que no permite la disidencia institucionalizada (en eso consiste la democracia, en institucionalizar los conflictos), acaban formándose familias de afinidades políticas que derivan en la mera lucha por la ocupación de espacios de poder, ante la imposibilidad de mantener su disidencia si no es por la vía de la imposición sobre el resto. El propio Errejón, uno de los políticos más brillantes y admirables que actualmente se baten el cobre en la arena política española, fue uno de los coautores de esta visión de partido tradicional que después se ha demostrado como la guillotina que le ha descabezado como segundo al mando. Él mismo ha reconocido el error de esta forma de concebir al partido, a la vez que ha mostrado ser funcional para conseguir el enorme caudal de votos inicial.

Todo esto es de nuevo es una expresión de un miedo a la democracia que revela un tremendo pavor al “gobierno de la multitud”, considerada como una masa anómica e irresponsable que se deja arrastrar por las más viles pasiones. Esto los primeros que lo argumentaron fueron las oligarquías que veían en la democracia una abominación, dado que pensaban que el poder correspondía por derecho a los que estaban destinados por su nacimiento o por sus competencias. Es decir, destinado a “los mejores”, que es lo que significa etimológicamente la palabra “aristocracia” y que es lo que existe en el seno de las estructuras de poder del PSOE.

No estoy defendiendo la idea contraria e igualmente esencialista que viene a decir que las masas siempre tienen razón y se conducen de manera “pura” simplemente porque son “el pueblo”. Lo que estoy diciendo es que la democracia es el régimen político que, en teoría, mejor articula la existencia de estos conflictos inherentes a toda sociedad humana, y que uno de sus pilares es la idea del autogobierno de la sociedad, y que uno no puede estar simplemente aceptando eso como premisa pero después haciendo exactamente lo contrario, es decir, articulando mecanismos cada vez más alejados de la capacidad de decisión de las masas populares.

La segunda virtud que Valenciano atribuye a Susana Díaz: tiene una “idea de España”. Aquí la cosa adquiere tintes de indefinición y confusión total, porque Valenciano defiende que lo que Susana entiende por España es una idea de Estado de las Autonomías reformado a través de una reforma federal, exactamente lo mismo que Borrell defiende que defiende Sánchez. Es decir, lo que el PSOE dejó por escrito como propuesta federal del partido en la llamada Declaración de Granada. Que es también lo que defiende Patxi “trilero” López. Entonces, ¿cuál es la diferencia?

En mi opinión la diferencia está en lo que declaran en función de donde estén. Sánchez muta a la velocidad de las pulgas, cada día tiene una nueva estructura genética para enfrentarse a los insecticidas, por eso es difícil saber si mantendrá hoy lo que defendió ayer. Hoy está, afortunadamente, con el concepto de “plurinacionalidad” (que trajo en gran medida Podemos de Latinoamérica) y la idea de la existencia de una nación de naciones (ahora con el adjetivo de “culturales”). Esto es desde luego una posición ganadora electoralmente, en el actual panorama político, que parece ir por esos derroteros.

Lo de Díaz es otra cosa, porque suele ser decir que apoya una idea de España “plural, federal, inclusiva y solidaria”, que uno no sabe si es un proyecto político, una declaración de intenciones o una frase hecha que se incluye como colofón en cualquier frase porque rima y suena a algo. La verdad es que a buen entendedor, sí que suena a algo, porque la palabra “solidaridad” en Díaz, hablando de la cuestión territorial en España, significa una cosa muy concreta: que no haya diferencias entre lo que percibe una región u otra en su relación con el Estado. Es decir, no reconocer ninguna atribución especial por el hecho de reconocerse alguna diferencia. Osea, seguir dándole vueltas al problema sin solventarlo.

Tercer valor atribuido a Susana Díaz: tiene “vocación y capacidad” de construir mayorías sociales que se transformen en mayorías de gobierno. Ha demostrado, asegura Valenciano, capacidad para enfrentarse al PP y al “populismo” de Podemos. Según su criterio, “por algo será” que Susana Díez es la “peor adversaria” tanto para Rajoy como para Iglesias. Aquí la concatenación de juicios de valor convertidos en verdades absolutas es paradigmática. Supongo que con lo de construir mayorías sociales se refiere a que efectivamente gobierna en Andalucía, hecho que más que mérito de la propia Susana Díaz se deriva del hecho de que en Andalucía, por razones históricas y sociológicas, mande quien mande en el PSOE, éste consigue siempre un caudal de votos considerable. El remate es esa idea de que Susana es la peor adversaria de Rajoy, cuando a todas luces, y como han expresado abiertamente, los del PP anhelan que Susana Díaz gane en las primarias. El “por algo será” está por lo tanto colocado exactamente en la ecuación contraria de la que pretende convencernos Valenciano.

Que para Iglesias Susana sea la peor adversaria es una verdad a medias: porque un PSOE regido por Díaz es probable que produzca una elevada “orfandad de representante” en lo sectores partidarios de Sánchez, y, a lo mejor, eso desearía Podemos, se articularía un voto de castigo que iría a Podemos. En otro sentido es verdad en cambio que un PSOE de Susana es una especie de antítesis a Podemos, justo en la misma y exacta medida en que lo es Rajoy, porque la diferencia entre ambos, de tan mínima, a veces parece inexistente. En todo caso, uno tiende a pensar que a lo que está Podemos es a esperar que caiga la breva de una descomposición del PSOE que le permita recoger a gran parte de su electorado. Si esto es así, Susana Díaz sería la mejor candidata para esta estrategia, porque la proyección electoral de la presidenta de la Junta de Andalucía más allá de Despeñaperros deja bastante que desear.

Cuarto criterio de apoyo a Susana Díaz por Valenciano: tiene “capacidad de dirigencia”. Sabe organizar al partido, combinando “democracia interna, orden y eficiencia”. La federación socialista en Andalucía es un ejemplo de esto, y Susana Díaz es una de las responsables de este funcionamiento virtuoso, según el criterio de Valenciano. Creo que no es necesario contra-argumentar en demasía este razonamiento, porque cae de cajón y ya hemos hablado sobre ello. La estructura de la nomenklatura socialista en Andalucía existe con o sin Susana, y lo de la democracia interna, bueno, creo que no es necesario decir más al respecto.

El quinto valor que atribuye a Díaz es su experiencia en el ejercicio de gobierno, cosa indudable, que en su opinión demuestra su carácter de izquierdas y progresista, cosa como mínimo dudosa. Basta con echar un vistazo a la reacción airada y a la extensa indignación que las políticas de Díaz por ejemplo en sanidad pública han levantado en Andalucía a raíz de una protesta iniciada en Granada, o, sin ir más lejos, a sus propuestas como candidata, que han sido calificadas por Patxi López, que imagino que no es considerado por Valenciano un radical populista, de demasiado “liberal” y “americana”. Desde luego los gobiernos socialistas nunca han sido, sensu stricto, tan neoliberales como los del PP, pero es evidente que el giro dado por ZP en el año 2010, apostando abiertamente por las directrices emanadas desde Alemania, están en la base de los problemas de legitimidad que están afectando poderosamente al PSOE. Y Susana Díaz es heredera de esta política. De hecho, todo el mundo sabe que Díaz es “la derecha” en el PSOE. Quizás por eso hasta lo votantes del PP responden en las encuestas que la prefieren a ella como dirigente del PSOE.

Tengo que reconocer que, sin conocer en demasía la trayectoria política de Elena Valenciano, mi opinión sobre ella era de relativa simpatía antes de leer este artículo. Dado que el primer ZP y su equipo, antes de que sobreviniera la crisis y el PSOE decidiera a la altura de 2010 mostrarnos a todos los españoles que en España manda Merkel, llevaron a cabo toda una serie de políticas sociales de avanzada y medidas de carácter progresista (ley de dependencia, matrimonio homosexual, ley de memoria histórica, Estatut en Catalunya, medidas contra la violencia de género, diálogo con ETA para acabar con la violencia terrorista, retirada de las tropas de Iraq, etc), miraba yo con buenos ojos a algunas de las caras más visibles de su gobierno. Es el caso de Elena Valenciano, a quien le avalaba además el hecho de ser una evidente defensora de la igualdad (de hecho, ha consagrado buena parte de su labor en el Parlamento Europeo a ello, y destaca por ejemplo, en la lucha contra la ablación del clítoris), siendo ella misma un símbolo de las conquistas que el feminismo ha logrado para toda la sociedad. Mi simpatía hacia ella creció cuando se enfrentó con el impresentable, machista y corrupto candidato del PP a las europeas Arias Cañete en ese famoso debate en Antena 3 (un debate por otra parte absolutamente vacío de contenidos significativos por ambas partes) después del cual el candidato conservador expresó: “El debate con una mujer es complicado. Si demuestras superioridad intelectual o la acorralas, es machista”. Frente a tamaño animal de bellota, Elena Valenciano es una revolucionaria.

Por otra parte, cuando Valenciano participaba en tertulias, era habitual verla en una actitud respetuosa, capaz de elaborar argumentaciones con cierto nivel de complejidad, poco dada a los ademanes de superioridad tipo Marhuenda, a la demagogia chillona de un Inda, o, ya puestos, a la huera y barata retórica autoreferencial de su compañero de partido Antonio Miguel Carmona. Esa era al menos la imagen que transmitía, tal y como yo la recuerdo, cuando su presencia pública era más acusada que en la actualidad, en la que parece estar en un segundo plano, aunque últimamente se la ve mucho en la defensa de la candidatura de Susana Díaz.

La sensación que a uno le queda es que al interior del PSOE, en sus castas dirigentes, hay miedo. Miedo a perder sus posiciones de control y autoridad en el partido. Para evitarlo, todo vale, y una de las estrategias, como la articulada por Valenciano en su artículo, es presentar una realidad desenfocada que impide ver nítidamente aquello que late bajo los velos del discurso.

Esa realidad es la situación de crisis en la que se encuentra el socialismo (no sólo en España). Esa situación de crisis no es responsabilidad (en exclusiva) de Pedro Sánchez, como pretenden hacernos ver. Es producto de la propia trayectoria histórica del PSOE, que ha ido progresivamente desplazando el foco de su ideología, su visión del mundo y sus políticas públicas hacia la defensa de los intereses de los más poderosos, en detrimento de las mayorías sociales.

La última vuelta de tuerca producida en esta tendencia la produjo Zapatero con su aceptación acrítica de las medidas de austeridad impuestas desde Bruselas-Berlin en 2010. Este giro fue aún más significativo y desconcertante para muchos por el hecho de que Zapatero, en su primera legislatura, había desatado un discurso y unas prácticas que parecían devolver parte del camino socialdemócrata desandado al partido, generando bastante ilusión y sensación de cambio en amplios sectores de la izquierda sociológica del país, especialmente entre su gente joven. La candidatura de Díaz representa la ceguera absoluta con respecto a estas realidades. Miran hacia otro lado, porque, de no hacerlo, tendrían que reconocer su propia responsabilidad. Y eso de asumir responsabilidades, claro está, no es 100% PSOE.

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