La cara de Carmona durante la rueda de prensa de Susana Díaz

Jose Luis Rodríguez Zapatero ganó las elecciones generales en 2004 en el terrible contexto de los atentados del 11-M en Madrid. El Partido Popular hizo un cálculo electoral acertado y tomó una decisión terrible que marco su derrota. El cálculo era que si se sabía que el atentado tenía origen yihadista la gente haría uso de sus conocimientos básicos de aritmética, y concluiría que la bomba nos la pusieron por la participación de España en la guerra de Iraq. La decisión terrible fue que el gobierno de Aznar se atrevió, para evitar la conclusión anterior, a mentirnos de manera miserable, insultando con ello no sólo a nuestra inteligencia sino a la dignidad de nuestros muertos, asegurando que el atentado había sido provocado por ETA. El PP perdió estas elecciones no porque nos metiera en Iraq y de ahí se derivara el atentado terrorista, sino porque nos metió en la guerra de Iraq en contra de lo que pensaba toda España y cuando nos pusieron las bombas, encima, nos escupió en la cara, con sus falsedades, el desprecio enorme que sienten por la sociedad en su conjunto.

Una imagen de la victoria de Zapatero permanece clavada en mi retina. El contexto entonces estaba muy marcado por las emociones. Tras una legislatura cargada de conflictividad social, en el que la obtusa y criminal decisión de entrar en la guerra de Iraq no fue más que la gota que colmó el vaso, el atentado del 11-M y las mentiras del gobierno exacerbaron los ánimos de todos. Entonces, éramos muchos los electores de izquierda que no votamos a Zapatero pero, de manera inconfesada, deseábamos su victoria, porque era la única alternativa posible. La imagen que se me quedó grabada es la de Zapatero dando su discurso de victoria mientras cientos de jóvenes en las puertas de Ferraz gritaban: “los soldados a casa”. Se referían a los soldados desplegados en Iraq y era la primera vez que un presidente ganaba una votación e, inmediatamente, sus votantes reclamaban que cumpliera sus promesas. En eso Zapatero cumplió.

Esta primera legislatura de ZP, con políticas marcadamente progresistas, fue la última vez que observé que el PSOE era capaz de generar ilusión entre la gente. Luego llegó la crisis y Zapatero decidió que el voto válido en España era el que se emitía en Alemania. Ahí dilapidó todo su talante, se depiló la ceja junto a su carisma, y mostró de manera evidente que su alma socialdemócrata permanece cuando hay vacas gordas, pero no cuando más se necesita. No se le conoce, con los años, reconocimiento de este gran problema., Desde entonces, el PSOE no hace más que perder votos.

La victoria de ayer de Pedro Sánchez y la ilusión, que se palpaba en su rostro y en el de los suyos, me ha traído a la memoria el recuerdo de la época en el que el PSOE ilusionaba a sus partidarios y más allá. Desde luego el contexto es muy diferente, porque los que estaban ayer en Ferraz son militantes del PSOE, y no eran tantos, lo que se dirime son unas primarias y no una elección a la presidencia y la España de 2004 no tiene nada que ver con la de 2017. La España de 2017 es la España de la crisis, el fin del sueño de la clase media y la prosperidad indefinida, el descubrimiento de que somos europeos de segunda (el decir, el Sur en el Norte) y el estallido de la brecha generacional que se plasmó en el 15M, donde las generaciones más jóvenes lideraron a sectores de las más antiguas para advertirle al sistema representativo español que sabíamos que no nos estaban representando. Desde entonces ha llovido tanto que es casi imposible resumir todos los acontecimientos, pero digamos que Podemos nació de ese impulso, y ahora la política española es otra cosa, con el bipartidismo muerto y la izquierda del establishment perdiendo su posición hegemónica.

Pedro Sánchez, por necesidad, ha comprendido que el problema de la socialdemocracia es precisamente el abandono de los principios que cimentaron su legitimidad social. Esa idea que aún permanece de manera difusa pero enraizada en las mayorías sociales según la cual la función del Estado consiste en proteger a los ciudadanos. Quizás llega tarde y no sabemos de la fortaleza real de esta convicción, pero uno no puede más que alegrarse de que el nuevo líder del PSOE haya comprendido esto, y, sobre todo, que los militantes del PSOE lo hayan hecho saber a sus élites.

Susana Díaz representa la perseverancia en el error. Esta mendacidad suya representa los intereses de la casta que domina al socialismo español desde hace décadas, y si algo está claro desde el minuto uno, palpable en la enhorabuena a Pedro Sánchez que concedió a regañadientes, es que la Cacique del Sur va a seguir presentando batalla. Díaz se va a llevar a los soldados a casa, los suyos, a Andalucía, para agarrarse férrea en el sillón de mando y mantener posiciones en su bastión. Los actuales dirigentes del socialismo andaluz ha tomado una decisión: si hay que morir que sea matando. Antes de la derrota final, si sobreviene, van a hacer mucho daño.

Sólo de esta manera podemos entender la decisión que acaban de tomar los susanistas nada más bajarse del AVE en Sevilla: convocar primarias para Junio a la secretaría general del PSOE-Andalucía. Esto es una declaración de guerra en toda regla a Pedro Sánchez, con lo cual se demuestra que los llamamientos a la unidad después de las primarías eran sólo eso que todos pensábamos: una milonga.

Díaz copió la táctica Rajoy en su intento de enterrar a Sánchez: dejar pasar el tiempo. La intención era que se apagará el fuego de la indignación en la militancia, pero lo único que hizo fue avivarlo. Ahora ha descubierto que fue un error, y por ello pretende renovar la estrategia que le funcionó para frenar el avance de Podemos en las elecciones autonómicas andaluzas: evitar que les dé tiempo a los adversarios a formar una candidatura coherente y con arraigo social.

Todo apunta a que Díaz no se ha enterado de nada, y sigue confiando en que sigan funcionando las mismas máquinas de siempre. No le va a funcionar. Los sanchístas no necesitan un gran ejército ni caras carismáticas y muy visibles para vencer: sólo necesitan que Susana siga siendo Susana. Quizás aún esté a tiempo de convocar esas primarias que le permitan mantener posiciones, pero será solo eso: mantenerse. Está muy lejos ya de lograr ejercer la hegemonía, porque el único recurso que le queda es la coerción de los aparatos pero no la capacidad de consenso social. Su estrella está condenada a apagarse, como se está apagando la legitimidad de la socialdemocracia en casi toda Europa, especialmente de aquella que de la misma sólo mantiene el nombre.

Lo político se define por el conflicto, y en situaciones críticas de gran incertidumbre, en algunos se impone la lógica de la guerra y la confrontación antagonista. Las élites del PSOE y con ella el poder mediático que le apoya, han optado por esta vía, incapaces de orientar su conflictividad interna en términos adversariales, y ha decidido entenderlo todo en términos de la lógica del amigo/enemigo. Con el adversario se negocia, con el enemigo de combate hasta la muerte. De la misma manera que han entendido a Podemos como un enemigo a destruir, así han interpretado la candidatura de Sánchez, y con él a la mayoría de su propia militancia. Así las cosas, van a intentar de nuevo destruir a Sánchez, refugiándose primero en sus fortalezas más inexpugnables a la espera del momento propicio. Tienen una potente artillería mediática a su disposición, e incluso el apoyo de aliados de otras aceras. No es de extrañar que las editoriales de los medios de PRISA coincidan, punto por punto, unas horas después de la victoria de Sánchez, en el mismo juicio de valor con diarios como ABC o La Razón, que han interpretado, todos ellos, la elección de Sánchez como la ruina total del PSOE, que, en síntesis, según su criterio, se habría dejado arrastrar por el populismo demagógico de Sánchez.

La ceguera es total. Mientras más candela le den a Sánchez, más engrandecerán su figura. Porque lo que no han entendido aún es que en 2017, los medios tradicionales de comunicación de masas ya no tienen la hegemonía del discurso. Controlan importantes sectores del mismo, pero está en disputa. Las élites del PSOE, en definitiva, no convencen porque ya no viven en este siglo.

A todos ellos les une una convicción profunda que anida en su inconsciente: el odio a la democracia. Las circunstancias les han obligado a imponer las primarias como mecanismo para aparentar regeneración, pensando que podían controlarlas. De hecho el impulsor de tal iniciativa fue Eduardo Madina, que no se fiaba de ser nombrado sólo con el apoyo de algunos barones, y precisamente con Susana Díaz en contra. Las ironías del destino han provocado que Madina perdiera esas primarías frente a Sánchez, entonces el alfeñique interpuesto por Díaz frente a Madina, y que ahora, perdido todo su prestigio al someterse servilmente al dictatum de Susana Díaz, a la espera de que el dedo de Susana le colara allí donde la democracia no le concedió su gracia, Pedro Sánchez haya vuelto a ganar con ambos intercambiados de bando.  En definitiva, les ha salido rana la jugada. Ahora se echan las manos a la cabeza y se lamentan (sin reconocerlo abiertamente) de articular mecanismos de democratización interna. Cuando denuncian a Pedro Sánchez como populista, caudillista y demagógico, están haciendo uso de un sentimiento largamente anidado en el pensamiento conservador desde que la modernidad irrumpió con fuerza en el mundo: el miedo a las masas. La turba, la multitud, la informe y estúpida masa descontrolada que se desata a las pasiones más viles. Con todo ello en realidad lo que quieren decir es una simple cosa: la masa es incontrolable. Porque eso es lo que más temen: perder el control.

Que un personaje tan poco fiable como Pedro Sánchez, al que le deseo toda la suerte del mundo si se mantiene en su giro a la izquierda, se haya convertido en un líder con carisma, es una demostración palpable de la incapacidad de análisis de Susana Díaz y los que pertenecen a su casta de fontaneros internos del PSOE. Parece que la democracia ha vuelto momentáneamente para ponerlos en su sitio. Seguramente encontrarán nuevos métodos a lo Macron para tergiversarlo todo, a lo mejor tienen artillería contra Pedro Sánchez para someterlo, desprestigiarlo o defenestrarlo de nuevo. Quién sabe. Mientras tanto, guardemos la foto del rostro contenido de Susana Díaz, a la que no le gusta perder ni al parchís y, por detrás, la de un desnortado Antonio Miguel Carmona, el rey de la demagogia, que pierde por enésima vez una apuesta. Guardémosla porque ese es un momento maravilloso que se vive en pocas ocasiones: la cara que ponen los que mandan cuando la democracia les sorprende.

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