El ya dimitido Jefe de la Fiscalía Anticorrupción, Manuel Moix, ha caído porque en España ha resurgido con fuerza un periodismo que milita en la profesión con vocación y profesionalidad, y ha ocupado el espacio que el diario “El País” dejó vacío hace mucho tiempo. Los periodistas de infolibre.org, el diario.es, público, Ctxt y un largo etc están demostrándonos que existen sectores del llamado cuarto poder que no están supeditados ni son correa de transmisión de los otros tres, que se toman muy en serio su labor de servicio público a la sociedad, estando más que dispuestos a ejercer las dos tareas fundamentales que debe ejercer el periodismo en una sociedad democrática de masas (y de audiencias): vigilar al poder político y favorecer la existencia de una escena pública donde pueda desarrollarse la libertad de opinión, formada e informada. Elementos indispensables para que podamos tomar decisiones públicas a través de la discusión y la confrontación conflictiva de pareceres.

El ya dimitido Jefe de la Fiscalía Anticorrupción, Manuel Moix, ha caído porque en España hay 36,5 millones de ciudadanos con derecho a voto, de los cuales 28,5 no les votan. Al PP le apoyan 7,9 millones de electores, que son muchos, pero no llegan al 22% del censo. A estos votantes, que son mayoritariamente mayores de 55 años (en torno al 60%) no les preocupa tanto la corrupción porque no conocen otra cosa y fueron educados en eso, o bien privilegian frente a la misma las certidumbres de lo que ya conocen, aunque estén podridas, frente a un cambio que no saben a dónde les lleva. Este sentimiento es natural y hay que respetarlo, aunque hay también que denunciar que están hipotecando con tal actitud el futuro del país. Pero son cada vez menos y están asediados por la vergüenza. Porque en España la corrupción ya es percibida como el segundo problema principal del país, sólo por detrás del paro, y los abuelos que votan al PP no son impermeables a la indignación de sus nietos. El PP perdió casi 3 millones de votos entre 2011 y 2016 y lo único que le mantiene en el poder es que los otros no se ponen de acuerdo, algo que tendrían que pararse a pensar, como todos tienen que pensar porqué el partido más votado, que acumula 12,4 millones de votos, es el partido de la abstención.

El ya dimitido Jefe de la Fiscalía Anticorrupción, Manuel Moix, ha caído porque en la situación descrita, el PP tiene 137 escaños en el Congreso, que son muchos, pero son casi media centena (49) menos de lo que tenían antes, que se dice pronto. Esto obliga al PP a mantener equilibrios muy inestables para mantenerse firme, como demuestra el hecho de que los Presupuestos Generales del Estado han sido negociados hasta el último minuto, y han tenido que tirar del apoyo de sus cachorros díscolos (C´s), del demonio nacionalista (PNV) y de un canario que pasaba por allí, que dice que es nacionalista y de izquierdas, y cifra en 200 millones de euros esas convicciones. Esta realidad, la de una situación de debilidad en el Parlamento del partido en el poder, que hace más difícil, o al menos demasiado evidente, mandar como les gusta, que es como les enseñó el Caudillo (por cojones), es lo que ha provocado la evidente opa hostil que han lanzado sobre la judicatura, intentando copar todos los puestos posibles a su alcance para evitar que los casos de corrupción acaben provocando una catástrofe en el partido de consecuencias impredecibles. Es decir, que la situación de debilidad en el Parlamento les ha impelido a reforzar los resortes de control sobre otras instituciones, saltándose a la torera la separación de poderes. Lo que a su vez demuestra que ya no controlan todo como debieran y estaban acostumbrados, y eso ha permitido que algunos dentro de la judicatura se atrevan a cumplir de verdad con su trabajo sin miedo a echar a perder su carrera. La evidencia de estos movimientos es ya insoportable y no es aceptada por la mayoría de la sociedad española.

El ya dimitido Jefe de la Fiscalía Anticorrupción, Manuel Moix, ha caído, en fin, porque la suma de unos periodistas que cumplen con su trabajo, una sociedad indignada, y un PP debilitado en el Parlamento han producido una situación insostenible. El fiscal Moix, que se atrevió a acusar al 15M de dañar a las instituciones, es sólo una pieza más de una estrategia, la del PP, que es la que provoca de verdad un perjuicio irremediable al sistema democrático, pues ataca a uno de los pilares sobre los que se sustenta: la confianza de la ciudadanía en sus instituciones. Ni en los sueños entrópicos más húmedos del más ferviente de los anarquistas podríamos encontrar tamaña labor de zapa y destrucción del sistema. Para el PP, su supervivencia está por encima de cualquier otra consideración, sean los españoles a los que dicen representar, la patria a la que dicen proteger y amar o el régimen político de libertades y democracia del que se declaran partidarios. El Partido Popular forma parte de una corriente de época, reforzada con la crisis económica, que consiste, simple y llanamente, en cargarse el sistema democrático tal y como fue concebido después de la guerra civil europea, que fue mundial y causó más de 50 millones de muertos. La conciencia de esta catástrofe llevó entonces a Europa a caer en la cuenta de las consecuencias que tenía para la sociedad dejar que el mercado siguiera, sin bridas, su camino: arrastrarnos a todos al abismo. Fue entonces cuando nació el pacto social que permitió la construcción de la democracia representativa tal y como hoy la conocemos, el Estado de bienestar y la idea asociada de que el Estado es legítimo si es de todos y no sólo de una parte. Este sistema, que era muy imperfecto, que permitió que los de siempre siguieran mandando y que el capitalismo sobreviviera a sí mismo, pero que permitió un desarrollo sin igual del bienestar de la población, es el sistema democrático. Este es el sistema que está en el punto de mira del fundamentalismo del mercado, y es el que están destruyendo desde que Thatcher decidió que “la sociedad no existe”. Sobre esta base, la crisis económica y las políticas de austeridad han dado una nueva vuelta de tuerca para construir el mundo que desean: una democracia sin “demos”, una democracia, en fin, desvinculada de su núcleo fundamental: que la legitimidad última del poder resida en la capacidad del pueblo para decidir su destino. El PP, que es no sólo cómplice, sino activo agente de esta estrategia, es por eso, a todas luces, un partido anti-sistema, y el fiscal Moix, una pequeña pieza más de ese engranaje, perfectamente sustituible. A ver a quien nos ponen ahora.

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