«Lo único que te pido como secretaria general y como presidenta es que nunca me hagas elegir entre las dos lealtades, porque soy presidenta de todos los andaluces»

Esta frase, copiosamente reproducida en la prensa digital e impresa, fue pronunciada por Susana Díaz, presidenta de la Junta de Andalucía y líder del PSOE-A, dirigida a Pedro Sánchez, presente en el acto, en el reciente congreso regional del PSOE en Andalucía.

Podría escribirse una tesis doctoral que analizara el nivel de demagogia que habita en estas palabras. Pero aquí sólo vamos a realizar un somero análisis de su significado político en el contexto actual en el que nos encontramos. Dice mucho de cómo concibe el poder Susana Díaz, de su modelo de España, y del nivel y tipo de compromiso que tiene con la búsqueda de una solución a una de las cuestiones más candentes que en la actualidad presionan sobre la crisis de representación política que vive España: la cuestión catalana.

Por ir al meollo, lo primero, lo principal, es El Poder. Y Andalucía es Poder.

Andalucía es la Comunidad Autónoma que, por su peso poblacional, más diputados aporta al Congreso de los Diputados (61 de 350). Su censo electoral en las generales de 2016 era de más de 6,5 millones. Andalucía es un baluarte electoral.

Quien manda en Andalucía tiene Poder, con mayúscula, y quien gana elecciones en Andalucía tiene un camino más fácil para llegar a la Moncloa. Es por ello que en Andalucía se batió uno de los combates fundamentales entre el PSOE y la UCD al comienzo de la Transición. El desmembramiento de la UCD tiene que ver bastante con la batalla que perdió frente al PSOE en Andalucía.

La UCD alimentó al PSA de Rojas-Marcos para horadarle terreno al PSOE en Andalucía, pero éste supo reaccionar con inteligencia: en pleno debate sobre la organización territorial del Estado, cuando las palabras autogobierno y autonomía eran sinónimos de democracia, como “Europa”, como “bienestar”,  el PSOE se embutió en la blanquiverde y se sumó con entusiasmo a la ola de reivindicación regionalista andaluza, hasta el punto que supo ponerse a la cabeza de la manifestación popular, haciéndose con el asta de la bandera.

Lo hizo alimentando una pasión que anidaba por entonces en el seno de todas las élites locales, que veía con estupefacción el avance de las reivindicaciones nacionalistas en Euskadi y Catalunya: la envidia. Fue entonces cuando la táctica del agravio comparativo se hizo carne política: no ser menos que catalanes y vascos, esa fue la consigna.

Esta estrategia del PSOE le afianzó como fuerza hegemónica en Andalucía. Tras machacar a la posición de la UCD en el referéndum de Autonomía andaluza del 28 de febrero de 1981 (torpemente, asustada por el proceso de extensión del autonomismo, la UCD propugnaba la abstención), el PSOE se convirtió entonces en la CIU del Sur. Ni más, ni menos.

Es importante retener este dato: aunque el proceso de extensión del modelo autonómico a todas las regiones de España era una realidad imparable que se fraguó incluso antes de la redacción de la Constitución, el referéndum andaluz supone una aceleración del proceso. Esto aceleró también el malestar de quienes veían en el Estado de las Autonomías “la ruptura de España”, y no es baladí recordar que un año después Tejero se lio a tiros en el Parlamento. Y que un año después del “se sienten, coño”, Felipe González ganó las elecciones con mayoría absoluta.

Pero lo más relevante de todo es lo siguiente: la generalización del proceso de conversión de las regiones en Autonomías dejó en la práctica finiquitado el hecho diferencial catalán y vasco. Si todas son Comunidades Autónomas, todas tienen derecho a la diferencia, todos poseen autogobierno… ¿Dónde está la diferencia?

Este es uno de los problemas básicos que sobrevuelan la cuestión territorial en España. En la Transición se decidió reconocer el hecho diferencial de catalanes, vascos y gallegos a la vez que anularlo al extender el reconocimiento del autogobierno a todas las regiones de España. Pero una España plural, que reconozca la diversidad interna del país, tiene necesariamente que tener una configuración institucional federal (o como quieran llamarlo) asimétrica. No puede ser de otro modo.

Volvamos a la historia. Decíamos que el PSOE logró consolidarse como poder hegemónico en Andalucía a principios de los 80. Una de las claves fue la reivindicación autonómica, basada en el agravio comparativo. La forma de presentarlo sin embargo fue bajo la bandera de la “igualdad”. Porque la “igualdad” es la clave de bóveda de la hegemonía andaluza (y mientras la mantuvo, de la española) del PSOE.

Para que no queden dudas sobre qué es lo que quiero decir, voy a dejarlo claro. El PSOE es hegemonía porque creó consenso social a un nivel que ningún partido político ha logrado igualar. Creó hegemonía porque redistribuyó, repartió, generó empleo, riqueza y bienestar en una tierra que siempre tuvo una clara conciencia, aunque reprimida, de haber sido exprimida hasta la extenuación por los poderosos (internos y externos). El PSOE supo dar dignidad al hecho de ser andaluz, volvió a colocar a Andalucía en el mapa. Mal que nos pese a los que celebramos el día de Andalucía el 4 de Diciembre.

La bandera de la igualdad es el gran tejido social que Felipe González supo enhebrar como herramienta para mantenerse en el poder durante décadas. Igualdad de Andalucía con el resto de regiones de España, igualdad de España con el resto de naciones Europeas. No ser menos que nadie. El PSOE de entonces cabalgaba con habilidad sobre las olas de las emociones de España. El PSOE era España, la lideraba, porque conocía su más íntimo anhelo: dejar de ser el desarrapado de Europa. Esto vale tanto para Andalucía como para España en general. Este es el fundamento del enorme poder y prestigio que el PSOE tuvo sobre la sociedad española. Esta es la herencia de la que bebe Susana Díaz.

Y volvamos a Susana. Con la frase que encabeza este artículo,  la presidenta de Andalucía lanza un órdago a Pedro Sánchez, advirtiéndole que, pese al varapalo brutal y sin paliativos que sufrió en las primarias del PSOE, va a seguir dando guerra. Díaz no se ha amilanado tras la derrota, se ha enfundado la rocosa armadura de Despeñaperros, ha afilado la panoplia de guerra, y lanza una advertencia: no va a dar tregua. Susana capitanea el Baluarte Andalucía contra Pedro Sánchez y su recién adoptada idea de la plurinacionalidad con las mismas armas que heredó de la época de esplendor socialista: la bandera de la igualdad, la bandera del no ser menos.

Este es el cálculo de Susana, quien, como su mentor Felipe, cuando mira de soslayo es que busca herida abierta: al menor atisbo de debilidad de Pedro Sánchez le ensartará una estocada por donde más sangre. Y ese flanco no es otro que el discurso territorial.

El “no me pidas que elija” entre lealtad al partido y Andalucía de Susana no es una advertencia a Pedro, es una amenaza. En un mundo en el que la honestidad fuera la norma, es decir, en un mundo sin seres humanos, Susana le habría dicho las cosas claras a Pedro Sánchez: no me pidas que elija entre mi poder o el tuyo.

Susana sabe que el discurso territorial del PSOE es una llaga abierta y supurante. Ahí es donde hay que meter el carnívoro cuchillo. Porque el discurso del PSOE sobre la cuestión no es uno, ni siquiera trino. Es que no se ponen de acuerdo.

La historia de la construcción de la hegemonía del PSOE lo explica: fuera de Cataluña y Euskadi, da miedo soltar la bandera de la “igualdad” (no vamos a ser menos), porque fue esa bandera la que les aupó al Olimpo Moncloa.

Susana sabe esto. Sabe también que las generaciones más antiguas, que son a las que ella se dirige, siguen pensando en estas claves. Por eso se pasó por el forro el 15-M cuando declaró que eran “gente que quería casita en la playa”. Susana no se dirige al futuro de España, sus cohortes más jóvenes, Susana se dirige al pasado. Susana quiere conservar el pasado, porque el futuro no augura nada nuevo a su generación, o, más concretamente, a la cultura política de su generación.

Por eso Susana, que sabe, no se entera.

Porque el futuro de España ya no está ahí. Ese es el pasado, que agoniza, y en su agonía, ralentiza lo que habrá de venir. El futuro de España está en las nuevas generaciones.

Las nuevas generaciones fueron socializadas plenamente en democracia y no entienden el desfase que existe entre sus valores y el comportamiento de los políticos que nos gobiernan. Las nuevas generaciones no se informan leyendo El País, sino auto-comunicándose en la Red. Escogen lo que quieren oir y leer. Esto no digo que sea la panacea, desde luego tiene problemas, pero llama la atención sobre un punto interesante: los que mandan ya no tienen el monopolio de la palabra.

Resulta además, precisamente por el pacto por la desmemoria que los artífices de la Transición forjaron, que las nuevas generaciones no saben ubicar cronológicamente la Guerra Civil, y la dictadura les suena a algo tan lejano como los faraones de Egipto. Para las nuevas generaciones Franco y el Neardental están ubicados en el mismo período histórico: ese momento del tiempo incomprensible donde no existe internet, donde se pasaba hambre y había guerras, y donde el poder se concibe como licencia para el caudillaje.

Es decir, que para un chico o chica de 19 años en España, los conceptos “español republicano en Mauthausen”, “falangista”, “jornalero andaluz muerto de hambre”, “garrote vil”, “censura franquista”, son palabras incomprensibles. No tienen nada que ver con su experiencia vital, con su memoria y con lo que le enseñan en la escuela. Es decir, que no sienten que le deban nada a nadie. Y ahí es donde la hegemonía del PSOE hace aguas, porque ya no pueden enarbolar la bandera de que ellos trajeron el progreso, el desarrollo y el bienestar. Porque eso es algo que viene de suyo, y lo que no entienden ahora los jóvenes es porqué lo están perdiendo. Pero sí saben quiénes están en el poder y los hacen responsables. Y el PSOE ocupa ahí un lugar destacado.

Susana sabe, pero no se entera. Su apuesta es tirar de la vieja España, la que se muere, para seguir aguantando. Su apuesta es seguir, erre que erre, con el agravio comparativo, pulsando sobre el botón no ser menos, apretando las tuercas del estereotipo del catalán insolidario, del tacaño, del avaro. En el otro bando hay también juegos con el estereotipo, el del España nos roba, el de los andaluces diletantes, el desprecio a nuestras hablas y acentos, además del fetichismo de una particular mercancía simbólica: la independencia, presentada como la solución a todos los problemas. Catalunya en el País de las Maravillas, con Unicornios Azules sobrevolando un cielo limpio, despejado y autodeterminado.

Susana es un problema para tratar de solucionar la cuestión catalana, que va por derroteros preocupantes. Un sector importante de la juventud catalana, muchos descendientes de andaluces y extremeños, ya ha desconectado totalmente de España. Para ellos, la brecha generacional que existe en toda España, esa distancia entre el político-Cromañón pre-internet y su propia experiencia vital, es galvanizada por la cuestión identitaria, hecho que permite reorientar el conflicto hacia el exterior. Pero el monstruo también anida dentro.

Y sin embargo, en mi opinión, la idea de la plurinacionalidad gana enteros. Otra cosa no explica que 5 millones de personas voten a un Partido de ámbito nacional, Podemos, que defiende claramente este concepto. Y todos saben que, sociológicamente, las nuevas generaciones votan mayoritariamente a Podemos.

Esto es lo que Susana no sabe, o no quiere ver, y Pedro Sánchez parece haber descubierto. Las últimas encuestas de intención de voto al PSOE parecen estar avalando la idea de que Pedro Sánchez ha acertado con ese descubrimiento. Esto parece ser la tendencia, pero el nivel de incertidumbre es elevado, por lo que podría ocurrir cualquier cosa. Mientras tanto, Susana, como tantos otros que mandan, saben y no se enteran, sigue postergando el futuro.

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