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La Ilustración se concibió a sí misma como la época que traería consigo el fin de la “minoría de edad” del ser humano. A través del avance de la Razón, las personas podrían autoemanciparse, liberarse de las cadenas de la ignorancia que la ataban a la servidumbre. Desde entonces, la religión fue concebida por las mentes más avanzadas de Europa como una suerte de bastión tras el que se ocultaba el conservadurismo y el atraso, la negación de la Razón y la legitimación del poder de las fuerzas reaccionarias, del absolutismo monárquico y la tiranía. No les faltaba razón.

La profunda confianza en la Razón y en el progresivo avance hacia la felicidad del género humano a través de su uso, provocó que muchos pronosticaran que la religión acabaría desapareciendo. La modernidad, entendida ésta como un proceso histórico basado en la separación de esferas (la religión, la economía, el Estado, la sociedad) hizo de la secularización uno de sus caballos de batalla. Había que separar la esfera religiosa del resto, erradicar su arraigo galvanizador en todas las esferas; sólo así podía el género humano desembarazarse de las cadenas que le ataban: la justificación del poder a través de lo divino, el control de la Iglesia sobre la moral pública, su influencia paralizante sobre el desarrollo de la ciencia, el control de los sacerdotes sobre la conciencias y los cuerpos de los individuos… Sin erradicarla, la modernidad tendió a desplazar a la religión a cada vez más ámbitos de la esfera privada, tratando de separar crecientemente su influencia de la esfera pública.

Este proceso de des-incrustación de la religión de las diversas esferas que componen la vida social ha traído consigo, sin duda, grandes y valiosas oportunidades a las sociedades modernas, acentuando la libertad individual y colectiva, desmitificando el ejercicio del poder y a la política misma, descomponiendo los estrechos corsés que la religión impone, habitualmente al servicio de los poderosos, sobre la moral pública, sobre la conciencia, los comportamientos, la mente, el cuerpo y los hábitos de los hombres y las mujeres.

La intensidad de estos cambios relacionados con la secularización y la relegación de la religión al ámbito de la esfera privada ha sido muy diversa según espacios geográficos, avatares históricos, formaciones socio-culturales, etc. Pero esta tendencia avanzaba en todos los lugares: en el judaísmo, en las diversas confesiones cristianas y en el Islam. Así fue hasta mediados de los años 70.

Gilles Kepel escribió un interesante, problemático pero sugerente, ensayo sobre ésto a inicios de los años 90: “La revancha de Dios: cristianos, judíos y musulmanes a la reconquista del mundo”. En él nos cuenta cómo a partir de los 70 se desarrolla una especie de revival del pensamiento religioso, una reacción frente al ataque de la modernidad, un grito de resistencia a la pérdida de su importancia en el mundo. Este discurso religioso renovado, presente en las tres grandes religiones monoteístas, se concentró entonces en achacar los enormes problemas que traía consigo la modernidad (la mercantilización de la vida y las costumbres, el conflicto Este-Oeste, la expansión del imperialismo ruso y norteamericano, la creciente desigualdad en el reparto de la riqueza, la anomia social, el fenómeno del consumismo exacerbado, la destrucción del medio ambiente, y un largo etc) como resultado del alejamiento de Dios. Kepel marca algunos hitos para demostrar el inicio de esta tendencia  en todas las “religiones abrahámicas”:

1977: el ascenso de Menahem Begin al gobierno de Israel en la época en el que el sionismo religioso (que desbanca al sionismo laico y socialista hasta entonces hegemónico) toma renovadas fuerzas y protagoniza la extensión de las colonias judías en territorios ocupados justificándolo en el pacto de Dios con el Pueblo Elegido.

1978: el ascenso al pontificado de Karol Wojtyla, giro evidentemente conservador en relación al Concilio Vaticano II, con un discurso abiertamente crítico hacia la tiranía de la razón moderna, que arrastra a la sociedad al desarraigo y a la falta de identidad.

1979: regreso del ayatolá Jomeini a Teherán y ataque de un grupo terrorista en la Gran Mezquita de la Meca, que impugna el control que la dinastía saudí ejerce sobre los santos lugares. A partir de los 70 el Islam Político se refuerza desde Malasia a Senegal, en algunas de las repúblicas soviéticas, en las banlieues de Francia y en los guettos de Londres; un movimiento social de calado que renace desde las cenizas del fracaso de los Estados post-coloniales, y que buscar reislamizar a la sociedad en un sentido unívoco a la vez que ofrece las redes de solidaridad que el Estado no construye.

Así, la desestructuración del Estado-providencia en Occidente a partir de los 70, el creciente empeoramiento de las condiciones de vida en los países del socialismo real, junto al fracaso de los proyectos modernizadores en los nuevos países producto del proceso de descolonización tras la Segunda Guerra Mundial, insufló nuevas energías al pensamiento religioso; en palabras de Kepel: “la crisis de los años 70 dejó al desnudo angustias y miserias humanas sin precedente”. Sobre esta realidad el discurso religioso de los 70 renació para ofrecer alternativas. La solución no estaba en la escatología del liberalismo (el paraíso de la sociedad de mercado donde el egoísmo fomente la solidaridad) ni en la del marxismo (el paraíso de la sociedad sin clases tras el triunfo del proletariado). La solución estaba en volver al paraíso de siempre, el paraíso de Dios. La solución estaba en restituir el vínculo de la religión con el sistema social. Había que volver a incrustar a Dios en las mentes y los cuerpos de todos.

Las cosas han cambiado mucho desde los 70, pero el origen está ahí. La religión volvió cuando las promesas de la modernidad fracasaron. La predicción del fin de las religiones de la Ilustración ha resultado errada y prematura.

La pregunta que debemos hacernos entonces es la siguiente: ¿es la religión el problema? ¿Explica la religión el hecho de que un grupo de jóvenes de entre 17 y 24 años decida atentar de manera salvaje contra la vida de seres humanos en Catalunya? ¿Es la religión la explicación al surgimiento del Daesh? ¿Es suficiente la causa religiosa para entender lo que está pasando con el terrorismo en el mundo?

Decía Marx que la religión es el opio del pueblo. Esta idea, que bebe de la noción ilustrada sobre la religión, no era original de Marx, era un tropo literario y filosófico muy extendido en el siglo XIX. En la misma Alemania, Heine escribió antes que Marx que la religión derramaba “dulces, soporíferas gotas de opio espiritual” sobre las miserias humanas. Mosses Hess, también antes que Marx, en la época en la que ambos eran amigos (antes de que Hess se convirtiera en precursor del sionismo), escribía:

“(…) la religión puede hacer soportable (…) la infeliz conciencia de servidumbre (…) de igual forma que el opio es de buena ayuda en angustiosas dolencias”.

Marx se hacía eco de esta tradición opiácea en la consideración de la religión existente en su época. Pero Marx, un autor muy complejo, visionario en muchos aspectos, en muchas ocasiones también profundamente contradictorio y problemático, hilaba fino en este tema, al menos en 1844, cuando escribió estas famosas palabras:

“La angustia religiosa es al mismo tiempo la expresión del dolor real y la protesta contra él. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo descorazonado, tal como lo es el espíritu de una situación sin espíritu. Es el opio del pueblo”

La religión es por lo tanto cadena y liberación. Es justificación de la opresión y resistencia. Es el arma del dominador y el grito insurrecto del subordinado. La religión es todo eso, y más. Esta visión compleja de la religión, lamentablemente, no es la que se transmitió históricamente a la izquierda, que adoptó el más simple concepto de la religión como velo que oculta la ideología de las clases dominantes, como instrumento para subordinar a las masas populares en la “lucha de clases”.

El que escribe estas líneas es ateo. Parto por ello de dos premisas básicas: 1).- no creo en la existencia inmanente de la divinidad en ninguna de sus manifestaciones y 2).- entiendo que cada una de las manifestaciones de lo divino es fruto de la producción humana. Es por lo tanto un artefacto cultural e histórico que los hombres y las mujeres se han dado para cumplir determinadas funciones y atender a determinadas necesidades.

Estas dos convicciones sin embargo no me llevan a despreocuparme por el fenómeno religioso. Ni a desconsiderarlo. Me interesa, y mucho, como experiencia humana. Quiero indagar para conocer qué hay de esencial en la experiencia religiosa, que explica su fenomenal resiliencia al paso del tiempo y a los poderosos desafíos que la modernidad le ha puesto enfrente. Desde el respeto y la capacidad crítica, quiero entenderla. No está en mi ánimo desear su desaparición como un todo, aunque esté dispuesto a combatir sus manifestaciones más perjudiciales.

La noción “Dios”, como la noción “hombre” o la noción “mujer” son categorías simbólicas construídas por la raza humana. Son inventos, que se apoyan en determinadas realidades para dar una explicación a algún problema, para legitimar una posición de poder o resistencia, para alimentar una intuición, un anhelo, un deseo o una angustia. Son productos históricos y culturales fruto de la interacción del ser humano con su contexto individual, colectivo y medioambiental. Por eso son nociones contingentes, generadas en un momento determinado, enriquecidas o empobrecidas como resultado de los avatares del paso del tiempo. Son nociones por lo tanto sujetas al cambio y a múltiples interpretaciones.

Quiero decir con todo esto que el problema no es (sólo) la religión. El problema son los seres humanos. En un mundo atravesado por la injusticia, la religión sirve de explicación del mundo, de consuelo, de justificación de la resistencia y también, como en el caso de los terroristas de Ripoll que han asestado tan duro golpe en Catalunya, de legitimación de la barbarie. La religión es una forma de ideología. Las ideologías son necesarias, porque otorgan una representación del mundo. El ser humano necesita representar el mundo, porque no es posible meramente un conocimiento reflejo exacto de lo real. Pero, evidentemente, algunas representaciones se adaptan mejor a la realidad, y son más valiosas que otras a la hora de fomentar una mayor y más justa redistribución de la felicidad, y de la miseria, en el mundo.

El Daesh tiene una representación muy particular del mundo. Lo hace a través del Islam, pero de un Islam particular, adaptado a su propia conveniencia. La yihad para el Daesh deja de lado su dimensión de esfuerzo individual por ser justo, por ser coherente y consecuente con los valores de la propia religión, esto es, según la clave fundamental del Corán: “invitar al Bien y desaconsejar el Mal”. Su interpretación belicista de la yihad como esfuerzo por extender la religión, a costa de vidas humanas, es una interpretación posible, pero no es la única ni la mayoritaria. Ellos han hecho su elección, y en dicha elección reside su miseria ética y su deleznable concepción del mundo. En el cristianismo podemos encontrar tendencias similares. Yo aborrezco el pensamiento del cristiano que encuentra justificación bíblica (que la hay) para la exclusión de los homosexuales, y admiro al cristiano que entiende que todos los que sufren opresión van al paraíso (lo que incluye, evidentemente, a los homosexuales).

Quiero decir que lo importante no es solo lo que está escrito en sus libros sagrados. Lo importante es también, lo que los religiosos eligen de entre el variado abanico de recomendaciones que estos les aportan. Lo mismo podría aplicarse a otras ideologías, que, en muchos casos, realmente han servido como sucedáneos de la religión. El marxismo en gran parte de los países del “socialismo real” jugó sin duda un papel de este tipo.

No creo que diga nada muy innovador al afirmar que Europa tiene un problema cuando un grupo de chavales de entre 17 y 24 años decide convertirse en asesinos. ¿Qué ha pasado para que estos chicos decidan cometer un acto tal vil y despreciable? ¿Se explica sólo por razones religiosas y psicológicas? ¿Tiene algo que ver la exclusión social?

También es evidente que el Islam, todas las religiones en sí, tienen un problema: ¿Por qué es posible que den cobijo a determinadas interpretaciones, como puede ser que sirvan de legitimación para actos de tan desesperada crueldad religiones que entienden que todos los humanos son hijos del mismo Dios y, por lo tanto, en el fondo, hermanos?

No diré tampoco nada nuevo al recordar que la existencia de organizaciones como el Daesh, aparte de encontrar su acomodo en determinadas interpretaciones del Islam que retuercen algunos de sus elementos hasta llevarlos al paroxismo de la justificación de la eliminación física del adversario religioso, no sería explicable sin entender algunas continuidades y rupturas clave en el mundo árabo-musulmán.

Entre las continuidades, la persistencia de la tiranía, por un lado, y de la intromisión geoestratégica en su evolución histórica, por otro, son dos de las claves. Los tiranos del mundo árabe y musulmán son, como todos los tiranos, políticos deleznables que nutren su poder en base al sufrimiento de su pueblo. En España sabemos bien qué es eso.

Las miserias de la intromisión geoestratégica, desde Estados Unidos y Europa a Israel, pasando por Rusia, los mecanismos indirectos de China y la política del suma cero de las potencias regionales que compiten por la hegemonía en la zona, desde Irán a Arabia Saudí, desde Turquía a Qatar, son responsables también en el mantenimiento de esta situación.

Entre las discontinuidades más poderosas que ayudan a explicar la extensión de la desigualdad, la inequidad y la guerra, raíces de las que se alimenta la colosal bestia del Daesh, están el final de la Guerra Fría y la recomposición de las alianzas mundiales en una zona ambicionada por sus recursos naturales y su posición geoestratégica en el mundo. Está también el monumental desatino criminal de la intervención en Iraq en 2003, que ha desatado la caja de todos los truenos. Están las revueltas árabes, que han hecho temblar en sus tronos a los tiranos y que han tomado, como hizo Bachar al Asad, la más cruel de las soluciones para afrontarla: más represión, más desigualdad, y, si es necesario, más guerra y violencia.

Thomas Hobbes utilizó a dos famosas bestias bíblicas, el Leviatán y el Behemot, como metáforas de dos de sus grandes objetos de estudio: el Estado y los procesos de cambio (El Orden y el Caos).

En su libro “El Leviatán” analizó la formación del Estado moderno, entendiendo a éste como un impresionante y gigantesco artefacto creado por el hombre para imponer el orden. En su obra “El Behemot” analizó la guerra (en el caso inglés) para entender los procesos de caos e incertidumbre donde se gestan las grandes tendencias históricas.

Tomando esta metáfora, podríamos decir que el Daesh es un poderosísimo Behemot construido como consecuencia de la desigualdad en el mundo, las miserias de la geoestrategia y la fatal promesa religiosa de redención en el más allá a través de la violencia.

El Daesh es un monstruo engordado por el Caos provocado por la guerra. Todos lo han alimentado, y ahora se convertido en una inconmensurable bestia incontrolable que extiende sus tentáculos por el mundo, arrasando todo a su paso.

Hoy el Behemot ha dado un zarpazo sangriento en Catalunya. Su lógica es la lógica del odio. Si aceptamos como válida su versión retrógrada del Islam, que no es la que detentan la mayoría de los musulmanes, habrán conseguido su victoria. Si enfocamos nuestro odio hacia la comunidad de los creyentes musulmanes en Europa, habrán ganado la batalla. El problema no es el Islam, el problema es la injusticia que asola a este trágico mundo y la facilidad con la que los seres humanos caemos en respuestas fáciles, laicas o religiosas, para explicarnos los problemas que nos azotan. O nos ponemos a atacar a las fuentes de la que beben los monstruos, o permaneceremos de por vida sujetos a la tiranía del miedo, el odio y la xenofobia.

 

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