tomasito-11-02-17En mi tierra, la barroca Andalucía, cuando decimos “camino del hoyo”, nos referimos a la muerte. El epiléptico, excesivo y maravilloso “Tomasito”, ciudadano gitano de las Españas, popularizó una canción de flamenco-rock con ese nombre, que no es otra cosa que un cántico a la vida, al no dejarse arrastrar por la tragicomedia del mundo y aprender a vivirla con intensidad, porque, finalmente, todos vamos al mismo sitio: al hoyo. Escúchenla, porque es una obra de arte:

https://www.youtube.com/watch?v=ZSGwL5OSKAM

La epicúrea recomendación del “Tomasito” no vendría mal estos días en España, en un momento clave, en el que muchos parecen asustados porque el “régimen del 78” va camino del hoyo. A todo le llega su hora, y nuevas cosas surgen del abono que proporciona la muerte. No es el apocalipsis. Es el inflexible ciclo de la vida. El problema es que tipo de nuevo mundo se alumbre. No soy muy optimista al respecto, aunque existen luces. Mi convicción es que sólo a través del combate político-social, de la organización de la sociedad civil, y del apoyo en partidos que estén con las mayorías sociales, podrá darse espacio a tales luces.

La gran paradoja de lo que acontece en España es que la labor de zapa más efectiva contra el sistema político nacido en la Transición la están realizando aquellos que con más ímpetu enarbolan la bandera de su defensa. Dentro de éstos, el Partido Popular destaca, muy mucho, por encima del resto.

El Partido Popular es el partido anti-sistema del 78 por antonomasia. Sus políticas de austeridad se han cargado el pacto social que aunaba, de manera débil pero con la suficiente consistencia para crear hegemonía, democracia con bienestar. La política atlantista de Aznar puso en solfa el europeísmo de la clase política española. La práctica corrupta del PP ha terminado de quebrar, arrastrándola a la indignación, la confianza de la ciudadanía en sus representantes e incluso en el funcionamiento de las instituciones democráticas. Rajoy puso en jaque ni más ni menos que a la monarquía cuando se negó a aceptar el encargo del nuevo rey Felipe VI de formar gobierno en 2015. La estrategia de la crispación articulada por el Partido Popular a partir del 2004 ha difuminado el mito del “consenso” que tanto se ha cacareado como elemento fundante de la refundación democrática española. La impugnación del Estatut de Catalunya se ha cargado el pacto constitucional territorial del 78 basado en evitar la independencia de un territorio a través del pacto, aderezado de refrendo popular, entre los parlamentos regionales y el central. La táctica elegida por el PP de represión y judicialización del problema político catalán, en fin, no hace más que rociar con gasolina un incendio que amenaza con disolver definitivamente el modo en el que se concibió la “unidad de España” en el texto constitucional.

El Partido Popular está siendo muy efectivo en destruir el régimen que da sentido y pábulo a su propia existencia. Está dando energía y movimiento a la hoz que siega la yerba bajo sus pies, esa que alimenta el consenso social en el que se basa el régimen del 78. Ellos mismos están erosionando la roca del pacto social en la que se apoyaba la preeminencia política del bipartidismo.

 El PP, en definitiva, es el partido Contra-Todo: contra la sociedad, contra Catalunya, contra España, y contra sí mismo. Parece que no hay auriga en su carro, que camina desbocado al abismo. Cosa por otra parte que no sería más que motivo de jolgorio si no fuera porque con ellos arrastran a toda España. Y, como ya dejé escrito en otra ocasión, refiriéndome a lo que representa el Partido Popular, España no es solo eso, afortunadamente.

Los que mejor parecen comprender esta tendencia tanática del PP son precisamente aquellos que se han constituido como sus más formidables adversarios en lo referente a la cuestión nacional: los partidos del catalanismo independentista.

Junts Pel Sí y las CUP, de tanto enfrentarse a la hidra del españolismo, pareciera que han acumulado un sólido aprendizaje sobre el movimiento regular de sus 7 cabezas. El independentismo catalán conoce mejor a la derecha española de lo que se conoce ella a sí misma.

Una cosa saben con meridiana claridad: si a la derecha españolista le meneas un capote (lo mismo da rojo que estelado) frente a las narices, su tendencia es a embestir. Como el toro, que diría el indispensable Miguel Hernández, cuyo “corazón desmesurado lo encuentra todo diminuto” cuando sale a la plaza, el Partido Popular se enardece con los gritos del público antitaurino catalán (Votarem ¡ Votarem¡) y embiste con rabia mientras la lengua se le empapa en sangre.

Decía Maquiavelo que “por fuerte que uno sea al frente de su ejército, siempre requiere del apoyo de los naturales del lugar para introducirse en él”. Esta máxima del genial florentino parece ser absolutamente desconocida por los estrategas del Partido Popular, abocados de manera irracional a hacer de La Ley su sayo, como si en su obrar no tuvieran que dar cuentas a nadie, como si La Razón estuviera única y exclusivamente de su lado, y como si no necesitara de apoyo en la sociedad catalana para tratar de solventar el problema.

En lugar de eso, el PP embiste a la libertad de expresión en Madrid y Vitoria y embiste a los alcaldes soberanistas, a  más de 700. Y eso lo hace ¡ En la sociedad catalana, la más municipalista de todo el Estado¡ La pregunta que uno se hace no puede ser otra: ¿pero realmente hay alguien pensando en el Partido Popular? ¿Alguien ahí conoce la historia, la sociedad y la cultura de este país? ¿Alguien ha entendido como las CUP construyeron su prestigio a través del trabajo de base en los municipios? ¿Alguien ha hecho una lectura de porqué y desde donde Ada Colau ha tomado por asalto la alcaldía de Barcelona?

El PP embiste también a los legítimos representantes del Govern. Y los manda detener. El PP embiste en fin, a la Generalitat en su conjunto, la institución con más prestigio en la sociedad catalana, la institución que Adolfo Suárez supo había que reinstaurar si quería que Catalunya se sumara al proceso de la Transición, la institución que forma parte del núcleo central histórico de la reivindicación de autogobierno en Catalunya desde que los borbones decidieron aplicar el “derecho de conquista” (sic: Decretos de Nueva Planta, 1707) en las regiones rebeldes en la Guerra de Sucesión y acabar con sus instituciones de autogobierno. Demencial.

El PP ha hecho todo lo posible por aunar en un sólido y compacto bloque a la sociedad catalana, estén o no a favor de la independencia. Yo mismo, de vivir en Catalunya, estaría hoy manifestándome en las calles de Barcelona por el derecho a decidir, porque aunque no desee la independencia de Catalunya, tampoco quiero su permanencia a costa de la democracia.

Los independentistas sabían perfectamente lo que tenían que hacer para que el toro embista. Los partisanos de las CUP, que de honestidad andan sobrados, lo han dejado muy claro en su por otra parte genial (a la vez que preocupante) video: Ara comença el Mambo!  (https://www.youtube.com/watch?v=aRFUd886LYk).

El furgón del “Procés”, para las CUP, era solo un instrumento, había que empujar el carro hasta el hoyo, para forzar la máquina y generar la polarización necesaria que lleve al conflicto donde sólo cabe la derrota o la victoria. Los de las CUP no engañan a nadie. Saben lo que quieren, y lo ponen en práctica.

Gente como Anna Gabriel representa a la juventud española, gran paradoja, mejor que ninguna de las jóvenes promesas del Partido Popular. Ella es hija de las maravillosas conquistas del feminismo. Es heredera de las dignas tradiciones de lucha de la izquierda, representa la memoria indignada de los vencidos y los insurrectos, y aúna, en un todo cargado de contradicciones, lo mejor y lo peor del pensamiento resistente. No otra cosa cabe decir de las influencias que ella misma reconoce como propias: desde Hannah Arendt, a la que un querido profesor de Ciencias Políticas en la universidad de Granada me definió como una “maravillosa intelectual pija de derechas”, a el comunismo-libertario de un Andreu Nin, o el anarquismo de una Federica Montseny y un Juan García Oliver, además del comunismo de Fidel Castro y el maravillo pensamiento irreverente y políticamente incorrecto (dentro de la cultura de izquierdas) de un Santiago Alba Rico, sin duda, en mi opinión, una de las mentes más lúcidas de la actual izquierda española.

El problema es que Anna Gabriel representa también lo peor de esos mundos. Lo peor es, para mis cortas entendederas, esa tendencia de la izquierda a, convencida de las verdades irrenunciables que anidan en el fondo de sus postulados, obliterar la complejidad y diversidad de las sociedades contemporáneas, y anteponer la dimensión amigo/enemigo sobre la dimensión adversarial, esa que permite no solventar los conflictos irresolubles, sino institucionalizarlos, esencia de la auténtica democracia.

Las CUPs juegan al mambo, y tienen todo el derecho, esa es su apuesta, y en ella creen encontrar el inicio de la solución a todos los problemas. A lo mejor, incluso, su apuesta podría movilizar como reacción otras alternativas que permitieran un acuerdo que tuviera en cuenta la inabarcable complejidad del problema. Por lo pronto no se ven esas alternativas en el horizonte, aunque Los Comunes (maravilloso nombre) y Podemos apuntan alto en ese sentido.

Mientras tanto, el Régimen del 78 va camino del hoyo, sin que aún podamos vislumbrar qué tipo de orden verá la luz desde sus escombros. El orden internacional que se está construyendo no augura desde luego nada bueno, pues se trata de un tipo de democracia des-democratizada, donde la igualdad, la solidaridad y la fraternidad no parecieran ser las máximas, donde la idea de justicia redistributiva cede paso a un mundo donde los pocos acumulan apoyándose en las penurias de los muchos y donde el mal gobierno campa a sus anchas, cada vez más lejano del concepto fundante de la democracia, esto es, la soberanía popular.

Tenemos no obstante políticos que representan la luz. Ada Colau y Manuela Carmena lo demostraron hace poco en el programa del Gran Wyoming. Hay otras formas de entender la política. Hay una España y una Catalunya que se respeta y quiere. En Madrid y en Barcelona hay alcaldes que se entienden. PP y Ciudadanos demuestran por el contrario ser parte del mismo problema, al dedicarse a medir a ver quién tiene más grande el asta de la rojigualda. Unidos-Podemos y sus confluencias, con apuestas como la Asamblea de Parlamentarios y representantes municipales, parece que apuntan en otra dirección, la de la búsqueda de un consenso inestable que permita alumbrar una nueva etapa de aceptación del conflicto dentro de cauces democráticos. El PSOE está aún en dos mundos. Su negativa a apoyar a Albert Rivera en su enfebrecida propuesta de no diálogo en el Congreso es una buena señal, pero su inconsistencia a la hora de distanciarse del PP hace difícil saber cuál será el camino que tomará, si el de la búsqueda de la negociación o el del erre que erre en la mendacidad del españolismo. Esto es un problema de primera magnitud, porque sin el apoyo del PSOE la cosa está bien difícil, dado el apoyo electoral del que aún disfrutan.

La cosa está en candela. Lo que está muriendo no acaba de morir, y hay dos contendientes decididos a dejarse arrastrar por el antagonismo radical ¿estaremos a tiempo de reorientar el conflicto?

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