A raíz del conflicto actual entre el gobierno de la Generalitat de Catalunya y el gobierno de España, son numerosas las voces que claman, con razón, contra el problema de la reconcentración del conflicto político en torno a los ideales de “patria” y “nación”. Alberto Garzón por ejemplo, actual líder de Izquierda Unida, ha sido muy vehemente a la par que convincente al relatar que el enfrentamiento entre nacionalismo español y nacionalismo catalán extiende una espesa cobertura de humo sobre otras problemáticas de fondo, más relevantes, como las relacionadas con las cuestiones sociales. Así, en una entrevista en el Huffingtonpost, asegura:

Creo que primero debemos partir de la idea de que el nacionalismo español ha creado durante mucho tiempo el nacionalismo e independentismo catalán, y que el independentismo catalán también genera el nacionalismo español. Y este rebrote del nacionalismo español, que tiene su visión gráfica en la puesta de banderas en los balcones, desde luego es un escenario muy favorable al PP. El PP jamás podría rentabilizar la política desde el campo de la corrupción o desde el campo de lo social, porque todo el mundo sabe que es un partido corrupto y que recorta. Pero, en cambio, en el tema nacional puede rentabilizarlo si consigue que gran parte de la población, en vez de pensar en sus condiciones materiales de vida, piense en una supuesta identidad española perjudicada o amenazada por el independentismo[1].

El intelectual de izquierdas Vicenç Navarro, en un reciente artículo de Público, [2] incide en la misma idea, hilando un poco más fino y atacando acertadamente a una de las ideas-fuerza del independentismo catalán de izquierdas, aquella que asegura, con no más evidencias que la propia creencia, que una vez Cataluña acceda a la independencia, será posible atender con mayor énfasis a la cuestión social:

En teoría, todas las opciones políticas afirman retóricamente que su objetivo final es mejorar la calidad de vida y bienestar de la población. Y ello ocurre especialmente en el caso de los partidos independentistas, que señalan su compromiso con el tema social argumentando que el problema social en Catalunya solo puede resolverse mediante la secesión de tal país de España, pues el problema social está causado por España (porque, en su versión más belicista, “España roba a Catalunya”). De ahí que concluyen que la resolución del problema nacional tiene que ser prioritario dejando la solución de lo social a después, una vez se tenga la independencia. Y aun cuando retóricamente se dice en su argumentario que el tema nacional y el social siempre van juntos, en realidad anteponen siempre el tema nacional al tema social. Y ello ocurre también con las izquierdas independentistas (ERC y CUP) que así justifican su alianza con las derechas (lo cual dificulta la resolución rápida del problema social, relegado a un futuro lejano, a cuando seamos independientes)

Navarro demuestra en este artículo con datos bastante irrebatibles[3] que la idea que pretenden transmitir sectores del independentismo catalanista, especialmente ERC, según la cual el actual gobierno de la Generalitat es el más social en toda la historia del autogobierno de Catalunya, no sólo es falsa, sino que la alianza de la izquierda de ERC y las CUP con la derecha nacionalista y conservadora del PDeCAT “se realiza a costa del deterioro social” aun a pesar de que la presencia de ERC en Junts Pel Sí haya logrado rebajar la intensidad de los recortes sociales. Se pregunta acertadamente Navarro si no se hubiera logrado más en el sentido de atender a la cuestión social concertándose una alianza de gobierno con Podem y PSC.

Volviendo a Alberto Garzón, en la misma entrevista mencionada se percibe que el líder de IU es la de la opinión, muy usual en la izquierda de sensibilidad internacionalista, de que los obreros no deben aferrarse a la patria sino a la causa común que les une: sus condiciones de explotación por las oligarquías político-económicas. Así, en la misma entrevista asegura:

Soy más de la idea de que los obreros no tienen patria y de que los proletarios del mundo han de unirse porque tienen intereses comunes, independientemente de la nacionalidad a la que pertenecen o de cómo se ven ellos mismos como identidad nacional

Con estas ideas, defiende  una opción política en la cual se construya un modelo de Estado que, respetando las identidades nacionales diferenciadas, construya “un país que salvaguarde los derechos sociales de la gente. Que se puedan cubrir las necesidades de la mayoría social”. Hay ideas valiosas en estas palabras de Garzón, que, en lo fundamental, resumen la posición política actual de Unidos-Podemos.

Menos valiosas me parecen otras afirmaciones en las que se refleja como problema básico de las opciones nacionalistas la apelación a los sentimientos. Estas palabras de Garzón en el mismo medio resumen de manera ejemplarizante su posición al respecto:

Y los sentimientos nacionales son eso: sentimientos. Y las peleas entre los sentimientos son muy poco racionales. Cuando vemos que la gente se deja llevar por las banderas y aparca incluso la defensa de sus propios intereses como trabajadores, pues evidentemente la izquierda tiene más problemas para salir adelante.

En este párrafo se resumen con claridad dos ideas-fuerza muy relevantes: 1) que los sentimientos son un peligro para la defensa de los intereses de las mayorías sociales, porque provocan que la gente se deje llevar por causas que les perjudican y 2) que en este escenario, la izquierda pierde.

Detrás de este argumentario residen, en mi opinión, algunos de los problemas más graves que acusa la izquierda para lograr conectar con las mayorías sociales.

De entrada, este planteamiento ya de por sí muestra una clara deficiencia en la capacidad de autocrítica, puesto que se explican los problemas de la izquierda para extender su mensaje y captar la atención de las masas en algo exterior a ella. Es la extensión de un ideario irracionalista (en este caso el nacionalismo) que apela a la pasiones y, por lo tanto, impide que el pueblo piense por sí mismo en función de sus intereses reales, el que provoca que la izquierda, a la que supuestamente caracteriza un pensamiento racionalista que detenta las verdades irrefutables sobre todos los problemas relacionados con la cuestión social, no logre ampliar su influencia. Una pregunta pertinente que este tipo de reflexión nunca se hace es cuál es la responsabilidad propia. A lo sumo se suele aludir a “problemas de comunicación”: no es que algo sea erróneo en el mensaje y en los presupuestos de los que se parte, sino que no logra explicarse de manera que las mayorías sociales lo entiendan. De nuevo, el problema está fuera, esta vez, además, en la capacidad de entendimiento de las masas.

En suma, lo que existe tras este tipo de discurso es la idea de que solo la Razón es pertinente en política, que la razón sólo es una, y de adherirse uno a ella de manera real el resto de las cosas vienen de suyo, necesariamente, de una vez y para siempre. Éste es un discurso derivado de la ciega confianza en la Razón que se instauró en la modernidad como resultado de los postulados del pensamiento ilustrado, que de tantas cadenas nos liberó, entre ellas, la más beneficiosa para el conjunto de la humanidad, aquella que ataba la existencia de desigualdades sociales a un plan de la divina Providencia con el que las élites justificaban sus posiciones de dominio y relaciones de poder. Sin embargo, la fe de la Ilustración en el progreso ininterrumpido del género humano en base al apoyo en la Razón se ha demostrado errónea. No hay más que echar un vistazo a la capacidad de autodestrucción de la que somos capaces, utilizando la razón y los conocimientos científicos, de la que tristemente la humanidad ha dado sobradas pruebas.

Desde luego que no es mi intención aquí denigrar el proyecto ilustrado, negar la importancia del desarrollo de la ciencia en el avance de la humanidad ni obviar la existencia de realidades objetivas (por ejemplo, que existen relaciones de poder, que ésta es la forma específicamente política de organizarse de las sociedades humanas, y que a través de ellas se establecen mecanismos de dominación en los que unas minorías de manera clara, objetiva y evidente, se imponen a las mayorías sociales, generando desigualdad e injusticia). En mi opinión, la Ilustración es uno de los grandes avances de la humanidad y gran parte de los preceptos de su programa no sólo son válidos sino que considero que son irrefutables y necesarios para la consecución de una sociedad más justa, solidaria y fraterna. En el mundo actual, no hay nada que pueda construirse desde el combate social en la lucha por una sociedad mejor para las mayorías sin apelar a la herencia ilustrada. El uso de la Razón es una de las herramientas indispensables.

Pero no basta.

Los sentimientos, las pasiones y los afectos no pueden erradicarse de la condición humana. Ellos permean nuestra manera de entender el mundo, contaminan las causas por las que se moviliza la Razón, dan forma a las necesarias identidades sociales que nos configuran como una especificidad dentro del reino animal. Sin afectos, al igual que sin Razón, el ser humano es un ser, pero no es humano.

Es por ello que considero que la opción de simplemente denigrar como irracionales el concepto de patria o a los movimientos políticos que apelan a la preeminencia de las identidades nacionales es un gran error que lleva a la izquierda a autoenajenarse del apoyo de amplias capas sociales. La crítica al nacionalismo catalán o al nacionalismo español, con ninguno de los cuales el que escribe estas líneas se siente identificado, no debe ir por el camino de la crítica de corte moralista (del tipo: “el nacionalismo es un pensamiento irracional sin base en condiciones materiales reales”). Las personas necesitan identificarse identitariamente para dar sentido al mundo, a las experiencias vitales que configuran su vida, al tipo de las relaciones sociales en las que se desenvuelve, para construir un sentido de pertenencia a determinados grupos, para percibir qué es o qué no es una injusticia, para asociarse o no a determinadas causas. Esto no va a desaparecer jamás de la forma específica de ser de las personas. Empeñarse en sustituirlas por un racionalismo dogmático, esencialista e instrumental se ha demostrado un empeño fútil e incluso perjudicial para la causa de la izquierda.

La crítica al nacionalismo debe tener un cariz político.

La acusación de “irracional” evade la cuestión política, porque ignora el hecho de que los sentimientos forman también parte de lo racional. El argumento es demasiado simple: dado que es irracional, no merece, en el fondo, discutirse. El problema del nacionalismo sin embargo no es que movilice pasiones (¿Qué proyecto político no lo hace? ¿Es más, puede existir un proyecto político en el mundo moderno sin apelar a las emociones?). La crítica al nacionalismo debe tener un enfoque político, de denuncia a lo que hay en él de criterios deterministas y esencialistas (característica que no detenta en exclusividad la ideología nacionalista), de construcción de idílicos mundos armónicos donde una sola idea: la construcción de un Estado-nación propio, se convierte en el paradigma de la solución a todos problemas sociales, como bien denuncia Vicenç Navarro en el artículo citado. El problema no está en denunciar la falacia de las banderas, sean estas esteladas o roja y gualdas, sino de los significados que están detrás de esas banderas. La cuestión clave por lo tanto no está en insultar a los que sienten como algo propio la palabra “patria”, sus banderas y símbolos, sino en cómo dar nuevas orientaciones de sentido a lo que esa noción expresa.

En el caso del nacionalismo español, el problema se acentúa por un hecho histórico: el franquismo. El triunfo de las fuerzas golpistas del 36 en la Guerra Civil significó la definitiva construcción de una idea de España intolerante, uninacional, autoritaria y excluyente. En otras palabras, Franco robó la idea de España a los españoles. Se destruyó a toda una generación, la republicana, que bebía de hondas y variadas tradiciones, liberales, socialistas, comunistas y anarquistas, que enlazaban con algunas de las ideas nacidas de la Ilustración y de la Revolución Francesa más dignas de encomio: la idea por ejemplo de la soberanía popular, del origen exclusivamente humano del poder, la idea de la participación cívica de la ciudadanía en las cuestiones públicas, de la responsabilidad del Estado en proporcionar el mayor bienestar y felicidad posibles a la población, fundamento último de su legitimidad y su propia existencia. El nacionalismo español construido en la dictadura franquista erradicó con extrema violencia esa forma republicana de entender España, y legó a los españoles una idea de los español asociada a lo peor de la tradición nacionalista , cargada de esencialismo intolerante, de incapacidad para entender la vívida y nutrida realidad plurinacional que conformaba y conforma a España.

Lógicamente, la izquierda, que asumió como resultado de su compromiso en la lucha por la democracia un coste humano brutal, acabó por disociarse de esta idea de España, y la palabra patria, inevitablemente, fue desterrada de su vocabulario, o asociada al discurso del enemigo fascista.

Creo que el intento de Podemos de recuperar el concepto “patria” para resignificarlo es de una enorme inteligencia política, supone un adelanto con respecto a un prejuicio asumido acríticamente por la izquierda y bien podría alumbrar una nueva tradición política que se alejara de la idea de España construida por la derecha; otra cosa es que esté teniendo éxito en el empeño y que ésto pueda construirse únicamente “desde arriba” a través del mero discurso.

En definitiva, soy de la opinión de que es un acierto tratar de construir otra idea de España, en el que el componente republicano y democrático vuelva a ocupar el sitio que le fue arrebatado con los fusiles.

Por todo ello, la identidad nacional catalana no puede ser denigrada como algo surgido meramente de la manipulación ejercida por el catalanismo político y el independentismo. Esto, con tener algo de cierto, es sólo una dimensión de la cosa. El problema está en entender que este tipo de identidades siempre van a estar presentes, y que el combate está, también, en la lucha por los significados de los que se carga esa identidad.

La crisis de representación que azota al régimen del 78, expresión específicamente española de la crisis generalizada que vive el mundo europeo en este aspecto, tras un período en el que se podía percibir en el horizonte la posibilidad de un cambio progresista, está siendo hoy cerrada con un giro conservador. Astutamente, aquellos que han provocado la crisis política con sus políticas de austeridad (particularmente PP y CIU, ahora PDeCAT), han encontrado en la cuestión identitaria nacional, construida a su manera y en función de sus intereses como élites de poder, la tabla de salvación. El mismo Artur Más que no hace mucho tuvo que entrar en el Parlament en helicóptero por la presión ejercida por la ciudadanía catalana movilizada por el 15M, es hoy aclamado cuando pasea por calles de Barcelona. El mismo Rajoy que ha pasado de tener un apoyo electoral de 10.8 (en 2011) millones de personas a 7,9 (en 2016 – recordémoslo: perder casi tres millones de votos no es poca cosa-) es hoy jaleado por su dureza contra la Generalitat en defensa de la identidad española. La derecha lo tiene claro y sabe qué hacer.

Si la izquierda va a dedicarse a insultar a aquellos que sienten la identidad nacional como algo propio en lugar de reconocer esa realidad y tratar de dotarla de otros sentidos aprovechando lo que de valioso hay en ella, no se habrá aprendido nada.

[1]http://www.huffingtonpost.es/2017/10/23/entry-slug-1508770868270_a_23252722/

[2]http://blogs.publico.es/vicenc-navarro/2017/09/15/como-el-tema-nacional-y-el-tema-social-se-relacionan-en-catalunya-y-en-espana/

[3] Nos dice Navarro: “El gasto público social del presupuesto de la Generalitat para el año 2017, aprobado por Junts Pel Sí con el apoyo de la CUP, era un 11,1% más bajo del que se había aprobado en el último año del gobierno tripartito de izquierdas 2010 (y del cual, por cierto, ERC era miembro). Y ello pasó en prácticamente todos los capítulos del Estado del Bienestar (un 9,9% menos en educación, un 10,4% menos en sanidad, un 56% menos en vivienda, un 7,1% menos en protección social, y así capítulo por capítulo). Por otra parte, la Renta de Garantía Ciudadana, que provenía de una Iniciativa Legislativa Popular (y que fue aprobada en el Parlament) fue recortada significativamente hace solo unos días por el gobierno independentista, sin apenas discusión o debate y sin alboroto mediático. Y un tanto similar ocurrió con la reciente propuesta escrita en el proyecto de Decreto de Turismo (que el Conseller de Empresa y Conocimiento y el Govern quieren aprobar para finales de 2017), en donde propone, nada más y nada menos, que cualquier vivienda pueda convertirse en turística sin límite de días al año (tirando por tierra toda la lucha del Gobierno municipal de Ada Colau contra el alquiler turístico ilegal). Frente a tal expansión de los pisos turísticos (que están expulsando a las clases populares de su barrio), hubo un silencio ensordecedor por parte de los medios, absorbidos todos ellos en el tema nacional”.

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