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La crisis política que está enfrentando al Gobierno español con el Govern catalán es la versión específicamente española de algo que está aconteciendo a nivel global: la extensión de un mundo donde cada vez más desaparecen los marcadores de certeza.

A Europa occidental, con unas sociedades acostumbradas a unos relativamente altos niveles de seguridad, bienestar y prosperidad, la disipación de las certidumbres se le está atragantando. Esta realidad está produciendo fenómenos sociológicos diversos propios de un mundo que cambia, pero no sabe hacia dónde. Y esta conciencia está siendo proyectada bajo la forma de una gran ansiedad ante un futuro sobre el que se ciernen inquietantes interrogantes.

En efecto, las señales que perciben los pueblos europeos en torno al devenir no son halagüeñas: potente erosión de los sistemas de protección social, insospechados índices de paro, envejecimiento de la población, hijos que por primera vez desde hace décadas vivirán peor que sus padres, ensanchamiento de la distancia que separa a las instituciones públicas nacionales y europeas y a los partidos políticos de las mayorías sociales, percepción de la futilidad del concepto de soberanía nacional y popular en un mundo globalizado, salarios y trabajos más precarios, y un largo etc.

En estos momentos de zozobra en el ánimo y en las expectativas, la tentación de cargar las responsabilidades sobre determinados chivos expiatorios es alta.

Los migrantes y los refugiados, especialmente en Europa del Norte y del Este, se están convirtiendo, por intermediación de partidos y líderes de movimientos sociales que hacen de la xenofobia una de sus señas de identidad, en ese tipo de chivo expiatorio.

Ante el miedo al cambio, la apelación al encastillamiento en las identidades nacionales, el rechazo a un “otro” estereotipado, indispensable para dar sentido al propio “nosotros”, puede convertirse en una poderosa vía de escape para la desesperanza social ante un mundo en crisis. Hay muchos líderes políticos que han visto venir esto desde hace tiempo, y están escalando posiciones gracias a la construcción de discursos maniqueos que apelan a estos preceptos.

En el caso que enfrenta al nacionalismo catalán con el nacionalismo español se están produciendo fenómenos similares, no focalizados en los migrantes (al menos por ahora) pero ubicados en el mismo sistema de construcción de identidades por la vía del esencialismo simplificador: unos se apoyan en la imagen del catalán tacaño, insolidario y egoísta, otros en la idea del español intolerante, diletante y fascista. El “nosotros” y el “ellos”, inserto en un simplista juego de espejos que se retroalimenta hasta el esperpento. Con esto no quiero decir que haya que abandonar la cuestión, porque la construcción de identidades es fundamental en lo político. Sobre este tema y el problema para la izquierda española en torno a la cuestión de “la patria” ya dije algo en este otro artículo.

En toda Europa estos fenómenos se están replicando. Ello explica en parte que partidos políticos de nuevo o viejo cuño que hubieran sido considerados en otro tiempo outsider o marginales hoy estén accediendo a muy relevantes capas del electorado, a esos sectores desengañados con las promesas de un mundo que prometió la felicidad a través de la idea del “hombre que se hace a sí mismo” y descubrió que tras esa idea neoliberal se escondía un sistema injusto, desigual y salvaje, donde sólo unos pocos progresan sobre la base de la exacción al resto.

En esta sensación contrariada, que revela con crudeza la frustración de las esperanzas de toda una generación, reside en gran parte los cambios de orientación de voto en toda Europa, desde el fenómeno Le Pen, o el propio Macron, en Francia, a Syriza o Aurora Dorada en Grecia, Podemos o Ciudadanos en España, el Movimiento 5 Estrellas o la remozada Liga Norte en Italia así como AfD en Alemania o el FPÖ en Austria. La diferencia entre estos partidos es clara: unos defienden una salida progresista a la crisis (caso claro de Podemos y Syriza) y otros apuestan por una salida conservadora (caso en mi opinión del resto de opciones políticas resaltadas en este párrafo).

En el caso particular de España, esta era de incertidumbre nos inunda de fenómenos políticos que en otra época hubieran sido calificados de paranormales. Hechos insólitos e inéditos, que sólo pueden tener lugar en un momento en el que lo sólido se desvanece en el aire. Algo, probablemente, que nos habla de la rabiosa modernidad del momento en el que nos encontramos, porque si algo es específicamente moderno son estos momentos-bisagra de aceleración de los ritmos, de aparición de rupturas, de emergencia de lo inédito, de destrucción creadora. De, en definitiva, reaparición desbordante del conflicto y la contradicción.

Este nivel de sorpresa ante cambios de sentido inesperados se expresa por el ejemplo en el hecho de que nadie en España esperaba la crisis. Zapatero, en su segunda legislatura, venció en las elecciones con un discurso que se negaba a reconocerla. Otro ejemplo es que nadie en España esperaba la bulliciosa y potente algarabía, ni su potencial creativo, del 15M, que marcó un antes y un después, sin lugar a dudas, en el seno de la política española. Nadie en España esperaba tampoco la vertiginosa erosión del Estado del Bienestar, el crecimiento exponencial del paro, la pobreza y la desigualdad; nadie en España esperaba el asombroso despegue de Podemos, la toma de las grandes capitales de España por movimientos municipalistas, muy significativamente capitaneados por mujeres que, como Carmena, Colau o Rita Maestre, están imprimiendo nuevos estilos a la política, marcados por la honestidad, el prestigio de la labor bien hecha, la solidez en las argumentaciones, la preocupación sincera por el bien común y la negativa a dejarse atrapar en las redes del combate antagonista que percibe al enemigo como algo sólo digno de aniquilación, sin que quede de él nada más que la sombra del oprobio que significa su propia existencia.

Nadie en España, después de todo esto, pensó en la resiliencia, en la sólida y rocosa fortaleza de los dos grandes partidos del régimen, PP y PSOE, como quedó demostrado, a pesar de la sangría de apoyos electorales, en las generales de 2015 y 2016. Nadie se esperaba tampoco que el partido más prometedor de la historia española desde la Transición, Podemos, se enzarzara en una lucha interna de una colosal proyección mediática que ponía en cuestión gran parte de su discurso ilusionante, ese que venía a decirnos que ellos eran “otra cosa”. Sorprendidos por cómo se desarrollaban los acontecimientos, volvimos a conocer el concepto de “purga” interna en una lucha evidente por posiciones de poder, donde además resultó perdedor el sector que más innovación traía al discurso de las fuerzas progresistas.

Nadie, en fin, pensó que Pedro Sánchez resucitaría de entre los muertos después del abrazo del oso de las oligarquías del partido, y nadie pensó en la abdicación monárquica de Juan Carlos I en el momento de su mayor descrédito, o en que uno de los partidos más genuinamente característicos del Régimen del 78, esto es, Convergència i Unió (CIU), abandonara su tradicional política de apoyar la estabilidad del partido en el gobierno de España a cambio de espacios de soberanía en Catalunya para embarcarse en una aventura independentista que era radical y categóricamente ajena a su tradición política.

En el caso catalán, éramos mucho los que pensábamos que la actitud repentinamente independentista de CIU no era más que una estrategia de presión sobre el gobierno para conseguir algunas demandas de soberanía. Probablemente esto, junto al hecho de salvarse a sí mismo del descrédito, es lo que pensaron inicialmente los líderes de CIU al decidirse por capitanear una oleada de reivindicación soberanista que tenía mucho de movilización popular originariamente y que conectaba con las propias consecuencias de la crisis económica y política que vive España en su conjunto.

Sin embargo, el órdago de Artur Más, que pretendió intercambiar con el gobierno de Rajoy su capacidad para “calmar a las masas” en Catalunya a cambio de un nuevo pacto fiscal, fracasó, y aquí comenzó la deriva hacia un particular fenómeno que sólo puede ocurrir, como decíamos, en períodos de cambio e incertidumbre: los de CIU comenzaron a creerse su propio discurso independentista, ese discurso que habían rentado a otros que sí venían defendiéndolo desde hace tiempo (ERC desde los 80, las CUP desde siempre) simplemente como una herramienta de presión ante un gobierno central cerril, recentralizador y con una obtusa visión uninacional de España, algo que por otra parte hacía predecible que el gobierno español no cedería un paso en sus posiciones. Porque sólo el que posee profundas convicciones democráticas y un profundo y honesto sentido del deber público o, en su defecto, el que se siente en una posición débil, se aviene a negociar con el adversario.

Ninguno de estos dos supuestos se cumplen en el caso del partido en el gobierno. Al PP no le caracteriza precisamente la profundidad de sus convicciones democráticas, sino más bien todo lo contrario (como demuestra su historia pasada y reciente). Es más, podría decirse que forma parte de esa corriente telúrica de fuerzas conservadoras que están jugando precisamente a resignificar el concepto de “democracia” y de “representación”, con el objetivo de banalizarlos. Más abajo hablaremos de ésto.

Tampoco puede decirse que Rajoy o el PP se sientan débiles. Esto último es lógico, por otra parte, si pensamos que en la peor crisis de representación política que ha vivido el país desde la muerte de Franco, el PP ha sabido mantener un poderoso caudal de apoyo electoral (7,9 millones), que le ha permitido mantenerse en el gobierno.

En parte, esto se ha logrado gracias a la apelación constante a la némesis de toda sociedad de clases medias que comienza a bajar escalones en la escala social: el miedo al cambio.

La cultura posfranquista de amplios sectores mayores de 55 años que votan al PP también ayuda. Y si le añades a todo esto la incapacidad congénita de la izquierda española para forjar bloques que logren desbancar al PP del poder, ya tenemos una primera aproximación básica para entender algunos factores relevantes que explican que un partido podrido de corrupción hasta el tuétano, responsable de la aplicación de las más duras medidas de austeridad en España, siga gobernando.

La última jugada maestra de Rajoy ha sido la aplicación del 155 a la vez que la convocatoria de elecciones autonómicas para diciembre. Con ello consigue, de un lado, darle alpiste a los sectores más ultras dentro del partido que desean mano dura (a la vez que les recuerda quién es el que pone la comida en el plato), y, por otro, presentarse como el adalid de la defensa de “España” ante esa parte de la sociedad que reclama porras y cárcel contra el independentismo, esa parte de la sociedad que está siendo, desde el punto de vista del PP, peligrosamente seducida por Albert Rivera y los suyos. Lo de Rivera y Arrimadas es, por otra parte, de libro de primer curso en demagogia aplicada: todo aquello que critican en su gran adversario (el nacionalismo catalán) es lo que ponen en práctica para atraer votantes. El nacionalismo español tiene mala conciencia de sus raíces y no se nombra a sí mismo, pero es nacionalismo, como la copa de un pino, y además del peor posible, porque es esencialista, excluyente y profundamente intolerante con la diferencia. Con estas armas, los impostores de Rivera pretenden arrebatar a Rajoy el título de paladín de la españolidad. Las encuestas nos dicen que han acertado en su estrategia.

Además, este último movimiento Rajoy style ha dejado absolutamente k.o al independentismo, que se ve en la tesitura de tener que participar en unas elecciones que en principio no debiera reconocer como legítimas, dado que han declarado la independencia de Catalunya. Lo que muestra a su vez que la DUI, y el Procés en si mísmo, fue un gran ejercicio de algo que sólo puede denominarse trilerismo político, lo que nos anuncia con manifiesta evidencia que el independentismo catalán es bastante más español de lo que les gusta reconocer. Porque ese tipo de trampas al electorado es muy mucho español y consiste en tratar a  los ciudadanos como idiotas de lo público. Estoy deseando observar cómo justifican discursivamente PDeCAT, ERC y las CUP la participación en unas elecciones autonómicas convocadas por Rajoy. Rufián dijo hace poco que esto sería una traición a Catalunya. Seguro que inventa algo ingenioso en twitter para desdecirse sin hacerlo. Habilidad no le falta, como tampoco rostro.

En fin, que todo está aconteciendo por senderos inéditos, a veces incluso surrealistas y las posibilidades son muy abiertas. Se hace difícil pronosticar que va a pasar.

Aun así, hay algunas cosas que se pueden decir. Y son preocupantes.

1) En primer lugar, tengo la impresión de que la decisión, irresponsable, de todos los actores políticos, al menos de su mayoría (salvo a Colau de la quema), ha sido la de optar por la extrema polarización del conflicto, de construir una lógica antagonista en la que sólo cabe la victoria sobre el enemigo, y no la posibilidad de entablar nuevos marcos de pactos con el adversario, hecho que está provocando fracturas sociales y heridas que serán difíciles de curar. Especialmente en Catalunya, donde la división de la sociedad parece muy evidente.

2) En segundo lugar me preocupa muchísimo, como decía antes, que la rebelión catalana, y en contra de lo que defiende tanto el independentismo de izquierdas como parte de la izquierda radical española, esté cerrando definitivamente la crisis de representación política que vive el sistema de partidos en España a través de una salida conservadora, de esas que también se están dando en Europa.

Me explico. El sistema de partidos español ha sufrido una mutación de calado que ha venido para quedarse, y es una buena señal porque instaura un más alto nivel de pluralidad en el Parlamento: hemos pasado de un ciclo de sistema bipartidista a un ciclo de pluripartidismo donde al menos 4 partidos a nivel nacional se juegan la posibilidad de formar o participar en el gobierno.

Sin embargo, un primer límite a la profundidad de estos cambios se percibe en el año 2015 y 2016, con las dos convocatorias electorales, en la que vemos cómo la división de los partidos que genéricamente podemos ubicar en la izquierda se muestran incapaces de llegar a un acuerdo de mínimos para desbancar al Partido Popular del gobierno.

El segundo límite está en esta cuestión del desafío del independentismo al Estado, la cuestión de la “rebelión” del independentismo catalán.

El primer hecho inaudito es que un partido con algo más de 335.000 votos (algo muy digno) de entre 5,5 millones de electores, es decir, el 8% del voto válido, el 6% del censo, las CUP, están marcando con mucho la agenda política. Esto ya nos dice algo. La gente de la CUP, y algunos otros sectores en la izquierda, tiene el argumento de que la rebelión en Cataluña va a fomentar la definitiva caída de eso que se llama el Régimen del 78. Para ello apuestan, como el PP, aunque con un objetivo distinto, por la polarización. Eso y no otra cosa es a lo que llaman “mambo”.

La tesis está muy cercano a algo que ha defendido la izquierda más clásica y, dicho sea de paso, más rancia, de toda la vida: la idea del cuanto peor mejor. Cuanto más polarizada esté la sociedad, más dividida, y más roto el consenso que las élites logran sobre las mayorías sociales; más posibilidades por tanto para un cambio revolucionario.

Sin embargo, lo que yo observo, quizás me equivoco, a primera vista, es que nada “revolucionario” está en el fondo pasando. El partido de la corrupción en Cataluña, la extinta CIU ahora llamada PDeCAT, es decir, un partido del Régimen del 78, ha logrado mantenerse tras caer en un profundo descrédito a partir de 2003, cuando perdió por primera vez desde 1980 el gobierno de la Generalitat. La grave crisis interna del partido, como resultado de los casos de corrupción, del apoyo que dieron desde 1996 al gobierno del PP de Aznar, del proceso de cambio de liderazgo, que ponía fin a más de 30 años de pujolismo, y que en teoría quería solventarse con la sucesión del hijo de Pujol (Oriol Pujol, imputado en graves casos de corrupción), tras el período de travesía por el desierto de Artur Más, además del hecho de que fue CIU el partido pionero de las políticas de austeridad en España, ha salido vivo del trance gracias a la causa de la independencia. Esto no es un dato menor. Ahora que la derrota es clara, quieran reconocerlo o no, saldrá algún personaje de esos que están fabricados con corcho, es decir, que siempre flotan (léase Santi Vila) para tratar de volver a llevar al partido a los cauces del peix a cove, y pelillos a la mar, que aquí no ha pasado nada.

Pero es que además, el PP, y su fotocopia moderna (Ciudadanos), es decir, la derecha española, ha logrado movilizar el problema identitario como un eje que permite incrementar sus apoyos. En realidad esto le está funcionando más a Ciudadanos, que, según algunas encuestas, podría robarle, de celebrarse hoy elecciones generales, más de un millón de votos al PP. Para las mayorías sociales es lo mismo, pues, dado que la mayoría parlamentaria de un gobierno de derechas en España vuelve a estar asegurada, seguiremos estando jodidos.

3) Otro problema, y de los más graves, es el relacionado con la creciente banalización de la democracia representativa. En mi opinión había algo muy positivo, inicialmente, en la reivindicación, que no es solo independentista, de plantear una consulta o un referéndum para saber qué opina la ciudadanía catalana con respecto al modelo territorial en España. Esto nace originariamente de procesos de participación ciudadana, de movilización popular de gente conectada con el 15M y sus reivindicaciones, del volver a poner sobre el tapete la cuestión de la soberanía popular. Esto no es baladí, porque lo que está aconteciendo en toda Europa como efecto de la crisis es un proceso de desvirtuación de la democracia. Cada vez más ámbitos, el principal, el económico, de la política pública se decide en instituciones que no han sido elegidas por la ciudadanía. Estas instituciones están obligando a legislar, algunos aceptando la imposición con entusiasmo, a los gobiernos legítimos de los países democráticos en contra de los intereses de las mayorías.

Por lo tanto, en la reivindicación de una participación ciudadana en la redefinición de la organización territorial del Estado habría posibilidades que iban en contra de esta tendencia. La primera de ellas era la posibilidad de reformas en el orden constitucional.

Sin embargo, la reforma constitucional que hoy ya parece inevitable bien pudiera realizarse con unas mayorías parlamentarias que no parecen por la labor de provocar giros progresistas sino más bien todo lo contrario.

Si en unas nuevas elecciones generales Ciudadanos y PP hacen bloque, y si el PSOE no acaba de definirse claramente del lado de la izquierda en este problema, bien podríamos tener una reforma que, por ejemplo, en lugar de tratar de atender al problema democrático del autogobierno en aquellas regiones que tienen una sentida identidad diferenciada, estoy pensando específica y exclusivamente en Euskadi y Catalunya, lo que aconteciera bien podría ser un giro re-centralizador que volvería a postergar otros 40 años el problema.

Además, el impulso soberanista, en mi opinión, estaba cargado de estas buenas razones democráticas hasta que acontecieron dos hechos relevantes que abundan en esto que digo de la banalización de la democracia:

a) El primero, las elecciones del 27 de septiembre de 2015. Estas elecciones fueron planteadas como abiertamente plebiscitarias, es decir, era un refrendo que llamaba a votar nítidamente por opciones partidarias o detractoras de la independencia. Los partidos independentistas esta vez fueron con un programa electoral claro al respeto. Ganaron. Pero hicieron una lectura errónea y, en mi opinión, banalizadora de la democracia, pues interpretaron que con algo más del 47% de los votos, un 38% sobre el censo, estaban legitimados para llevar a cabo un proceso de independencia que obvia la realidad de que al menos la mitad de la población no está deacuerdo con el proceso. Eso es actuar exactamente como hace el PP, que con un 21,74 % de voto sobre el censo (elecciones de 2016, un 33 sobre el voto válido), se cree legitimado para tomar cualquier tipo de decisión que necesitaría de más amplios consensos.

b) El segundo hecho en el que el independentismo comienza a perder razones democráticas es lo sucedido recientemente en el Parlament, cuando se promulgan dos leyes, las de Referendum y Transitoriedad, aprovechando su mayoría en el Parlament, desconociendo cualquier tipo de acuerdo con los partidos políticos de la oposición, y poniendo en riesgo a toda la sociedad catalana al ponerse en marcha mecanismos que se saltan abiertamente la ley actualmente vigente. Este hecho ha pasado algo inadvertido para determinados sectores de izquierda, entre los que me incluyo, ante el espectáculo de la terrible represión del 1 de octubre, que trasladó la imagen al mundo de un gobierno que se atreve a enviar porras y balas de gomas contra las urnas y el sentimiento democrático de una gran parte de la sociedad catalana.

Soy de la opinión de que el origen político e inmediato del problema, aparte de las raíces históricas, es en gran parte responsabilidad del PP, su política de recentralización puesta en marcha desde el 2000 con la exultante soberbia que caracterizó al Aznar de las mayorías absolutas, la política de crispación que pusieron en marcha como estrategia, ya con Rajoy, tras las elecciones de los atentados yihadistas en 2004, que tomó la polarización contra vascos y catalanes como mecanismo para conseguir movilizar a su electorado y desmovilizar al del adversario socialista, y muy especialmente la cuestión de la denuncia ante el Tribunal Constitucional de la reforma del Estatut, que hizo volar por los aires los pactos del 78. Además de esto que estoy diciendo, es decir, que el origen inmediato político del problema del crecimiento exponencial del independentismo en Catalunya está relacionado con la actitud autoritaria del Partido Popular, existe otra factor importantísimo a tener en cuenta, que es la indignación de la ciudadanía catalana con la crisis económica y las políticas de austeridad, que, como siempre, acaba siendo galvanizada por la cuestión nacional. Sobre todo esto ya hablé en este otro artículo.

Todo esto sin embargo no exime al independentismo del hecho de que han estado jugando muy irresponsablemente con fuego. Sintiéndose a la defensiva frente al embate del españolismo del PP, han jugado a polarizar en extremo en torno a una causa, la nacional, que se superpone como una espesa capa de humo sobre las reivindicaciones de carácter social, no ayudando en nada a que la política se concentre en resolver estos problemas. Con su cerril obcecación purista ha arrastrado a la sociedad al borde de la ruptura, y han favorecido que el adversario utilice las mismas armas (la identidad nacional) como recurso para fortalecerse, asegurándose esa salida conservadora a la crisis que a todas luces parece que nos espera al final del camino.

Es difícil saber que nos deparará el futuro. Las nuevas elecciones autonómicas en Catalunya auguran una reedición del problema, porque el independentismo es una fuerza colosal, que se siente razonablemente indignada por la actitud del españolismo cerril del gobierno y sus apoyos, y es evidente, como muestra la última encuesta del CEO, que las posiciones siguen en el mismo lugar. Salvando algunas décimas, la población catalana está más o menos partida por la mitad en la cuestión de la independencia.

La diferencia quizás en estas nuevas elecciones está en el hecho de que es bastante probable que no se renueve la coalición Junts Pel Sí, está en el aire la participación de las CUP y PDeCAT tiene que dirimir si opta por apoyarse en Santi “El Corcho” Vila o en un nuevo Puigdemont. Con la salvedad de que la gente no es tonta y ya ha visto claramente que ERC y PDeCAT, en lo que importan, no parecen que tuvieran muy bien pensado en que consiste eso de ser independientes en un mundo sin apoyos internacionales de ningún tipo y con la mitad de la población en contra.

Por otra parte, el encarcelamiento de los Jordis, una barbaridad se mire por donde se mire, más la posible imputación de destacados miembros del Govern, podrían servir además de nuevo aglutinante para recomponer parte de la unidad quebrada en el independentismo.

Mientras tanto, Arrimadas y Rivera salivan con sus perspectivas electorales, Podem está roto por el enfrentamiento entre la dirección estatal del partido y la actitud díscola de sus dirigentes en Catalunya, mientras que PSC suspira aliviado porque la aplicación del 155 no durará más allá del 21 de diciembre, fecha de la convocatoria electoral, después de haber apoyado su aplicación con la absurda argumentación de que podrían pactar con el PP una versión atenuada de sus efectos. Incertidumbre pues, sin solución de continuidad.

Mientras tanto, el mismo día que en el Senado se votó a favor de la aplicación del artículo 155, se aprobaba el tratado de libre comercio entre Canadá y la UE, con el voto de PP y PNV, la abstención, otra vez el PSOE demostrando la vacuidad de su ideario de izquierdas, de los socialistas y la única oposición de Podemos. Un paso más en la anulación de soberanía popular, un paso más en la banalización de la democracia. Un paso más en la construcción de esta democracia sin demos.

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