Las elecciones catalanas tienen dos vencedores. Inés Arrimadas, por la parte nacionalista española, y Carles Puigdemont, por la parte nacionalista catalana. Ambos pertenecen al mismo espectro político: la derecha. No son desde luego lo mismo, pero pertenecen a la misma familia. De este modo, “la cuestión catalana” acabará marcando un nuevo cambio de ciclo: el de la derecha que se recupera después de haber arrastrado al país a las más altas cotas de desempleo, precariedad y desigualdad.

Se recupera, pero inicia también un proceso de competencia interna desconocido desde la descomposición de UCD y la renovación-aglutinación del centro-derecha español impulsada por Jose María Aznar. 2018 será un año en el que veremos desplegarse esta competencia.

Ciudadanos parece abocado a cumplir con eficiencia la tarea para la que siempre pareció haber nacido: lavar la cara a las políticas responsables de la potente fractura social, económica y política que hemos sufrido estos años.

Lo mismo puede decirse de Junts Per Catalunya: los convergentes se reciclan, se sacuden la podredumbre de la cara usando la estelada como toallita desmaquilladora y siguen su camino hacia la recomposición tras la importante crisis que se abrió en el partido desde inicios de los 2000, con ERC disputándole el campo nacionalista. Los convergentes han pasado de entrar en helicóptero en un Parlament acosado por el pueblo a ser aplaudidos en las calles. No se puede negar que son unos genios, aunque también han contado con una poderosa ayuda: el obcecado empeño del gobierno en responder al desafío del soberanismo catalán con doble dosis de españolismo uninacional.

También son inteligentes los de Rivera, porque no sólo han capitalizado la activación del españolismo, en España y en Catalunya, azuzado por el conflicto entre la Generalitat y el Estado, sino que han conseguido jugar con los significantes políticos con maestría. Ciudadanos aprendió muy rápido de las tesis iniciales de Podemos. De otra manera no puede entenderse que un partido profundamente nacionalista y tendencialmente populista, como es el partido naranja, haya conseguido convencer a sus votantes de que los nacionalistas y los populistas son “los otros”. Ciudadanos es un partido que defiende un proyecto nacionalista de derechas determinado (el proyecto de la España uninacional, centralista y preautonómica) y utiliza una forma populista para defenderlo (lo construcción de una frontera amigo/enemigo y una clara comprensión del papel que juegan las identidades y el conflicto como esencia de “lo político”). Dicho sea de paso, no hay nada esencialmente “negativo” en ser nacionalista o en ser “populista”: el problema está en qué significado se le dan a esas palabras y qué contenidos contiene el proyecto político que se defienda bajo esa “marca”. En el caso de los de Arrimadas y Rivera, el contenido de su propuesta política parece que es sustancialmente doloso para las mayorías sociales, dado que son defensores del mismo modelo de políticas económicas y el mismo tipo de valores que nos arrastran al abismo (individualismo acérrimo, el cuento del alfajor del “emprendimiento”, la “sociedad de mercado” como utopía y una visión muy chata de los alcances de la democracia).

En todo caso, tras el 21-D, primer dato de relevancia: el nacionalismo español conservador ya tiene un nuevo Cid Campeador. La victoria de Inés Arrimadas es potente: 1,1 millones de votos, el 25,3 % del voto válido, un 19,84% del censo[1], 36 escaños. Son más de 365.000 votos de lo que obtuvo el partido naranja en septiembre de 2015. Los de Rivera ganan ni más ni menos que 11 escaños en el Parlament.

Esta victoria tiene un doble efecto de enorme carga simbólica: en primer lugar, es la primera vez que un partido abiertamente nacionalista español gana unas elecciones autonómicas en Catalunya. Es cierto que ellos prefieren auto-etiquetarse bajo el por lo visto más decoroso epíteto de “constitucionalistas”, dado que la especificidad del actual nacionalismo español, dado su triste pasado, es no nombrarse a sí mismo, pero sea como fuera, lo decisivo es que ésto no había pasado nunca en Catalunya, y desde luego marca un antes y un después en la arena política catalana y española.

El segundo elemento simbólico de la victoria de Ciudadanos es que se produce un punto de inflexión en la guerra abierta por la hegemonía en el seno de la derecha española. Albert Rivera lleva tiempo salivando con esto, pero la victoria de Arrimadas es el acicate definitivo para que los sectores anti-Rajoy en el seno de la derecha española comiencen su opa hostil sin complejos. El primero de ellos, Aznar y su pandilla de aduladores nostálgicos de la España Trasatlántica.  No hay más que leer este análisis de la FAES (http://www.fundacionfaes.org/es/contenido/46586/elecciones-en-cataluna) para apercibirse de ello. Empieza por lanzarle un dardo bien cargadito de quina a Soraya Sáenz de Santamaría, sin mencionarla, para inmediatamente alabar el “logro extraordinario” de Ciudadanos y lamentarse del “fraccionamiento del espacio del centro-derecha” que tanto tiempo llevan preconizando. La cara de Marhuenda en este peregrino análisis de las elecciones catalanas, (http://www.larazon.es/multimedia/el-videoblog-de-marhuenda/el-analisis-de-marhuenda-es-tan-evidente-que-puigdemont-no-puede-volver-como-que-tiene-que-ir-a-la-carcel-HD17276405),  plagado de insultos, lugares comunes e indigencia intelectual (genuina marca de la casa del director de “La Razón”) es otro buen ejemplo de la preocupación que comienza a correr por las venas de los almuédanos del marianismo. Por si quedaban algunas dudas, no hay más que leer a la siempre interesante Lucía Méndez, [2] que anuncia: “el PP esperaba una derrota, no una humillación”. Porque una humillación y no otra cosa es que el partido del gobierno haya obtenido un pobre 4,21% del voto válido, es decir: un 3,31% del censo. Ojo a la imagen porque no tiene desperdicio: el PP se va al grupo mixto con 4 escaños, a compartir asiento, en principio, con las CUP. El mambo celebratorio del caos y el pasodoble de pandereta adicto al orden sonando a la vez desde el rincón de los incombustibles. Eso hay que verlo.

Segundo dato capital de estas elecciones catalanas: los vencedores reales son los indepes, y dentro de éstos, la candidatura del President (cesado) Puigdemont, es decir, lo que el periodista Enric Juliana suele llamar “el gen convergente”. O lo que es lo mismo, la derecha que gobierna Catalunya desde 1980. La clase dirigente de siempre, que lleva en combate con ERC desde que la crisis de liderazgo (la sucesión del omnímodo Pujol), la corrupción y la política antisocial de CiU pusieron en solfa su preeminencia en la política catalana.

Tras el 21-D por lo tanto no se vuelve a la “casilla de salida”. Se han dado pasos en determinadas direcciones, todos hacia el camino derecho.

ERC acaba de perder la partida frente a los herederos de Convergència. El exilio de Puigdemont cotiza más que la cárcel de Junqueras. El profesionalismo gestor neoliberal made in Harvard de Elisa Artadi atrae más que el puritanismo republicano menestral de Marta Rovira. Las elecciones demuestran, una vez más, que el independentismo se asienta en una casamata inexpugnable cuyos muros no arden ni con el fuego valyrio de una república fake, ni con la descomposición del autogobierno propiciado por el 155, ni con las amenazas de desastre económico azuzadas por la huida estratégica de las empresas. Los afectos del sentimiento nacionalista independentista están tan a prueba de la realidad que ellos mismos constituyen una rocosa realidad a tener en cuenta. Es una demostración palpable de la fuerza (y los límites) de lo volitivo en política.

La realidad de la voluntad es ésta: con una participación del 81,94% (casi 7 puntos por encima de la de 2015), el bloque indepe (el “gen convergente”, más las CUP y ERC) obtiene la friolera de 2.063.261 votos. Más de dos millones de personas en Catalunya, sobre un censo de 5,5 millones, están proclamando a gritos una solución al problema del encaje territorial de Catalunya en el Estado que no puede ser explicado, como torpemente se hace desde demasiados espacios, por el “adoctrinamiento” de la escuela catalana, ni puede ser encapsulado en la abstención a través del miedo y la represión.

Dos millones de catalanes a los que hay que ofrecerles algo atractivo para que reconecten con España. Las porras, el desprecio y el insulto no parecen ser la mejor manera de conseguirlo. Despreciar sus sentimientos nacionales aludiendo a una suerte de borreguismo generalizado en la sociedad catalana por culpa del sistema educativo y los medios de comunicación públicos dominados por los convergentes no es una buena estrategia para atraerse a este sector de la población que ha demostrado un alto nivel de conciencia cívica y de cultura política democrática en todas y cada una de las movilizaciones que ha puesto en marcha para poner en evidencia sus legítimas preocupaciones y reivindicaciones nacionalistas.

El límite de la voluntad es éste: no se puede fundar una república independiente con el 37% de apoyo (sobre el censo). Dos millones de personas movilizadas constituyen una fuerza colosal, pero no definitiva. El último pack de sobresaltos con el Procés, desde el asalto a la legalidad constitucional en el Parlament, al asalto al autogobierno del 155, pasando por declaraciones en suspenso de independencia, encarcelamientos y exilios, y no olvidemos, la violencia ejercida por las fuerzas de seguridad del Estado el 1 de octubre, dejan claros los límites de hasta donde unos y otros pueden llegar. Con un aprendizaje inquietante para el futuro: el Estado se ha descubierto a sí mismo. El españolismo cede soberanía sin complejos al Bundestag y al Bundesbank, a las cuentas bancarias suizas, a la UE y al ordo económico internacional, todo ello, por supuesto, en detrimento de los intereses del propio pueblo español, pero se revuelve, resuella y embiste cuando se pone en cuestión el carácter uninacional de esa soberanía con la que llevan mercadeando décadas. Con el 155 se han puesto en marcha mecanismos que permiten calmar la esquizofrenia del españolismo, aquella que deriva del no reconocimiento de sus prácticas: vender a España en lo relevante, defenderla en lo superfluo. En otras palabras, el 155 es el antidepresivo perfecto para el falaz patriotismo de aquellos que se indignan con quien ofende a la bandera de España pero no con quien destruye su futuro. Éste es uno de los legados que el Procés dejará en el resto de España: una derecha desatada.

Uno de los primeros damnificados, que ya están muy en el punto de mira, de esta reconstitución de la derecha en España van a ser las experiencias de los llamados “ayuntamientos del cambio”, el bastión que queda de la ilusión del 2014. En el caso catalán, las elecciones también anuncian en este sentido. Los Comunes de Xavi Domènech y Ada Colau iban de eclipse desde inicios de la campaña, porque en el escenario bipolar en el que está instalada Catalunya lo común sobra y no le importa a nadie, porque lo relevante es ubicarte en uno de los bloques. En realidad Domènech, que gana de calle en todos los debates a pesar del monótono ritmo academicista del tono de su voz, defiende la única solución posible al embrollo: la España plurinacional. Ayer valor en alza, tanto que el PSOE del renacido Sánchez copió el discurso. Hoy el concepto ha perdido fuelle. Pero volverá con fuerza, porque no hay otra solución. La gran paradoja de las fuerzas del cambio progresistas en Catalunya es que, viviéndose como se está viviendo un momento de razón populista de libro, los únicos que no se han investido de la forma populista son precisamente aquellos que han popularizado el término, que mejor entienden su significado según los más recientes debates intelectuales y a los que más se les supone encajar con la etiqueta. Paradojas de la vida, el 21-D demuestra que los afectos y la identidad son parte esencial de lo político, aún más en los morbosos momentos de incertidumbre. En estos momentos clave, quien no construye identidad, quien no construye pueblo, se queda fuera de la foto. No se puede decir que los Comunes no lo hayan intentado, además de la manera más honesta posible. Pero no controlaban la agenda política, los significantes ni los resortes del poder. Algo similar le ha pasado a Podemos, con la salvedad de que los de Iglesias han tenido un gran problema con el significante. Éste no es, agárrense las izquierdas, la palabra “patria”, sino la palabra “España”. La cuestión peliaguda es cómo zafarse del acentuado prejuicio, gravado a sangre y fuego por el franquismo, que la progresía de este país sigue teniendo con este nombre, y cómo eliminar lo carpeto-vetónico que la dictadura incrustó en el sentido común de aquellos que se identifican con el concepto. Ciudadanos, que no tiene complejos en esto, y que no le importa lo carpeto-vetónico porque participa de ello, ha conectado poderosamente con los sectores de la sociedad española que han visto su identidad dañada por el desafío catalanista. Llamar fascistas a estas personas es no sólo profundamente injusto, a la par que inexacto desde el punto de vista histórico y político, sino un error estratégico de colosales dimensiones.

Insultar a la gente no es la mejor manera de sumarla al proyecto de cambio. Mirarlos desde la palestra lanzándoles invectivas sobre la incompatibilidad entre la izquierda y el nacionalismo, como el que observa desde su cátedra a borregos ignorantes, no parece muy convincente para amplias mayorías sociales, además de mostrar un ánimo poco observador de lo que la historia de las luchas de liberación nacional y emancipación política nos vienen hablando desde al menos la Revolución Francesa.

La izquierda sigue sin acabar de comprender ésto, aunque algunos en Podemos lo tienen muy claro y bien pudiera ahí estar el germen para lograr modificar esta pauta ideológica y de conducta de la izquierda española, lesiva para sus propios intereses de tocar poder y contar con apoyo popular más amplio. Mientras tanto, ahí están las elecciones catalanas para advertirnos.

[1] Según el “Censo de Consulta” del INE, el total de electores para las elecciones al Parlamento de Cataluña en 2017 es de 5.553.983.

http://www.ine.es/ss/Satellite?L=0&c=Page&cid=1259950593733&p=1259950593733&pagename=CensoElectoral%2FINELayout

[2] http://www.elmundo.es/espana/2017/12/24/5a3e9c1346163f2f1f8b4576.html

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