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La irrupción de Podemos en el año 2014 fue un acto con una gran carga simbólica: tomaba carta de naturaleza la crisis de representación política en España, producto de la extendida conciencia, en cada vez más amplios sectores de la población española, de que sus representantes no les representan (grito de batalla que tuvo su expresión máxima en el movimiento 15-M).

El 15-M y su heredero indirecto, el partido político Podemos, junto a las diversas experiencias asociativas y militantes de quienes se consideraron continuadores del espíritu de las acampadas, habían puesto el acento sobre una cuestión vital en nuestras actuales “democracias representativas”: la soberanía se estaba alejando del demos, ubicándose en espacios e instituciones donde el pueblo, garante último de la misma, no tiene ni voz ni voto.

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