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El Partido Popular ha desplegado durante esta Semana Santa una poderosa estrategia mediática que merece una reflexión seria y desprejuiciada. Aquellos que deseamos que caiga el mal gobierno deberíamos estar muy atentos a las señales que los estrategas del PP están mandando a la sociedad. Porque son de una inteligencia indiscutible, y no anuncian nada bueno.

El contexto en el cual el PP despliega esta estrategia, que enseguida comentaremos, es el siguiente: la activación de un nuevo ciclo movilizador en la sociedad española (feminismo, jubilados), mientras el conflicto catalán sigue activo y los de Ciudadanos cotizan cada vez más alto en el mercado de los votos, amenazando con quebrar el muro de cemento armado que protege al núcleo de los más acérrimos e incombustibles votantes del PP.

Esos votantes son legión, mayores de 65 años, y plenamente instalados en la cultura posfranquista, una amalgama de valores heredados de la dictadura, en los que el orden, la estabilidad, el mando, el clientelismo y el nepotismo, así como los actos de fuerza e intolerancia frente al adversario político, son los valores en alza. Es decir, autoritarismo y poder de mando único como mecanismo para solventar los conflictos, o lo que es lo mismo: franquismo, pero sin Franco.

Estos son los abuelos y abuelas que tuvieron la desgracia de vivir bajo la España de cuartel y misa de la dictadura y ser educados en sus valores, asimilándolos. Muchos son hijos de la clase obrera y no es un problema de que sean imbéciles, fascistas o personas profundamente retrógradas. Son hijos de su época, bastante tuvieron con soportarla y temen al caos como al demonio, porque se les educó en el miedo, a palos y en la miseria. Quieren que el suelo no se mueva bajo sus pies, que sus nietos tengan trabajo y que no les roben sus ahorros. Y creen que el PP es el que mejor garantiza eso, aunque a otros esto nos resulte una contraevidencia empírica. Muchos de ellos, que han tenido que sostener a sus hijos y nietos en la crisis, empiezan a verle al lobo los dientes, pero ya ha aparecido un nuevo Cid Campeador en su caballo blanco a defenderles: tiene sonrisa Profident, es el yerno que todos quisieran y defiende los derechos humanos en Venezuela: Albert Rivera.

El PP está aterrorizado con la brecha que Rivera está logrando abrirles por el flanco derecho entre sus bien apretadas filas. Le está disputando lo indisputable (la bandera de España) y se acercan peligrosamente al núcleo de sentido sobre el que se basa la hegemonía del Partido Popular: la defensa del Orden.

Todo esto claro está les afecta en lo que se refiere a la disputa por la hegemonía en el seno de la derecha, porque después pasará lo que todos sabemos que pasará: habrá nuevas elecciones generales y Ciudadanos y el que suceda a Rajoy pactarán para que la derecha siga gobernando en España.

Mientras, el PSOE seguirá sin decidirse a ser un partido progresista y Unidos-Podemos continuará dándole absurdas vueltas a si hay que estar “en la moqueta o en la calle”, aunque todo el mundo sepa que para que no manden los otros hay que estar en los dos sitios, y además con el maldito PSOE de la mano, porque si no, no dan los números.

Éste es el contexto en el que el PP ha decidido sacarse, aprovechando la Semana Santa, un Máster en Novio de la Muerte, mientras se quema la única candidata posible que tienen en Madrid porque el diario.es ha sacado a la luz que 38 años en política en el PP dan para mucho, hasta para recibir titulaciones académicas en especie.

Así es como debe leerse la bandera a media asta por la muerte de Cristo o los planes educativos de Cospedal, desde su búnker en el Ministerio de Defensa, donde se prepara para el salto a la presidencia del Partido. Planes educativos que buscan “que todos los españoles conozcan y valoren el trabajo y el esfuerzo de los hombres y mujeres que componen las Fuerzas Armadas y la Guardia Civil”  (super sic)-

Y este es el contexto en el que hay que entender el esperpéntico espectáculo de 4 ministros (Cospedal, Zoido, Méndez de Vigo y Catalá) tatareando el himno de la Legión en Málaga. No es un súbito subidón de nacional-catolicismo (esa procesión la llevaron siempre por dentro), es la defensa numantina de la España de los Castillos, cuyos muros están asediando las mesnadas de Ciudadanos.

La derecha en España lleva siglos provocando el caos para defendernos del caos (mientras tanto, se lo llevan todo crudito), y así, en un macabro juego de muerte, exprimen su conflicto secular con el nacionalismo catalán para enardecer los sentimientos identitarios.

En éstas, el PP aprovecha para ampliar el concepto del delito de rebelión. Hoy afecta a los políticos de la Generalitat que se atrevieron a desafiar al Estado, mañana a los Comités de Defensa de la República catalana, y pasado mañana, no lo duden, a cualquier acto de manifestación de repulsa al gobierno en las calles que implique algo de resistencia activa o pasiva. No estaría de más que el catalanismo independentista se preguntara si no están cayendo, como siempre, en la trampa, aunque dudo mucho que partan de las premisas necesarias para hacerse esa pregunta.

Así seguimos, de derrota en derrota, hasta el abismo final. Dentro de poco, a los abuelos y abuelas del movimiento de jubilados les acusarán de yayo-terrorismo borroka, y en este lado de la orilla seguiremos hipnotizados con las banderas en los balcones, mientras los mismos de siempre siguen desfalcando España, a la que en el fondo conciben como territorio de conquista. Porque el PP ama a los españoles como los conquistadores amaban a los nativos americanos en la época del Imperio: como el cuerpo sujeto a explotación colonial sobre cuya miseria fundaron su riqueza.   

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