La negación sistemática de la legitimidad del adversario como estrategia para alcanzar o mantener el poder político. Éste es básicamente el modus operandi al que nos tiene acostumbrado el Partido Popular en España, especialmente cuando está en la oposición, aunque también cuando ejerce el gobierno. Vamos a tener ración doble de este caldo lo que dure el nuevo gobierno socialista.

Tensionar la situación política a cualquier precio, no como resultado de la defensa de unos principios sólidamente argumentados que combaten en la arena pública con pasiones y razones frente a las del contrario, sino como estrategia política en sí. Con un único objetivo: tomar el poder. No en aras de la defensa de los intereses del común. No en aras de la denuncia de una práctica política que produce un dolo claro y al menos relativamente objetivo al país. No. Única y exclusivamente colocando el punto de mira en un objetivo: derrocar al enemigo de su posición de poder.

Porque la política, según el prejuicio sobre el que se funda esta estrategia, consiste en un juego de suma cero: se gana única y exclusivamente allí donde pierde el adversario. Un adversario que, al carecer de legitimidad, se torna pura y simplemente en un enemigo. Es decir, en alguien a erradicar del mapa. Éste ha sido por ejemplo el tórrido sueño húmedo del PP con respecto al catalanismo. Los resultados están a la vista: un crecimiento exponencial del independentismo. Ciudadanos, el partido destinado a suplantar al PP en la hegemonía del derechismo español, juega al mismo juego en este aspecto. Sectores del catalanismo han caído en la trampa de hacer lo mismo.

La táctica habitual de esta estrategia reside básicamente en dos aspectos: el discurso bronco e inflamado, compuesto de una mezcla de bramido, gruñido y ladrido, lo que podríamos llamar la “táctica doberman” (Hernando es su mejor artífice actual, pero son innumerables los ejemplos en el PP y sus corifeos) y la táctica de la no auto limitación en el ataque sobre los consensos básicos. Es decir, saltarse a la torera las líneas rojas de los consensos básicos aceptados en una democracia.

Un ejemplo de todo esto fue la actitud del Partido Popular tras la victoria de Zapatero tras los terribles atentados de 2004: negar legitimidad al gobierno e incluso al sentido del voto de los ciudadanos (prácticamente venían a decir que el PSOE ganó las elecciones porque la sociedad española claudicó ante el terrorismo) y atreverse a tocar las “cuestiones de Estado” que el régimen del 78 había interpuesto como base del consenso de mínimos: política antiterrorista, política territorial, por poner los dos ejemplos mas evidentes.

Fue entonces cuando el Partido Popular desarrolló en su más perfeccionada dimensión la idea que asimilaba el terrorismo con cualquier tipo de disidencia política; entonces eran los nacionalistas catalanes y vascos, hoy han extendido el espectro hasta cualquiera que cante, twitee o mente con sentido crítico, sean elegantes o no sus formas, por ejemplo, a la pútrida e infecta rémora que es la institución monárquica. Populistas, nacionalistas y separatistas son hoy las tres palabras clave del cántico apocalíptico de esta estrategia.

En España, tan acostumbrados que estamos a soportar esta actitud profundamente antidemocrática, tenemos hasta un nombre para esta estrategia: “la estrategia de la crispación“.

Cualquier democracia, si goza de un mínimo de salud, combina en diferentes dosis crispación (una forma de antagonismo) y consenso. Pero cuando un partido político en la oposición única y exclusivamente se dedica a articular una estrategia de crispación con el objeto de asaltar el poder, anteponiendo este interés a cualquier otro tipo de consideración, entonces lo que tenemos ante nosotros en un partido-lacra.

Una lacra es, a la vez, la señal, la marca, de una enfermedad, y un vicio. El vicio del PP es su querencia adictiva por las posiciones de poder, que ya hemos visto están dirigidas a tres aspectos: lucrarse, autorreproducir la vida del partido y extender la visión provinciana, conservadora, uniformizante e intolerante que poseen sobre qué es una sociedad, en general, y que significa eso que llamamos España, en particular. Su enfermedad es la corrupción sistémica.

El término lacra hace también habitualmente referencia a la idea de un parásito o de una suerte de mancha que impregna e infecta todo lo que toca. Ese es el desafío principal al que se enfrentan quienes son atacados por la estrategia de la crispación del PP. No dejarse arrastrar. Limpiarse la mancha.

Además, su secreción tóxica emite en todas direcciones, también a la interna, por eso, tras haber construido un partido que sistemáticamente saquea los recursos públicos para doparse en su lucha por el poder, es tan dificil encontrar a alguien que lleve tiempo en el partido y esté limpio de corrupción. Si estás en una posición relevante en el partido, o has participado o has mirado a otro lado. Es decir: eres responsable.

El Partido Popular es el Partido del Caos, produce Caos y responsabiliza al otro de haberlo producido. Genera tensión y responsabiliza a quien no se pliega a sus tesis de ser el elemento tensionante. El PP juega al caos porque sabe, a lo Juego de Tronos, que el Caos no es un abismo, sino una escalera.

El PP es una lacra para España. Succiona sus recursos, enturbia su mirada, quiebra a sus sociedades diversas, destruye todo lo que toca. El PP no tiene apego a este país. En el fondo lo desprecia. El PP desprecia a España y a este pueblo que tanto ha sufrido a lo largo de su historia porque no coincide con la estrecha mirada que posee de él. Anida el sueño de transformarlo, de realizar un proyecto de ingeniería social que convierta a España en esa masa atomizada de súbditos desmovilizados que aceptan con resignación que la política es cosa de técnicos. Y al servicio de esta idea ha trabajado durante décadas.

Ahora, sin vergüenza, critican al nuevo gobierno precisamente por aquello que de hecho les caracteriza a ellos, corriendo un telón de acero sobre sus propias prácticas, como si aquí no hubiera pasado nada. Han gobernado insultando nuestra inteligencia. Ahora ejercerán de oposición mostrándonos el mismo insoportable desprecio.

El PP retuerce las reglas de la democracia a su antojo para tratar de infectarnos a todos con la idea de que el gobierno nacido de una moción de censura no es legítimo. De que nada que no sean ellos aporta estabilidad, de que sólo ellos son España.

Esa será su estrategia. Esa es la condena que pesa sobre los hombros de este país por haber permitido durante tanto tiempo que nos gobiernen los parásitos. Es por eso que no podemos más que alegrarnos de las causas últimas que explican que hayan sido desalojados del poder por el PSOE: porque cada vez más amplios sectores de la sociedad española ya no los soporta.

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