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Según el análisis electoral realizado por el equipo de Jaime Miquel para el diario Público, la moción de censura de Pedro Sánchez que ha derribado al gobierno de Mariano Rajoy con el apoyo de todos los partidos del arco parlamentario salvo PP, Ciudadanos, UPN y Foro Asturias, ha supuesto, de momento, el hundimiento de las perspectivas de voto del Partido Popular. Buena noticia. Lo malo es quiénes van a sustituirles.

Según los cálculos de Miquel, si hoy se votara en unas elecciones generales, el PP quedaría en cuarta posición y el sector de sus votantes de ultraderecha votaría al partido VOX, que podría acceder a la conquista de dos escaños. Además, asegura Miquel, Pedro Sánchez ya no rascará más en el sector derechista del electorado español, que ha quedado aglutinado en torno a la figura de Albert Rivera.

Las cálculos de Miquel son que Ciudadanos ganaría hoy las elecciones, a escasa distancia del PSOE, que el PP tendrá los mismos o incluso menos escaños que Podemos, y que los neo-convergentes obtendrán más representaciones que ERC. El PNV subirá notablemente (calcula que pasa de los 5 asientos actuales a 7). El PP es, según este investigador, “la momia que se hace serrín al final de la película”, como lleva profetizando desde hace bastantes años y dejó escrito en su libro de 2015 “La Perestroika de Felipe VI”.

En definitiva, existe un electorado en España abiertamente neoliberal, derechista y españolista que se ha ido en masa de las filas del PP porque su umbral de aceptación de la corrupción (alto) ha sido ampliamente rebasado. Estos votantes se irán a las filas de Ciudadanos. A su vez, (buena noticia), existe un electorado de izquierdas que, cuando pasan de “no entenderse” a “gobernar”, suman 10,3 millones de votos, distanciándose sólo en 200.000 de la suma de PP y Ciudadanos (lo que supone una pérdida de intención de voto general a la derecha de unos 6 puntos). PSOE y UP suman 1,3 millones más de intención de voto en relación a lo que tenían antes de la moción de censura, mientras que la derecha, aún ganando en votos a la izquierda, pierde en conjunto 900.000. La moción de censura y la distensión del conflicto entre PSOE y UP sin embargo ha “revitalizado” a toda la izquierda en su conjunto. Si el PSOE cumple con las esperanzas y se mantiene, tendrá mucho éxito.

Los pronósticos son sólo la clarificación de ciertas probabilidades en un horizonte preñado de incertidumbres, pero es cierto que Miquel lleva ejerciendo de Casandra al menos desde que publicó “Asaltad el Sistema” junto a Lluís M. Campos, en 2013. Las tendencias generales que describe, más allá de los datos concretos y algunos potentes exabruptos, se han ido cumpliendo, especialmente su pronóstico del nacimiento de un nuevo ciclo electoral en España de carácter multipartidista. En este nuevo ciclo, juega un papel de primer orden Ciudadanos, un partido que, en mi opinión, está asimilando una de las tendencias políticas más peligrosas de nuestro entorno europeo.

Porque Ciudadanos es un partido que ha sabido virar hacia la fórmula de éxito en Europa: el populismo de derechas. El discurso del populismo de derechas europeo se concentra en la construcción de un adversario (con el que puede llegar a negociar) y un enemigo (al que quiere erradicar). El adversario es la élite política tradicional, a la que en el fondo está reclamando su trozo del pastel, y la modificación de su comportamiento en un sentido más conservador y autoritario. El enemigo es el migrante, musulmán preferentemente, pero también el gitano, el negro, el árabe, cualquiera al que su diferencia marque como posible objeto sobre el que volcar las propias miserias.

Hoy el campeón del populismo de derechas europeo es Matteo Salvini, “Il capitano” de la Lega Nord y actual Ministro de Interior de la República Italiana. Salvini fue militante del Centro Social Ocupado “Leoncavallo”, en Milán, y se auto consideraba comunista en su juventud. Él mismo declaró en una ocasión que solía llevar chapas del Ché y del movimiento independentista vasco. Luego se pasó a la Lega Nord de Umberto Bossi. Hoy es famoso por haber llevado a su máxima expresión la tesis del chivo expiatorio migrante. Su lema tuitero: #chiudiamoiporti: “cerremos los puertos”.

El anuncio del nuevo gobierno español de acoger a los migrantes del Aquarius ha sido leído en Italia como lo que es: un triunfo de Salvini. Al menos por dos motivos: ha demostrado que cumple sus promesas electorales (echar a los migrantes irregulares de Italia) y que puede mantener el pulso a las élites europeas.

Otro de los líderes en alza en Europa dentro de esta corriente está en Alemania. Este líder es lideresa, joven (nació en 1979), políglota y tecnócrata eficiente, se llama Alice Elisabeth Weidel y es actual miembro del Bundestag por AfD (Alternativa Alemana), puesto al que accedió en las elecciones federales del 2017.

Esta economista ha trabajado en empresas como Goldman Sachs, por lo que puede presumir de conocer al adversario “élites tradicionales” desde dentro. Ha vivido en Estados Unidos y China y se considera feminista. Para rizar más el rizo, es homosexual, y su pareja una directora de cine suiza, con la que comparte la crianza de dos hijos. En otros términos, es un producto político perfecto para estos tiempos de cambio e incertidumbre, empaquetado al vacío y listo para triunfar en el mercado europeo, específicamente el alemán, pues combina a la perfección un pensamiento extremo conservador que ha asimilado a la perfección los valores, antaño subversivos, y hoy perfectamente adaptados al neoliberalismo, de defensa de las identidades de género.

También hace Alice Weidel gala de una clara defensa de la identidad nacional alemana, que no se presentan como racista o xenófoba sino como defensora de la democracia y de los derechos humanos: eso que podríamos llamar “neoliberalismo hípster”. Considerada representante de la facción moderada de AfD, puede mostrarse a la vez como defensora del pluralismo, (está a favor del matrimonio gay, a pesar de que su partido desea que se declare este derecho anticonstitucional), mientras lo restringe (en sentido étnico-cultural) al considerar, por ejemplo, que los “árabes, los sinti y los roma [dos etnias gitanas]” destruyen a la sociedad civil alemana. Su discurso es muy virulento contra el Islam, argumentándolo con la defensa de la identidad cultural alemana y los valores democráticos, la defensa de la igualdad de la mujer y de los sectores LGTBI.

Cada país tiene sus especificidades y Alemania no es Italia, ni el AfD tiene, al menos por ahora, el apoyo electoral que ha concitado la Lega Nord. El AfD es un partido recién estrenado en la arena política institucional, sus líderes suben y caen con facilidad, y, por ahora, Merkel parece imbatible. Sin embargo en el seno de los socialcristianos alemanes (CSU-CDU) existe un crudo enfrentamiento por la cuestión migratoria. Merkel defiende una actitud menos intolerante, pero igualmente restrictiva, que otros sectores de su partido, y desea que se llegue a un acuerdo a nivel europeo.

Tiemblo de pensar que se imponga el peor de los escenarios y se cree un bloque populista de derechas Berlin-Roma. Ya tenemos experiencia de lo que pasa cuando se configura ese Eje.

En España lo más parecido que tenemos es VOX, un partido hoy insignificante, pero, según los pronósticos de Miquel,  podría contar algo en el futuro. Esta afirmación hoy les parecerá a muchos sorprendente. Sus líderes son hilarantes, ridículos y esperpénticos, su discurso muy rancio y simplista, sus videos electorales y de propaganda parecen un chiste. Lo mismo que a todo el mundo le pareció Donald Trump.Creo que sin embargo que el producto populista de derechas más genuino que tenemos actualmente es Albert Rivera.

Los de “Ciudadanos” también utilizan la táctica del combate al adversario “élite” (bipartidismo) y al enemigo “migrante” (luego hablaremos de esto), pero con un añadido especial, propio de la propia tradición política española: la confrontación con el catalanismo político. Como ante cualquier enemigo, su propuesta al problema catalán es simple: eliminarlo de la escena. Para ello, su última propuesta estrella: la interposición de un umbral del 3% en las elecciones generales para impedir que los partidos nacionalistas periféricos tengan representación en el Parlamento. Es decir, Rivera sueña lo mismo que el PP, pero lo defiende con más vehemencia: quiere una España uninacional, es decir, convertir en realidad el sueño de algo que no existe.

Porque lo que existe en España es el hecho plurinacional, que es objetivo y subjetivo a la vez, como todo en política, y que no ha logrado ser extirpado de la realidad española ni siquiera tras el esfuerzo más expeditivo realizado a tal efecto: la dictadura de Franco. Desde luego Albert Rivera no es un franquista, aunque a veces lo parezca, es un demócrata. Pero la democracia que habita el pensamiento de Rivera es una democracia banalizada: sin pluralidad nacional, sin soberanía nacional ni popular, que está dispuesto a seguir cediendo a los mercados, y sin una sociedad civil activa (salvo en la defensa de lo que a él le convenga). La democracia de Albert Rivera es una democracia vacía.

Con respecto a la cuestión migratoria, Ciudadanos hace gala de un populismo de derechas de libro: su derechismo no es fascista, y por lo tanto se ve obligado a reconocer los valores fundacionales de la democracia, pero convertido en una insípida pasta moralizante desprovista de todo sentido político.

Así, no se opone a la acogida de los migrantes del Aquarius, pero reclama una política común de la UE para evitar tener que actuar con “medidas improvisadas”. La acogida del Aquarius es defendida por Rivera y los suyos como una medida necesaria por “cuestiones humanitarias”, pero que “no debe normalizarse”. Que haya un proyecto europeo común sobre la migración es, desde lugo, deseable. El problema es que el proyecto que defiende Ciudadanos no es otro que el de incrementar el control en fronteras. Osea, más de lo mismo, pero con más concertinas

La política de control de fronteras no solventa la cuestión de la afluencia migratoria, sólo la hace más cruel, penosa y con resultado en muertes. Podemos rodear Europa con un muro que llegue hasta la última capa de la atmósfera, pero seguirán viniendo. Porque viven en la parte del mundo que ha sido devastada (con el concurso de buena parte de sus propias élites) en el proceso de los combates entre las potencias mundiales por hacerse con el control del mundo.

Y en ésto no se salva nadie. Desde la antigua URSS a la actual Rusia, desde China a Irán, desde Israel a Arabia Saudí, desde Turquía a la Unión Europea y Estados Unidos, por mencionar a algunos de los actores más relevantes actualmente en el avispero de Oriente Medio y África.

Todos están jugando basándose en la misma lógica (cada uno con su nivel de responsabilidad, los más fuertes siempre más responsables). Una lógica que produce un mundo que expulsa a seres humanos de su patria ante la falta de oportunidades y la constante presencia de la guerra, la autocracia y el hambre. Esa lógica se llama “la ley del más fuerte”, o en versión hobbesiana, a ver quién se impone como el macho alfa en un mundo donde el mercado da rienda suelta a sus pulsiones tanáticas y donde la vida humana vale tan poco como los valores de la democracia: ni un dólar.

Éste es el mundo que han construido para nosotros. Un mundo que además nos empuja a agachar la cabeza, callarnos y dar gracias a Dios, al Capital o a quien se erija en cada momento como símbolo y centro legitimador del poder político (lo que incluyó en su día a la Dictadura del Proletariado), por estar del lado privilegiado del mundo. Es decir, es producto de la derrota de uno de los preceptos básicos del proyecto republicano: la fraternidad. Fraternidad como hermandad entre todos los seres humanos, pero una hermandad “política” y no como un mero derivado de los buenos sentimientos hacia el prójimo (que también son necesarios), es decir, entendida como la necesaria repartición de la riqueza entre todos, para que así sea efectiva una auténtica libertad. Si la UE va a reunirse para solventar el problema migratorio, la clave es conocida, pero no por ello menos difícil de conseguir: poner la economía al servicio de la gente.

Antes de las revueltas árabes, que produjeron la chispa que quebró todo el orden internacional construido en el norte de África y Próximo Oriente durante la Guerra Fría, la existencia de férreos regímenes autoritarios servía a Europa (a los líderes europeos que entran en componendas con dichos regímenes) de barrera de contención de las redes migratorias. La desaparición de Libia como Estado y el enquistamiento en Siria de la guerra, acontecimientos en los que la comunidad internacional tiene una responsabilidad de primer orden, ha provocado una situación desconocida: no hay autoridades fiables con las que pactar el “muro de contención”.

Esto está tratando de ser enfrentado con una política del “sálvese quien pueda” que deja muy a las claras hasta donde se ha arrastrado el proyecto de la Unión Europea: hacia el abismo insondable de su hipocresía. Grandes y hermosos valores, producto de siglos de luchas sociales, proclamados en acuerdos, declaraciones y tratados que se quedan en nada más que lamentos cuando se observa el efecto de las políticas reales que se practican: la conversión del Mediterráneo en un gran fosa común. 

El combate lo tenemos en ese espacio. El problema está en que la Unión Europea decide, porque en sus instituciones, muchas de las cuales están muy alejadas del control ciudadano, especialmente las que cuentan, se toman decisiones que nos afectan a todos. Hay que armar un movimiento que combata por los derechos de los migrantes y refugiados a nivel europeo, que sirva de referente y demanda para tratar de influir en lo que se pueda en un cambio de orientación de las políticas y de los mecanismos de funcionamiento de la UE. Hay que volver, de nuevo, a Europa, construir todas las alianzas posibles, impedir que el discurso del populismo de derechas impregne a todo el cuerpo social. O eso, o Europa se convertirá, de nuevo, en el referente del maldito infierno de la xenofobia y el racismo.

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