1El día 2 de diciembre se celebran elecciones anticipadas en Andalucía, la Comunidad Autónoma más poblada de España (más de 8,3 millones según el INE)[1], por delante de Cataluña (7,5 millones) y Madrid (6,5 millones). En torno a 6,5 millones de andaluces podrán acudir a las urnas.

Éstas son unas elecciones de primera magnitud, por el peso específico de Andalucía en el conjunto del Estado, y porque, como observa lúcidamente el veterano jurista Javier Perez Royo[2], las elecciones andaluzas suelen marcar una pauta en el resto de Comunidades Autónomas del Estado, salvo en los particulares universos políticos de Madrid, País Vasco y Cataluña.

La mayoría de los comentaristas resaltan que estas elecciones van a ser fundamentales en el nuevo ciclo electoral que se abre en España. Se destaca habitualmente que es la primera prueba de fuego de las tres derechas en pugna (Partido Popular, Ciudadanos, VOX). También que el PSOE vencerá en las elecciones pero con necesidad de apoyarse en otros para gobernar. Por ello el equilibrio de fuerzas resultado de las elecciones será fundamental, abriéndose la espita de posibles problemas de gobernabilidad para la Comunidad, habidas cuentas de las malas relaciones entre PSOE y Unidos Podemos/Adelante Andalucía, además de la explícita promesa de Ciudadanos de no volver a apoyar a un gobierno del PSOE.

También suelen destacarse como claves del proceso el avance de Ciudadanos, el resultado que tendrá el tipo de alianza forjado en las izquierdas a la izquierda del PSOE (Adelante Andalucía), los efectos del tipo de victoria del PSOE en las tensiones internas del partido socialista, y la posibilidad de la entrada de VOX en el Parlamento andaluz[3].

Pero además, las elecciones andaluzas están insertas en un marco más amplio: el de las profundas mutaciones políticas del espacio europeo.

Desde las elecciones autonómicas democráticas de 1982, en Andalucía ha gobernado el PSOE. En ese año obtuvo el 52,1 % de los votos válidos, un porcentaje que nunca ha sido superado, aunque sí en número de votos (en 1982 el PSOE obtuvo casi 1,5 millones de votos, en 1999 casi llega a los dos millones -1,9- y el máximo número de votos los obtuvo en 2004 con más de 2,2 millones).

Las últimas elecciones hasta la actual convocatoria, las del año 2015, fueron también anticipadas y realizadas en un contexto clave: la intención de Susana Díaz de interrumpir el vertiginoso ascenso de Podemos y la de reforzar su propio liderazgo, pues había sido nombrada Presidenta de la Junta de Andalucía tras la dimisión del anterior presidente, J.A Griñán, terriblemente desgastado por casos de corrupción.

Díaz había sido nombrada a dedo y era Presidenta sin haber pasado por las urnas, aunque su acceso al cargo fue conforme a lo previsto en la reglamentación parlamentaria: aprobada con el apoyo del Parlamento Andaluz por 58 votos frente a 48, y gracias al acuerdo con los parlamentarios de Izquierda Unida, que hacían honor al pacto de legislatura que mantenían con Griñán[4]. En la convocatoria de elecciones anticipadas de 2015, Susana Díaz quebró este pacto, alegando falta de confianza con su socio de gobierno.

Díaz logró cumplir sus dos objetivos (parar a Podemos y consolidar su liderazgo) aunque con los peores resultados de la historia del PSOE[5]: un 35,43% del voto, 1.408.566 millones votos y 47 escaños. Es decir, 5,23 puntos, 162.267 votos y 3 escaños menos que en la legislatura anterior.

Desde entonces, ha llovido tanto que el paisaje de 2015 es radicalmente distinto al de 2018. Las escorrentías típicas de la época “bisagra” en las que nos encontramos, una época en la que se diluyen los marcadores de certeza a los que estábamos habituados sin que seamos capaces de vislumbrar que nuevas certidumbres están cristalizando, han barrido buena parte de los cimientos sobre los que se elevaba el sistema de partidos tradicional.

En sólo tres años han tenido lugar cambios sustanciales en el panorama político local, regional, nacional e internacional. Es por eso que en estas elecciones andaluzas hay en juego muchas cosas, o mejor dicho, se juega uno de los primeros movimientos político-electorales de relevancia en el país en un tablero de ajedrez multidimensional, poliédrico y con reglas cambiantes y en construcción.

Un escenario internacional en mutación: cuatro claves

Es por eso que estas elecciones trascienden el escenario político andaluz. Y esto es claramente percibido por los contendientes en pugna, que en realidad están hablando más bien poco de Andalucía[6] y mostrando mucho de sus propias miserias internas. La disputa entre Albert Rivera y Pablo Casado, con VOX como artista invitado, por el control del espacio derechista español es sólo una de las más evidentes. La no inclusión de Equo en la alianza Adelante Andalucía es otra prueba de ello.

Lo fundamental en mi opinión está en que estas elecciones, más que nunca, están insertas en un ciclo electoral europeo en el que se comienza a dirimir el tipo de pacto social que va a construirse de cara al futuro. Destacamos aquí cuatro claves básicas en este sentido:

1.- La emergencia de un nuevo sistema de partidos europeo

En primer lugar, en toda Europa se están dirimiendo las nuevas relaciones de poder en un sistema de partidos en proceso de renovación, atomización y fragmentación. Europa es, en resumen, un espacio geográfico marcado por una profunda crisis de representación política.

En el caso español, asistimos a una tendencia que se solidifica: el sistema de partidos español es ya multipartidista. El ciclo bipartidista “imperfecto” ha tocado a su fin, a la espera de mejores tiempos y nuevos protagonistas.

En todas las arenas políticas de todos los países europeos, al este y al oeste, al norte y al sur, existen ya nuevos combatientes. Algunos han fijado bien las tachuelas de las sandalias al suelo, otros están aún ungiéndose de aceites y afilando los tridentes. Pero todos están ya en el circo batiéndose contra los viejos leones que antaño dominaban la arena.

Estos viejos leones son dos, se llaman socialdemocracia y democracia cristiana, y en casi todos los países europeos siguen controlando el espacio político, pero tienen que compartir territorios, y están en retroceso.

Un simple vistazo a la siguiente tabla nos muestra de manera clara cómo estos partidos, los que gestaron el pacto social de posguerra, están perdiendo posiciones:

tabla01

En esta debacle los socialistas son los que se llevan el varapalo más evidente, con los casos de Francia y Grecia como referentes del hundimiento. Pero los partidos conservadores también se están llevando lo suyo.

La responsabilidad de esta caída en apoyo electoral no está sólo en los procesos de desafección ciudadana que los politólogos y sociólogos suelen detectar en las democracias representativas liberales. Los partidos políticos tradicionales son los demiurgos de su propio desgaste, al favorecer durante décadas la despolitización de la sociedad, al acercarse cada vez más en sus posicionamientos ideológicos hasta el punto de ser cuasi-indiferenciables, al dejarse arrastrar por la lógica de la corrupción y el desprecio a los gobernados y, especialmente, al haberse despreocupado de la defensa de la sociedad a la que dicen representar.

2.- La quiebra del pacto social europeo

En segundo lugar, esta mutación del sistema de partidos español y europeo, que supone en gran parte el declive relativo de los viejos partidos, es el resultado de la propia evolución interna de su sistema político, muy relacionado con la quiebra del pacto social y el modelo de democracia que caracterizaba a Europa desde fines de la Segunda Guerra Mundial.

Este modelo, atacado desde los años 70, y muy erosionado desde los 90, tiene en la crisis económica de 2008 y en las políticas de austeridad llevadas a cabo de manera masiva a partir de 2010, el último golpe de gracia que ha logrado quebrarle las rodillas a los diversos modelos de bienestar en el Viejo Continente.

La gran paradoja es que bien podría ser que el proyecto neoliberal hubiera asentado las bases para su propia erosión, al sesgar bajo sus pies parte de los consensos sociales que legitimaban su propia existencia. El mantra del mercado sin ataduras y de sus bondades asociadas a la globalización económica como impulsores del bienestar y del progreso es una melodía que cada vez menos gente acepta como una verdad incuestionable.

La prueba está en Donald Trump, nuevo presidente de Estados Unidos, un genuino populista de derechas del que pueden decirse muchas cosas, pero no que sea un neoliberal sensu stricto. En todo caso es un Frankenstein, producto del neoliberalismo, un “monstruo que ha cobrado vida propia”[7]. Que un personaje de este calibre, que ha gestado su fortuna con la especulación financiera y que pertenece a las más altas castas familiares de millonarios estadounidenses, se haya presentado con un mensaje anti-establishment y en cierta manera anti-globalización, dice mucho de las querencias y carencias de aquellos que les han votado. Y del profundo cabreo que tienen sectores crecientes de la ciudadanía. Este fenómeno se está repitiendo en amplias zonas del globo.

Esto por supuesto no significa que lo que venga tenga que ser necesariamente mejor, ni que el capitalismo como sistema esté en crisis; sino simplemente que su modalidad histórica neoliberal bien podría estar entrando en una fase de decadencia, aunque algunas de sus narrativas más instaladas en la cultura política se mantengan (el ideal del emprendimiento, la desconfianza hacia la política, la preferencia por los tecnócratas, la concepción de la economía y sus leyes históricamente construidas como algo “natural” regido por designios inexorables, etc).

3.- Un nuevo combate por la hegemonía política

En tercer lugar, y resumiendo, las sociedades contemporáneas habitan en una época en mutación, marcada por la pérdida de certidumbres y la disolución de los fundamentos que la mayoría de las generaciones actuales consideraban sólidas e inamovibles. Está en cuestión el modelo de bienestar propio de las sociedades europeas, la asociación del Estado a un tipo de legitimidad basado en su capacidad de redistribución, el propio modelo de la Unión Europea y su espacio económico basado en la unión monetaria y la preeminencia de los dos grandes partidos políticos que hegemonizaban la arena política.

Ese nuevo escenario supone el desarrollo de un nuevo combate político por la hegemonía, en un territorio de escala global marcado por el avance del conservadurismo, el autoritarismo y un tipo de multipolarismo donde los derechos humanos tienen menos importancia que nunca, si cabe, desde la Segunda Guerra Mundial.

4.- Dos ejes de la política en Europa (establishment y populismo de derechas)

En cuarto lugar y como resultado de lo anterior, parece que el mundo político europeo está desarrollando en esta arena  dos ejes fuertes: el de la mentalidad del establishment tradicional, un híbrido entre socialdemocracia y neoliberalismo (donde el segundo factor tiene cada vez más peso) y, por otro lado, la alternativa de re-nacionalización derechista, que tiene en los partidos populistas de derecha y en la extensión de su contenido político en la agenda pública, sus máximos referentes.

Unas elecciones poco andaluzas

Así, estas elecciones son menos andaluzas que nunca porque no sólo se están dirimiendo contenidos concretos, proyectos políticos programáticos que afectan al desenvolvimiento del bienestar de la sociedad andaluza. Lo que está en juego en estas elecciones son las nuevas relaciones de poder en un sistema de partidos en fragmentación.

Ésto es así en al menos dos dimensiones: en la dimensión nacional, en el que se está produciendo una transformación del sistema de partidos, que está pasando de bipartidista a multipartidista, y en el internacional, donde asistimos a la construcción de un nuevo modelo de sociedad europea que aún no sabemos hacia donde transita, y en el que están en juego las pervivencias y el encaje de los dos modelos que estaban en hibridación desde los 70 (el pacto social de posguerra y el consenso neoliberal).

La intensidad de este cambio es tal que se está jugando a todos los niveles, locales, regionales, nacionales e internacionales. Hay síntomas de permanencia con aires de “nueva política” (Macron en Francia, Rivera, a veces, en España), síntomas de cambio hacia el polo derechista renacionalizador (el “bloque” populista de derecha y sus éxitos electorales en Europa que influencia a los Partidos Populares europeos en diversas dosis, caso de Pablo Casado en España y sin dudas a VOX) y síntomas hacia la construcción de otras alternativas aún no solidificadas. De éstas al menos pueden reseñarse tres:

    • 1) La experiencia Tsipras, fallida y machacada por el establishment tradicional.
    • 2) Los recientes éxitos electorales de los Verdes en Baviera y Hesse (la Alianza90/Los Verdes en segunda posición), Bruselas (partidos Ecolo y Groen, también segunda posición) y Luxemburgo (Déi Gréng).
  • 3) El modelo ibérico: España y Portugal, marcado por una no demasiado sólida alianza de las izquierdas, con peso específico mayoritario del sector socialdemócrata, que parece haber entendido que deben volver a conectar con las capas populares recuperando algunos valores izquierdistas (al menos en los discursos). En esta clave se podría interpretar tanto el pacto del Partido Socialista Portugués con el “Bloco de Esquerda” y el Partido Comunista Portugués , así como las aún débiles relaciones del PSOE con Unidos-Podemos. También algo de esto está presente en el avance de los Demócratas Socialistas en el Partido Demócrata en las recientes elecciones estadounidenses o la apuesta por Jeremy Corbyn al interior del laborismo británico.

Las elecciones andaluzas no están fuera de estas lógicas. Es ésto lo que se está dirimiendo también en Andalucía, aunque con las específicas condiciones históricas, culturales, políticas y humanas de la contingencia actual en la región.

Centrándonos en Andalucía hay un juego de poderes que afecta al menos a cuatro áreas diferenciadas pero interconectadas: (I) lo interno en el PSOE; (II) lo interno en las tres derechas españolas; (III) el área de combate entre el Podemos andaluz y el PSOE andaluz y (IV) el área del enfrentamiento de todos los partidos por posicionarse mejor de cara tanto a las elecciones europeas como a las nacionales. De manera muy esquemática, esta situación cuatripartita es la siguiente:

I).- Interno al PSOE

Varias bandas: el mantenimiento del Susanismo. El efecto colateral de la victoria del PSOE en Andalucía sobre la imagen de Sánchez de cara a unas próximas generales, y el enfrentamiento interno entre los sectores del PSOE: la vieja guardia frente al “nuevo” Sánchez, el renacido tras las primarias, que tiene un barniz de “más izquierda” y de mejor adaptación a los nuevos mundos mediáticos. En Andalucía el PSOE manda, y ganará en las elecciones, pero tiene un serio problema generacional para el que aún no ha encontrado solución.

II).- El interno a las tres derechas

De un lado está VOX, que sirve de aderezo para la radicalización de los discursos. Ciudadanos por su parte espera desde 2014 con mucha avidez que las manzanas caigan sobre su cesto. El “nuevo” PP de Pablo Casado necesita victorias para consolidarse, o volverán a desatarse todos los demonios internos. PP y Ciudadanos ya no buscan el centro, buscan no perder lo que tienen en la derecha. Casado está en posición de desventaja, y las nuevas revelaciones procedentes de las cloacas del Estado gracias a las escuchas del ex-comisario Villarejo no se lo dejan fácil. Rivera está en mejor posición y vuelve a soñar con hegemonizar el campo de la derecha.

El modelo de Casado tiene resabios del populismo de derechas: está aceptando la tesis del migrante como “chivo expiatorio” (últimas declaraciones en Helsinski), se aleja del merkelismo (que además está de horas bajas, una suerte de derechismo humanista que aún se aferra a los valores originales de la democracia cristiana) y se acerca al trumpismo.

El modelo de Albert Rivera también tiene de todo: se dice liberal, socialdemócrata, conservador y progresista. Todo a la vez en el mismo vaso. Mezclado, agitado, caliente y con hielo.  Es lo que haga falta porque está en posición de fortaleza y no tiene nada que perder. Su demagogia es rocosa, nada sutil y sólida, y la hipocresía seguirá expandiéndose a sus anchas en este partido mientras los electores no le corrijan con el castigo en las urnas. En ellos está latente también, en su tensión con el PP, la tentación populista de derechas: especialmente en su recurso a la construcción de una identidad “pueblo” en sentido esencialista (caso catalán, igual que el PP) y en su ambigüedad con el tema migrante, aunque aún sin atreverse a tanto como Casado.

Lo que distancia a PP y a Casado del populismo de derechas, que VOX representa más genuinamente, es que ellos no se atreven con el enemigo “statu quo” (porque el “statu quo” son ellos”), aunque sí juegan con ello en Andalucía porque aquí, precisamente, el PSOE representa el establishment en el poder nunca derrocado desde hace 36 años.

III) El combate entre las izquierdas dentro de Andalucía

En primer lugar está el enfrentamiento, que adquiere tintes personalistas (Teresa-Susana) entre el Podemos andaluz (dominado por el sector anticapi y en combate con la versión pablista-madrileña) y el PSOE andaluz.

Los Anticapis andaluces sienten aversión genética a la posibilidad de colaborar con el PSOE. En sus declaraciones lo dicen constantemente: no se gobernará con ellos. Estas elecciones marcarán también las posibilidades de Teresa de mantenerse en el liderazgo. Una debacle, que no se espera, forzaría probablemente su retiro de la primera línea. Han puesto mucha carga en el asador en la idea de la confluencia “desde abajo”.  Este es el modelo deseado por IA en contra de las directrices de Madrid. Se juegan mucho. Con no descalabrarse tienen suficiente.

La tensión del PSOE andaluz con Podemos es igualmente clara: los ningunean, los consideran advenedizos. Se parece mucho a la relación que tenía Rajoy con los de albert Rivera: de desprecio evidente. Con estos mimbres parecería difícil imaginar una reproducción del pacto PSOE-Podemos que existe (débil y en fase de ruptura) a nivel nacional. Sin embargo, la realidad electoral acabará marcando, probablemente, algún tipo de pacto entre estas dos izquierdas enfrentadas. Será interesante observar como cada sector se ve obligado a retractarse, sin hacerlo, de las incendiarias soflamas que se han vomitado los unos a los otros.

Está también la tensión de Podemos con algunos sectores de la izquierda andaluza: Equo y otros grupos menores, que han develado la existencia de prácticas de exclusión de las minorías que recuerdan muy mucho a la vieja política[8].

IV).- El enfrentamiento electoral nacional y europeo

Finalmente, está el comentado enfrentamiento de todos los partidos por posicionarse mejor de cara tanto a las elecciones europeas como las nacionales. Andalucía es vista como el primer escalón en el peldaño de estas luchas por el poder.

En definitiva, en estas elecciones andaluzas están en juego mútliples dimensiones: autonómica, nacional e internacional, y es necesario que la población se movilice y participe en el voto, presionando además a través de movilizaciones ciudadanas.

Ese voto debiera orientarse hacia las formaciones políticas que, a pesar de sus contradicciones, representen a lo mejor de la cultura democrática (mayor integración social, incluyendo a los migrantes, preocupación por el medio ambiente, protección y defensa de los intereses generales de la población, lucha por la igualdad de género, poner cotos a los poderes financieros, establecer nuevos mecanismos de control de la ciudadanía sobre los representantes políticos, favorecer un modelo de Unión Europea donde el poder soberano del pueblo sea una realidad y no una entelequia, etc) frente a quienes están, abiertamente, en un combate por vaciar de contenido, banalizándolo, esa hermosa idea, producto de innumerables luchas populares, que llamamos “democracia”.

 

[1] https://www.ine.es/jaxiT3/files/t/es/xls/2853.xls?nocab=1, consultado el 16 de noviembre de 2018.

[2] https://www.eldiario.es/zonacritica/Vox-Sevilla_6_836126413.html

[3]Dos análisis de este calibre, muy sintéticos e interesantes, son los realizados por Pablo Simón para la Cadena Ser:  http://cadenaser.com/ser/2018/11/16/videos/1542351438_079096.html, y http://cadenaser.com/ser/2018/11/15/politica/1542274300_805984.html

[4] Las elecciones autonómicas de 2012 fueron las primeras en las que el PP (1.570.833 millones de votos) superó, por escaso margen, al PSOE (1.527.923 millones de votos), pero no consiguió el partido conservador alcanzar la mayoría absoluta, y eso permitió que el PSOE, de la mano de Griñán y con el apoyo de IU, que había obtenido 12 escaños, lograra ser investido como presidente.

[5] Sólo en 1990 y 1994 el PSOE sacó menor número de votos, eso sí, con un censo bastante más reducido, y aun así el resultado fue mejor en porcentaje en ambos casos (Censo de 1990: 5.009.751; censo de 1994: 5.387.596; censo de 2015: 6.496 685). Porcentaje de voto en 1990: 49,61%; porcentaje en 1994: 38,71.

[6] https://www.eldiario.es/zonacritica/Simulacro-Andaluz_6_837176282.html https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/elecciones_en_Andalucia_2018-2D-Andalucia_6_837176290.html

[7] https://elpais.com/elpais/2018/01/26/opinion/1516971254_995124.html

[8] https://www.elsaltodiario.com/equo/carmen-molina-la-ley-andaluza-de-cambio-climatico-es-una-porqueria

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