Antes del resultado electoral de las elecciones autonómicas andaluzas, conocido el pasado 2 de diciembre, los análisis y pronósticos sobre el proceso se concentraban básicamente en tres aspectos:

  1. El PSOE ganaría las elecciones, pero perdería un significativo apoyo electoral, traduciéndose en una pérdida de escaños que le impedirían formar gobierno en solitario.
  2. En la derecha se dirimiría un incierto combate a tres bandas, con un crecimiento exponencial de Ciudadanos, una sangría de votos para el Partido Popular, y el ascenso de VOX.
  3. Con respecto a Adelante Andalucía, en cambio, se aseguraba que o bien mantendría o perdería 1 o 2 escaños.

Con estos mimbres, la duda fundamental que se planteaba era por lo tanto en torno a la gobernabilidad de Andalucía tras las elecciones, y la cuestión de en quién se apoyaría el PSOE andaluz para gobernar.

Estos pronósticos, en el fondo, no se equivocaron, pero no acertaron en dos acontecimientos de calado que son los que hoy han marcado una suerte de shock, por lo inesperado: el descalabro del PSOE, que ha sido aún mayor de lo predecible, y la espectacular subida de VOX. Este resultado ha destruido también el vaticinio que aseguraba que, en todo caso, el PSOE podría gobernar, aunque sin mayoría y buscando apoyos.

Lo que sigue a continuación son sólo 10 anotaciones rápidas, a la espera de un análisis más pormenorizado de los datos y los análisis y opiniones diversas, para tratar de organizar algunas ideas, en la esperanza de que sirvan para animar el debate y la propuesta de alternativas.

1.- La incapacidad de los analistas para anticipar esos dos acontecimientos fundamentales (debacle absoluta del PSOE y éxito sin paliativo de VOX) ha provocado que la sorpresa haya sido mayúscula, especialmente en lo referente a la emergencia de VOX, un partido genuinamente populista de derechas que mantiene un fuerte apego nostálgico con respecto al franquismo, y que no se ha desvinculado, como algunos de sus “hermanos mayores”, de sus excrecencias fascistas[1]. La subida de VOX se ha relacionado en los últimos días con algunas cuestiones, siendo las más recurrentemente citadas las del papel jugado por los medios de comunicación (que le habrían dado a VOX una proyección sobredimensionada) o la estrategia de confrontación entre PP y Ciudadanos, que, en su refriega por dominar el campo de la derecha, han “blanqueado” la marca VOX para no ofender y atraer a sus votantes.

Con ser creíbles y veraces, estas explicaciones son insuficientes. VOX ha pasado de la práctica nada a los 400.000 votos por una combinación de factores, y entre ellos deben destacarse la profunda incompetencia e irresponsabilidad de sus adversarios y la inteligencia de los responsables de VOX para percibir lo que está en el ambiente.

Los partidos mainstream (PSOE y PP) han gestado la situación de crisis de representación en la que nos encontramos. Los partidos “nuevos” (Podemos, Ciudadanos) han comenzado a defraudar expectativas una vez entrados en el ruedo de la política. El ambiente sigue siendo el mismo que en 2014 propició el ascenso de los de Pablo Iglesias: la profunda desconfianza hacia la casta política tradicional y la demanda de partidos que hagan borrón y cuenta nueva, con políticas públicas que mejoren su situación material, aquí y ahora. El VOX de 2018 es en cierta manera (aún sin tanto apoyo y desde luego con menos mentes lúcidas) el Podemos de 2014, pero apoyándose, en lugar de en las pulsiones emancipatorias del pueblo, en su versión reactiva. Podemos era la ilusión, VOX es el miedo. Dos afectos indispensables para entender cómo funciona la psique humana, y, por ende, la política.

2.- Esta emergencia de VOX marca el fin de una hipótesis: aquella que estipulaba que el territorio español era inmune al surgimiento de un populismo de derechas que superara un 1% de apoyo electoral. Se postulaba que esta “inmunidad” venía dada por la existencia de una débil cultura nacional, al estar asociada, de un lado, a la terrible experiencia de la dictadura, y al verse contrarrestada, de otro, por la existencia de nacionalismos periféricos más exitosos (especialmente Cataluña y País Vasco). Estaba además la cuestión de la solución autonómica llevada a cabo durante la Transición (en la que precisamente Andalucía jugó un papel de primer orden), que había gestado una suerte de cultura regionalista que servía de vacuna contra el exultante nacionalismo españolista del que había hecho gala el franquismo.

Algunas otras explicaciones que se ofrecían para explicar por qué España aparecía como una suerte de “excepción” en el panorama europeo eran, entre otras, que la indignación ciudadana había logrado ser cooptada por la izquierda gracias al desarrollo del 15M y el nacimiento de la opción “Podemos”, así como la existencia de una serie de actitudes o valores propios de la cultura democrática española, como eran el hecho de su fuerte identidad europeísta, dado lo arraigado que estaba en la sociedad la asociación de su desarrollo democrático y de su Estado del Bienestar a la integración europea.

3).-Creo que estos análisis, aun conteniendo elementos veraces, estaban pasando por alto toda una serie de acontecimientos que vienen sucediendo en el mundo contemporáneo, y que en gran parte explican la emergencia de opciones populistas de derechas, entre ellas la de VOX. Así, por ejemplo, se estaba pasando por alto las consecuencias de la potente crisis de representación que están viviendo los sistemas políticos europeos. Este escenario de crisis está abriendo la posibilidad desde hace años de entrada de nuevos partidos que vengan a sustituir a los dos grandes partidos tradicionales (socialdemócratas y demócrata cristianos). Los mecanismos electorales ideados como cordones sanitarios para impedir la entrada de partidos fuera del establishment comienzan en toda Europa a dejar de funcionar. Los diversos sistemas de partidos en Europa se están fragmentando y atomizando en diversos grados. Este hecho no es producto del azar, es el resultado del abandono de la sociedad por aquellos que dicen representarla.

Las sociedades europeas llevan décadas sumidas en una creciente desafección política. No es una cuestión de desinterés ni estupidez. Es desconfianza y desesperanza. Simplemente, la gente tiene cada vez más claro que los políticos tradicionales no estaban cumpliendo sus promesas. Socialdemócratas y democristianos, juntos de la mano, mientras más se iban mimetizando hasta la indiferenciación, son los responsables de la propia erosión de su influencia social. Han vendido a sus pueblos a poderes sobre los que los ciudadanos no tienen control. Han denigrado la palabra democracia, vaciándola de contenido. La puntilla fue la gestión de la crisis económica a partir de 2010, cuando las élites mostraron de manera descarnada a que intereses sirven realmente. Desde entonces, las filas de la abstención comenzaron a crecer a la espera de que llegaran otros para ponerse en frente de los de siempre.

4).- No se ha tenido muy presente tampoco algo particular del caso español: los efectos de la fragmentación de la derecha en tres espacios (PP, Ciudadanos y VOX). Esto se ha producido al calor del creciente descrédito del Partido Popular, que ha hecho de la corrupción su marca de identidad. Su “marca España”, a la que ha convertido en una fosa séptica de malversación del bien común. Esta pérdida de electorado le ha animado a radicalizar los componentes derechistas y reaccionarios de su discurso, siempre presentes pero crecientemente intensificados. Ante el temor de perder a la parte del electorado de extrema derecha que contenía en su seno, han virado aún más hacia ese espacio, y con ello ha potenciado los discursos españolistas excluyentes,  las posturas xenófobas y homófobas, defendido retrocesos en las libertades, en la igualdad de condiciones, en lo social y en cuestiones de género; discursos en fin, intolerantes y retrógrados que han jugado a polarizar a la sociedad apelando al espíritu conservador que anida en toda sociedad que se ve azotada por la incertidumbre. Ciudadanos ha jugado a lo mismo. Es decir, han tendido puentes de acero para el tránsito seguro hacia las instituciones de quienes se manejan en estas narrativas como pez en el agua y con más alto nivel de estridencia: el populismo de derechas que representa VOX.

5).- Sin duda, entre los discursos de la crispación que esta derecha tripartita ha puesto en marcha uno de los fundamentales ha sido el anticatalanismo. El desafío del independentismo catalán (que también tiene su carga de esencialismo intolerante, dicho sea de paso) ha servido de acicate para activar un españolismo patriotero esencialista y excluyente, que piensa España de una manera unívoca e unidireccional y que ha inundado los balcones del país de banderas de España mientras el sistema de bienestar se desmontaba a pedazos y los escándalos de corrupción se convertían en cotidianeidad, ahondando en el descrédito de la política. La derecha (también la catalana) ha activado como respuesta la pasión nacionalista reaccionaria para subsumir bajo sus soflamas la indignación ciudadana que clamaba por más democracia. Ha tenido éxito, y ahora ésta es la cosecha. Porque VOX dice las mismas cosas, sólo que más claro. Y sin complejos.

6).- Por la vía de la construcción de este “otro erradicable” catalán, pues así es como el españolismo derechista concibe la realidad plurinacional española, como algo a erradicar de la historia, entra también la conversión del otro migrante en un enemigo a expulsar. Estos mimbres de extrema derecha ya estaban aquí, pero agazapados. Ciudadanos y Partido Popular, al jugar con esto, han despertado al monstruo. Pero, recordémoslo, Frankenstein no es el nombre del monstruo, sino el de su creador.

7).- El establishment europeo ha jugado además a destruir la opción democrática, la de izquierdas, que venía a mejorar las cosas. Es el caso de Tsipras, y es el caso de la reacción virulenta y hostil contra Unidos-Podemos y cualquier opción que se le pareciera. Toda la carne en el asador para evitar que  la gente votara a estas opciones que, con sus más y sus menos, apostaban de manera clara por la via emancipadora y, desde luego, no eran ni racistas ni nacionalistas de postal. Contra Podemos, todo, contra VOX, guante blanco. Ese es el lema de PP y Ciudadanos. Y del PSOE con intermitencias y según regiones y acontecimientos. Es decir, han preferido abiertamente a quienes han venido a vaciar la democracia de contenido.

8).- Luego, en el marasmo, cada uno ha seguido destruyéndose a sí mismo. En el caso español, la ilusión del 2014 ha quedado reducida a tres figuras: 1) quienes manifiestan una adhesión militante y acrítica, quizás como esos enamorados que, con una concepción esencialista, posesiva y dogmática del amor, quieren mantener viva una llama que se apagó hace tiempo; 2) quienes ya sólo piensan en términos de voto útil y esperan mejores tiempos para volver a encapricharse, quizás ya sabiendo que los caprichos duran un poco más que las pasiones eternas; y 3) quienes han abandonado toda esperanza de enamorarse otra vez y se han sumido en la soledad reconfortante de la abstención. Aquí hay una responsabilidad de la izquierda enorme, ni por asomo comparable a la de quienes han tenido la sartén por el mango y han decidido tirarle el aceite hirviendo en la cara a la sociedad, pero si es una responsabilidad significativa, más aún si siguen persistiendo tozudamente en este error de enzarzarse en divisiones internas y en pelearse, otra vez, por el sujeto de la revolución y el sexo de los ángeles.

9).- Para volver a enamorar hay que tratarse bien. Y eso implica reconocer al otro como sujeto, no como una masa anómica balbuceante de la que sólo esperas que sea un solícito hooligan. Hay que contaminarse del otro y dejar atrás la querencia por el autoexilio de la pureza ideológica. En este sentido, las elecciones andaluzas debieran de abrir un período de reflexión, sobre modelos de liderazgos, de partido, de establecer confluencias y de discursos. Dimitir no es un nombre ruso, se decía en el 15M. Ahora toca aplicárselo a uno mismo.

10).- Para terminar, una reflexión que pretende de nuevo ampliar el foco. España está inserta en un contexto internacional de disolución de certezas. Socialdemocracia y demócratas cristianos son los demiurgos del Frankenstein que atenaza también a la política española. Donald Trump, Bolsonaro, Salvini, Orbán, Le Pen, Abascal y compañía son el mutante construido con los retazos y las excrecencias que han dejado en el camino, al propiciar durante décadas la desafección política, la tesis de la no existencia de alternativas y la asunción acrítica del fundamentalismo de mercado, que muestra claramente a cada vez más amplios sectores sociales la despreocupación de las élites políticas en la defensa de las sociedades a las que dicen representar. La situación en la que se encuentra Europa es la de una quiebra de su pacto social, y en medio del marasmo, el populismo de derechas está acertando al ofrecer algo que está en la base de su éxito: certezas. Ofrecen un proyecto alternativo, crean identidad, apelan a los afectos. Todo en forma reactiva, de retroceso, antidemocrática, pero efectivo. Evidentemente la solución no es copiarles, sino proponer un proyecto alternativo democrático que otorgue también seguridades y certidumbres.

En esta época de disolución de las certezas en las que las generaciones europeas actuales habían sido educadas, se está produciendo un nuevo combate político por la hegemonía, en el que dos ejes parecen dominar la escena: el establishment tradicional y el populismo, con su versión de derechas, en la contingencia actual, tomando protagonismo. Las izquierdas no han sabido articular aún nuevos proyectos políticos sólidos que hagan frente a este desafío, si bien existen algunas tendencias que podrían marcar nuevos horizontes. De la erosión de los cimientos del pacto social de posguerra puede surgir un nuevo orden por la vía progresista o la vía conservadora. De la capacidad de las fuerzas populares y democráticas para establecer amplias alianzas que permitan una solución para las mayorías sociales depende el futuro de la democracia. Tenemos ejemplos. No hay más que mirar a Madrid y Barcelona.

[1] Caso del Frente Nacional Francés, hoy llamado Agrupación Nacional, comandado por Marine Le Pen, que en su esfuerzo por distanciarse del pasado neonazi de su organización ha llegado a expulsar al fundador y padre de la actual líder, Jean-Marine Le Pen.

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