1.- El derecho al voto, como la misma democracia, es una conquista social. No es un regalo cedido por las élites a un pueblo sumiso, pasivo y balbuceante. Es un derecho arrancado de las ávidas manos de los poderosos. Costó siglos de organización, reivindicación y resistencia; costó miles de huérfanos, torturas, cárcel, palizas, violaciones, asesinatos, ajusticiamientos, fusil en mano, con garrote vil, a guillotina. Esta conquista social es además un invento muy reciente, más aún si tenemos en cuenta que su verdadera universalidad sólo llega con la inclusión de las mujeres y las minorías étnicas. Nadie nos ha regalado nada, y aquello que se conquista sólo se mantiene si se defiende. Siempre es posible la vuelta atrás, la involución, la pérdida de posiciones. Y estamos en una época donde es precisamente esto lo que está en juego. Por eso hay que votar el 28 de abril a quienes defienden la democracia.

2.- La época en la que estamos es una época de disolución de las certidumbres. Es decir, las seguridades en las que hemos sido educados, sobre las que hemos construido nuestros horizontes, el futuro que vislumbrábamos poblado de anhelos se han desbaratado. Se ha convertido en una imagen inestable, borrosa, rasgada por un vendaval. Un lugar desconocido donde apenas queda algo sólido, salvo una sospecha. Esa que nos advierte que detrás de las nubes sólo nos espera el abismo. Este horizonte incierto que el futuro dibuja para nosotros no es producto de los impenetrables designios de una voluntad divina. No es el resultado de los enmadejados caprichos que tejen las hilanderas del destino. No. Esta incertidumbre es muy humana. Es producto de determinadas políticas públicas, decididas por representantes públicos, apoyados, empujados, atados o hermanados por poderes privados. La democracia ha desatado así, sobre nosotros, toda una serie de esperanzas contrariadas. Y todo mundo desgarrado por el recelo, la sospecha y la inseguridad es un mundo sediento de seguridad, convicciones, ilusiones, emociones positivas, líderes, estructuras sólidas, sueños, asideros donde agarrarse. La gente no es estúpida por desear esto. Estúpido es quien cree que no lo necesita y rocía su ideología de vanguardia como un bálsamo inservible sobre el corazón quebrado de la gente. Por eso los partidos políticos están ofreciendo soluciones, recetas, proyectos y respuestas a estas inquietudes. Pero no todas son las mismas, ni son igual de valiosas en vistas a solventar los problemas que nos acechan. Y algunas pueden llevarnos, irremediablemente, a un lugar aún más sombrío, irresoluble, insoportable, cargado de más miedo, más odio, más incomprensión. Por eso hay que votar el 28 de abril a quienes aporten luces, y no más sombras, sobre nuestro futuro.

3.- No hay que observar mucho para detectar quiénes son los que proyectan las sombras en nuestro país. Quiénes juegan a enfrentar a los españoles en función de sus identidades diversas. Quiénes insultan, menosprecian y restan legitimidad a sus adversarios políticos. Quiénes interrumpen la opinión del otro con su maleducada soberbia. Quiénes desprecian profundamente al adversario y desean dar marcha atrás en avances sociales que hace poco eran incuestionables. Se puede ver rápidamente quiénes son incapaces de contrastar argumentos, porque sólo saben arrojar los propios. No hace falta mucho ojo, en fin, para observar quiénes están jugando con nuestras emociones para hacer caja. Son esos mismos que nos venden el crecepelo (en pecho) infalible a los hombres atemorizados con la libertad feminista; son esos que nos publicitan con airadas soflamas patrióticas el elixir de la eterna españolidad (o catalanidad) para otorgarnos un refugio donde sentirnos seguros, bien arropaditos bajo el calor de la bandera, mientras proponen políticas económicas y sociales que depredan a la patria que dicen defender. Son los mismos que insultan nuestra inteligencia mintiendo constantemente en sus mítines, en sus debates, en sus monólogos en los medios. Son los mismos, ya lo saben, que ven el Mediterráneo preñado de cadáveres y prefieren orientar la mirada a su propio tabique nasal, el lugar donde nada les perturba. No hace falta mucho para vislumbrar a quien, incluso en su propio caminar, exuda desprecio hacia quienes no piensan como ellos. Éstos, la España de las sombras, son los verdaderos responsables de haber roto España, de haberla crispado, de haber usado la bandera para envolver con un hálito de patria la podredumbre que anida en sus miserias, en su corrupción, en su nostalgia del pasado autoritario. Aunque es cierto que existen algunos matices relevantes entre ellos, estos que proyectan sombras tienen nombres (PP, Ciudadanos, VOX), y comparten básicamente el mismo ideario, salvando las vociferantes estridencias, además de una profunda ambición de poder incapaz de autolimitarse en sus propios objetivos. Es decir: una ambición que no duda en pisotear a la gente. Por eso hay que votar el 28 de abril para evitar que nos gobierne el miedo, el puño cerrado en la mesa, el odio al diferente, el desprecio al adversario político y a la pluralidad y diversidad interna de España.

4.- Comprendo perfectamente a quienes se abstienen. El panorama político no es el ideal. Los que proyectan sombras ya sabemos quiénes son. Pero aquellos que debieran arrojar luz, las opciones progresistas o de izquierdas, no ofrecen un cuadro limpio de mácula. Unos, porque cuando han detentado el poder han defraudado con creces, y porque son responsables en gran parte del mundo que hoy tenemos. Otros, porque cabalgaron sobre la ola de nuestra ilusión, de nuestra indignación, de nuestras esperanzas, y no han tardado mucho en defraudarlas. Y, sin embargo, no todo es lo mismo. No es lo mismo defender a un Estado cuya legitimidad reposa en su capacidad para fortalecer el bien común, protegiendo nuestros derechos y nuestras libertades, nuestro trabajo, nuestras viviendas, nuestros servicios sociales básicos, nuestra educación, nuestra sanidad, nuestro medio ambiente, que un Estado mínimo que no entiende de soberanía más allá del golpe en el pecho y la mano en los testículos, mientras el país se desgarra en la desigualdad, la falta de oportunidades, el enriquecimiento de los pocos y el empobrecimiento de los muchos, el desempleo y la venta del país al mejor postor. Por eso, hay que votar el 28 de abril a quienes de entre las fuerzas progresistas están preocupándose por estas cuestiones. Y exigirles que aparquen sus diferencias, sus luchas internas, sus egos y ambiciones personales; que dejen a un lado su panoplia y superchería ideológica, sus verdades reveladas, sus dogmatismos y piensen en todos nosotros. Está en juego el futuro del país de aquí a las próximas décadas, y de ellos depende que nuestro horizonte difumine sus brumas, que nuestro futuro no esté cargado de abismos. Votémosles, pero no le demos un cheque en blanco. Que sepan que su sostén depende de nuestra aquiescencia, de nuestro acuerdo, de nuestra conciencia de su responsabilidad a cambio de nuestra confianza. Votémosles, y presionemos para que cumplan.