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Actualidad España

Reflexiones sobre los últimos acontecimientos políticos en España.

Cuatro razones para votar el día 28

1.- El derecho al voto, como la misma democracia, es una conquista social. No es un regalo cedido por las élites a un pueblo sumiso, pasivo y balbuceante. Es un derecho arrancado de las ávidas manos de los poderosos. Costó siglos de organización, reivindicación y resistencia; costó miles de huérfanos, torturas, cárcel, palizas, violaciones, asesinatos, ajusticiamientos, fusil en mano, con garrote vil, a guillotina. Esta conquista social es además un invento muy reciente, más aún si tenemos en cuenta que su verdadera universalidad sólo llega con la inclusión de las mujeres y las minorías étnicas. Nadie nos ha regalado nada, y aquello que se conquista sólo se mantiene si se defiende. Siempre es posible la vuelta atrás, la involución, la pérdida de posiciones. Y estamos en una época donde es precisamente esto lo que está en juego. Por eso hay que votar el 28 de abril a quienes defienden la democracia.

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Nueva Ficha: Más Madrid

La nueva polémica en Podemos estalla en torno al 17 de enero, cuando El País publica un artículo en el que revela la firma del compromiso entre Carmena e Íñigo[1] para extender la experiencia de Más Madrid a las elecciones de la Comunidad. Es difícil, sin conocer las cuitas internas de Podemos por no pertenecer al partido, conocer con exactitud cuáles han sido todos los elementos en juego. Pero se están publicando cosas que dan información interesante. Esto es un intento de aclarar ideas, para entender que está pasando y sobre todo, qué nos estamos jugando todos los que deseamos un mejor futuro para nuestro país.

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10 notas sobre las elecciones andaluzas

Antes del resultado electoral de las elecciones autonómicas andaluzas, conocido el pasado 2 de diciembre, los análisis y pronósticos sobre el proceso se concentraban básicamente en tres aspectos:

  1. El PSOE ganaría las elecciones, pero perdería un significativo apoyo electoral, traduciéndose en una pérdida de escaños que le impedirían formar gobierno en solitario.
  2. En la derecha se dirimiría un incierto combate a tres bandas, con un crecimiento exponencial de Ciudadanos, una sangría de votos para el Partido Popular, y el ascenso de VOX.
  3. Con respecto a Adelante Andalucía, en cambio, se aseguraba que o bien mantendría o perdería 1 o 2 escaños.

Con estos mimbres, la duda fundamental que se planteaba era por lo tanto en torno a la gobernabilidad de Andalucía tras las elecciones, y la cuestión de en quién se apoyaría el PSOE andaluz para gobernar.

Estos pronósticos, en el fondo, no se equivocaron, pero no acertaron en dos acontecimientos de calado que son los que hoy han marcado una suerte de shock, por lo inesperado: el descalabro del PSOE, que ha sido aún mayor de lo predecible, y la espectacular subida de VOX. Este resultado ha destruido también el vaticinio que aseguraba que, en todo caso, el PSOE podría gobernar, aunque sin mayoría y buscando apoyos.

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Lo que se juega en Andalucía

1El día 2 de diciembre se celebran elecciones anticipadas en Andalucía, la Comunidad Autónoma más poblada de España (más de 8,3 millones según el INE)[1], por delante de Cataluña (7,5 millones) y Madrid (6,5 millones). En torno a 6,5 millones de andaluces podrán acudir a las urnas.

Éstas son unas elecciones de primera magnitud, por el peso específico de Andalucía en el conjunto del Estado, y porque, como observa lúcidamente el veterano jurista Javier Perez Royo[2], las elecciones andaluzas suelen marcar una pauta en el resto de Comunidades Autónomas del Estado, salvo en los particulares universos políticos de Madrid, País Vasco y Cataluña.

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Pablo Casado, Albert Rivera y el espacio Salvini

Los pobres pertenecen a una especie infrahumana. Son algo menos que humanos, son despreciables, ignorantes, feos, desagradables. Son desechables. Esto es lo que pensaba Gonzalo de Aguilera y Munro, terrateniente, oficial retirado del Ejército español, salmantino. Cuando en julio de 1936 en España un nutrido grupo de militares traidores a su  pueblo y a su patria decidieron dar el golpe de Estado que acabó en Guerra Civil, el señor Gonzalo de Aguilera, para celebrarlo, puso en fila a sus jornaleros, eligió a 6 al azar, y los fusiló. Para que aprendieran.

Los militares africanistas, bregados en una lucha sin cuartel contra los marroquíes, se habían embrutecido asesinando salvajemente a la población civil del país vecino, entonces ocupado en su franja norte por España, y lo hicieron sin remordimientos: los moros eran infrahumanos. Los obreros y campesinos españoles tenían sangre bereber y árabe, postulaban, y, por lo tanto, también eran seres inferiores. Es decir; también podían ser exterminados. Y si alguien manifestaba una opinión contraria a esto y se resistía al “Alzamiento”, el general Mola, artífice del Golpe del 36,  lo dejó bien clarito: “Hay que dar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos y sin vacilación a todos los que no piensen como nosotros”.

Lo más lamentable es que en gran parte de la intelectualidad española (como en gran parte de Europa), las teorías racistas, genetistas y biologicistas que clasificaban a los seres humanos en tipologías raciales para justificar el dominio de unos sobre otros, estaban muy en boga. Esto permitió a toda una generación de autores, grandes filósofos y literatos, que, al preguntarse sobre las causas de la decadencia de España, a la vez que descubrieran, acertadamente, que el problema estaba en las élites (las “oligarquías y el caciquismo”), llegaran a la conclusión de que España estaba demasiado “africanizada”. Europa era lo moderno y lo civilizado, y España tenía que tender a Europa. Había que huir del vecino africano, el lugar de lo “bárbaro”. Alguien tan relevante e interesante como Joaquín Costa llegó a dejar escrito que había que “contener el movimiento de retroceso y africanización que nos arrastra lejos de la órbita en que gira y se desenvuelve la civilización europea”. Europa era el remedio contra la enfermedad “África”.

Hicieron falta 50 millones de muertos y la derrota del fascismo en 1945 para la puesta en cuestión de toda una serie de ideas racistas que habían adquirido categoría de prestigio académico. Hasta hace poco nadie, salvo los muy trasnochados, se declaraban abiertamente racistas.

Es difícil subestimar por ello la relevancia que tiene que en Europa existan personajes como Salvini. Todo un Ministro del Interior en Italia, madre fundadora de la UE. Y también de Berlusconi. Y también del fascismo. En la otra orilla, también de grandes pensadores que han incidido en la lucha por la emancipación del género humano, como Lorenzo Valla, Maquiavelo o Antonio Gramsci. Italia es una suerte de laboratorio de pruebas. Produce desde los tiempos de Roma una serie de innovaciones políticas que anuncian tendencia, marcan estilo. Italia es fondo y forma. Italia es parte indispensable de la red neuronal que vertebra la historia y el pensamiento de Europa. Sin Italia no hay Europa. Hay que tomarse muy en serio lo que pase en Italia.

Europa no es el lugar de condensación de todos los males de la Tierra. Es el crisol donde se fundió la rica cultura mediterránea productora de grandes cadenas pero también de sólidos yunques y martillos para desbaratarlas. El azar colocó a Europa, península de Asia que besa a África en el Estrecho, en un lugar geográfico privilegiado de cruce de civilizaciones. No hay nada dado de una vez y para siempre. Sucedió simplemente, y los historiadores tratan de desentrañar el origen de los azares que colocaron a Europa en una posición de dominio. La tradición clásica lo supo entender: la fortuna es la emperatriz del mundo.

A partir de 1945 se convirtió en políticamente incorrecto decir lo que hoy dice el gobierno italiano: los gitanos sobran. Los negros sobran. Los desheredados de la tierra, aquellos sobre cuyos cadáveres erigimos nuestro bienestar, sobran.

No es una casualidad que precisamente cuando ese bienestar se tambalea, el cáncer Salvini aparezca. Las últimas declaraciones de Casado anuncian que la metástasis ya se ha extendido, aunque ha estado larvada durante mucho tiempo. Donald Trump, Salvini y personajes similares no son una aberración, una pústula infecta o el producto de un error en la historia: es la consecuencia lógica de años de políticas de racismo encubierto en los significantes “lucha contra las mafias”, “contra el terrorismo” o de “contención en frontera”. Son la expresión fidedigna de hacia dónde camina la humanidad cuando el simple ánimo de lucro cabalga sin bridas, dejando atrás los valores de solidaridad, fraternidad, libertad e igualdad, las auténticas raíces de la democracia moderna.

Rivera y Casado son hoy dos gladiadores que luchan en la arena pública por el espacio Salvini en España. Representan sin lugar a dudas lo peor de Europa, lo menos válido. El miedo, la insolidaridad, la conversión del derecho en privilegio. El peso de las generaciones muertas, la pulsión tanática, la autodestrucción de las redes sociales basadas en la fraternidad. Son el fin de la cosa pública y la entrada de cabeza en el infierno del sálvese quien pueda. Con ellos no hay otro futuro que el abismo.

Pablo Casado se ha colocado ya abiertamente en el espacio Salvini: el espacio del populismo de derechas. Es muy sintomático que, como Rivera, ya anuncia en cada declaración, con una negación, todo aquello que es: un populista de derechas y un nacionalista excluyente e intolerante.

Casado tiene una habilidad primordial, genuina y sinceramente extraordinaria: miente sin pestañear. No puede ser de otra manera en una persona que representa en sí mismo el paradigma de eso que se llama “emprendimiento”, entendido exactamente en los términos en los que realmente funciona: el mundo del enfrentarse con la barbilla alzada a la dignidad, a la honestidad, a la profesionalidad y a la virtud del servicio público, todo  en aras del medro y el lucro. Casado sabe qué hay que hacer para tener éxito en este mundo. Dar codazos, usar el Caos como escalera, tirar de clientelismo, desarrollar con sutileza el difícil arte de lo aparente. Casado no es un monstruo, es un símbolo: el de la banalización de la democracia. “No hay que hacer demagogia”, nos dice, mientras hace de ella la fuente de la que manan sus falacias. “No hay que ser populistas”, nos dice, mientras juega con la lógica amigo/enemigo haciendo del inmigrante el “Otro” a erradicar; el “problema es el nacionalismo”, nos canta, mientras hace del uninacionalismo españolista la bandera con la que pretende salir del bucle de decadencia electoral en el que está inserto su partido.

Salvini ya está aquí entre nosotros, desdoblado entre Rivera y Casado, emponzoñando el aire. La pregunta clave es: ¿ha venido para quedarse?

 

El combate que viene: en Europa y contra el populismo de derechas

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Según el análisis electoral realizado por el equipo de Jaime Miquel para el diario Público, la moción de censura de Pedro Sánchez que ha derribado al gobierno de Mariano Rajoy con el apoyo de todos los partidos del arco parlamentario salvo PP, Ciudadanos, UPN y Foro Asturias, ha supuesto, de momento, el hundimiento de las perspectivas de voto del Partido Popular. Buena noticia. Lo malo es quiénes van a sustituirles.

Según los cálculos de Miquel, si hoy se votara en unas elecciones generales, el PP quedaría en cuarta posición y el sector de sus votantes de ultraderecha votaría al partido VOX, que podría acceder a la conquista de dos escaños. Además, asegura Miquel, Pedro Sánchez ya no rascará más en el sector derechista del electorado español, que ha quedado aglutinado en torno a la figura de Albert Rivera.

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El Partido Popular, una lacra para España

La negación sistemática de la legitimidad del adversario como estrategia para alcanzar o mantener el poder político. Éste es básicamente el modus operandi al que nos tiene acostumbrado el Partido Popular en España, especialmente cuando está en la oposición, aunque también cuando ejerce el gobierno. Vamos a tener ración doble de este caldo lo que dure el nuevo gobierno socialista.

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La mirada larga del PNV

Hace unos días, una iniciativa del PDeCAT para agilizar los “deshaucios express” de las viviendas ocupadas fue aprobada en comisión (a la espera de su aprobación en el Senado) con el apoyo del PP, PNV y Ciudadanos.

Aunque es cierto que las disposiciones que defendían Ciudadanos y PP eran aún más duras, la iniciativa facilita un trámite rápido para desalojar viviendas pertenecientes a particulares, entidades sociales y públicas destinadas a alquiler social. Esto deja en estricta intemperie a los “ocupas” que deciden habitar una vivienda vacía por motivos relacionados con la mera supervivencia.

La insistencia particular de Unidos Podemos ha conseguido que no se incluyera en esta medida a las propiedades de los grandes tenentes de propiedad y a los fondos buitres, a pesar de la presión en sentido contrario ejercida por Ciudadanos, apoyados por el PP. La nueva normativa se autojustifica con el argumento de “luchar contra las mafias” que aprovechan la situación de vulnerabilidad de los ocupantes para lucrarse, pero no se establece en la práctica ninguna medida para combatirlas. Es decir, que, como denunció Lucía Martin, de En Comú, o Mayoral, de Unidos Podemos, la medida garantiza desalojar a personas sin garantía de realojo. El PSOE, algo más tibio, para variar, finalmente ha votado en contra de la medida. ERC también votó en contra, aunque no presentó ninguna enmienda. Por un solo voto, la propuesta de PDCat ha salido adelante.

En otras palabras, PDeCAT, Ciudadanos, PNV y PP esconden las banderas que tanto agitan para ponerse de acuerdo en aquello que les une: la defensa a toda costa de la propiedad privada. A “toda costa” aquí significa lisa y llanamente por encima del bien común. Estos cuatro partidos nacionalistas de derecha (dos españolistas, uno catalanista y otro vasquista) tienen bien clarito a quiénes se deben, y a quienes defienden. El modelo es el mismo, las diferencias estriban en a qué “nación” dicen representar mientras la desahucian.

Las diferencias entre estos distintos nacionalismos de derecha son no obstante notables, y no sólo en la cuestión nacional, que es fundamental y no solo cortina de humo, aunque haya mucho de esto. Y la diferencia más marcada está sin duda en el PNV.

El PNV es probablemente la derecha más “moderna” de todo el espectro político español, la más conectada auténticamente con la histórica democracia cristiana europea, esa que construyó el pacto social de posguerra con los socialdemócratas y que hoy está en disolución, y es también la derecha que en España ha mostrado una mayor y más genuina sensibilidad social, hecho este último que no puede sin embargo desconectarse de las particulares circunstancias en las que Euskadi se ha desenvuelto desde que el tirano se fue a molestar al infierno: el generoso pacto fiscal concedido por el Estado y la presencia de la violencia armada de ETA, uno de los más deletéreos legados que Franco legó a la democracia española.

Pero la diferencia fundamental del PNV con respecto no ya a las derechas nacionalistas del Estado en sus variadas adscripciones, sino probablemente al resto de opciones políticas, es la sutil, audaz y experta mirada larga con la que los de Sabin Etxea observan el panorama español.

El PNV es hoy el partido que mejor sabe entender España. Podemos supo inicialmente, quizás partiendo de alguna hipótesis incorrecta, pero exitosa, detentar esa mirada larga, pero la progresiva laminación del sector auténticamente radical en su seno (los genuinamente populistas) les ha hecho perder capacidad interpretativa, y salvo el sector que está combatiendo por mantener sus posiciones en Madrid en torno a Errejón, esa capacidad se está diluyendo en el partido morado.

Pero el PNV es otra cosa, en primer lugar porque la experiencia, por mucho que duela a los jóvenes audaces que hoy inundan la política española, es siempre un valor añadido, y en segundo lugar porque ellos no pretenden subvertir el régimen del 78, del que han sacado réditos más que significativos, sino mantenerlo en la medida de lo posible mientras se preparan para su inevitable transformación.

La mirada larga del PNV le está advirtiendo de varias cosas. De un lado, en lo inmediato, ha logrado que el movimiento de los jubilados en Euskadi le sirva de pista de aterrizaje perfecta para apoyar los presupuestos del PP haciendo caso omiso a las barbaridades que el gobierno está poniendo en marcha contra sus “hermanos” en Catalunya. El PNV, con el pacto alcanzado en esta materia con el PP, se acaba de marcar un tanto extraordinario, pues se va a presentar ante las generaciones mayores en Euskadi como el adalid de su combate por el mantenimiento de unas jubilaciones dignas. El peix a cove se fue de Catalunya, pero en Euskadi se mantiene incólume al desaliento.

En segundo lugar, a medio plazo, el PNV está observando con honda preocupación que la fenomenal crisis de representación que azota España, y que ya ha trocado bipartidismo en tetrapartidismo (a nivel estatal) está camino de cerrarse por la derecha con la paulatina sustitución del Partido Popular por Ciudadanos.

Un Ciudadanos que no sólo cuenta con la simpatía de la mayoría de los medios de comunicación y empresariales, sino que además hace gala de un nacionalismo español sin complejos que no se nombra a sí mismo, hecho que marca aún más la relevancia de su existencia, que se aleja (no sin alguna dificultad) de la evidente conexión que el PP aún mantiene con sus raíces franquistas, y que ha acumulado una notable experiencia en la dificilísima batalla catalana, no sólo sin quemarse, sino incrementando exponencialmente sus posibilidades.

El problema fundamental para el PNV es que este nuevo Cid Campeador de la derecha española no debe nada a los pactos del 78, aunque haga uso constante de los mitos fundacionales de la Transición para enrocarse con los valores de moderación, consenso y apatía política con los que fueron educados gran parte de las generaciones posteriores al 78, y sobre todo, no debe nada a los pactos territoriales que se establecieron entonces.

Y he aquí la mirada a largo plazo del PNV: dado que estos pactos están quebrados, primero por la actitud del Partido Popular (desde la política recentralizadora de la segunda legislatura de Aznar hasta la sentencia del TC sobre el Estatut, más todo lo demás que aún sigue) y luego por la reacción defensiva catalana (especialmente esas dos famosas leyes del Parlament de auténtico viaje a la estratosfera), Ciudadanos no se siente en absoluto concernido por ninguna de las líneas rojas territoriales que ya no respetan ni sus demiurgos. Sólo hay una de la que no se habla, que no se toca, que no se huele, que nadie se atreve a nombrar, y esa ausencia se va a convertir, advierte el PNV, en una potente presencia con los oportunistas de Rivera: el concierto económico vasco.

Esta triple mirada del PNV es la que explica, en el contexto de una corrosiva crisis multidimensional que ha degradado hasta niveles insospechados el bienestar en España, la jugada maestra del PNV al apoyar los presupuestos. El PNV teme la llegada del centralismo españolista renovado de Ciudadanos, y va a poner toda la carne en el asador para mantener en la UCI al Partido Popular todo el tiempo que sea necesario. El PNV conoce bien España. Mejor que nadie.

La sonrisa de los mismos

Estos días, en la sonrisa de Cifuentes habita toda una forma de entender la política en España. Y un anuncio de futuro. Un anuncio que hay que combatir con todas nuestras fuerzas. Y con el voto entre los dientes.

La de Cifuentes es la mirada y la sonrisa de un depredador acorralado que aún confía en la firmeza de sus dentelladas y en el auxilio del resto de la jauría.

La sonrisa de Cifuentes es la muralla de Numancia encalada con la sentencia romana que acabó con los asesinos de Viriato, está protegida por los puñales de Guzmán el Bueno y enlucida con el mito de Moscardó resistiendo en el Alcázar de Toledo.

Detrás de la sonrisa de Cifuentes no está la defensa imposible de un máster que no fue, ni tan siquiera la mala leche y la venenosa quina de las personas curtidas en el mar de tiburones del espectáculo de la copla de la caspa, a lo Pantoja.

Detrás de la sonrisa de Cifuentes hay algo más profundo. Seguir leyendo “La sonrisa de los mismos”

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