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Elecciones 20-D

Sánchez no es Corbyn

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Jeremy Corbyn es el actual líder del Partido Laborista británico. Miembro de una familia muy politizada (sus padres se conocieron en una movilización pacifista en favor de la II República Española), es activista desde su juventud, y sobre sus 66 años pesan más de cuarenta participando en movilizaciones y causas sociales (contra la guerra sucia del gobierno británico frente  al IRA, contra el apartheid en Sudáfrica –hecho por el que estuvo incluso en la cárcel-, contra la guerra de Vietnam, contra la Guerra en Afganistán, Siria e Iraq, a favor del sindicalismo, por la defensa de los derechos humanos…) Ha combinado su presencia en movimientos sociales con la institucional desde que a principios de los 80 ganara un escaño como diputado a la Cámara de los Comunes por la circunscripción londinense de Islington North, escaño que ha mantenido elección tras elección durante más de 30 años. No ha sido un impedimento para él esta doble militancia, en las instituciones democráticas representativas y al pie del cañón de la acción colectiva desde abajo. De hecho, han sido numerosas las ocasiones en las que, ante la diatriba de elegir entre la línea oficial del partido o aquello que le dictaba su conciencia de activista, ha elegido lo segundo.

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Socialistas, radicales y separatistas

La derecha española en bloque anda estos días pregonando, desde todos los púlpitos posibles, el sermón del miedo a una conjunción de gobierno compuesta por socialistas, radicales y separatistas. Cuentan para esta labor pastoral con el apoyo inestimable de sectores muy relevantes de la esclerótica progresía del bipartidismo, con el diario El País y sus embaucadoras editoriales a la cabeza, además de importantes y poderosas figuras del Partido Socialista.

La más lozana angustia de estos sectores es por lo tanto un pacto a la portuguesa para configurar gobierno. Ahora resulta que Portugal existe, y es ese lugar donde socialistas, comunistas y la versión lusa de los podemitas han logrado forjar un gobierno contra todo pronóstico.

En medio de esta vorágine de declaraciones en torno al Advenimiento de la Gran Catástrofe si se consuma esa temida coalición, nos encontramos con la renuncia de Rajoy a presentarse a la investidura como presidente. La intención parece clara: no someterse a la ignominia pública de un Congreso votando en contra, pasar la pelota a Pedro Sánchez y no darle ni un minuto de tiempo para fraguar pactos, además de continuar azuzando a esa jauría de líderes socialistas llamada barones territoriales, la mayoría de los cuales, comandados por Susana Díaz, parecen más interesados en la caída de su Secretario General que en la formación de un gobierno de izquierdas orientado al desmantelamiento de las políticas de dieta anoréxica que se vienen aplicando a nuestro ya de por sí desnutrido sistema de bienestar social.

Hay otras lecturas que podrían explicar por qué el presidente optó por no presentarse. Pedro J. Ramírez insinúa desde las páginas de su diario on line El Español que Rajoy conocía de antemano la redada que se preparaba contra los dirigentes del PP valenciano y que es esta circunstancia la que le movió a no arriesgarse a una investidura que se preveía durísima con este nuevo escándalo de corrupción en marcha. La hipótesis es desde luego verosímil, y dice mucho de la separación de poderes en nuestro país.

En este contexto, los más avezados arúspices del conservadurismo español han puesto ya en marcha sus excelsas aptitudes para el vaticinio, leyendo en las entrañas del sacrificado animal del bipartidismo aquello que puede depararnos el futuro. Pongamos unos ilustrativos ejemplos:

Primer apunte: Edurne Iriarte. Politóloga y periodista, Catedrática de Ciencia Política, tertuliana, asidua en la COPE y en ese infumable crisol de nostálgicos del franquismo que supone el programa El Gato al Agua. Esta antigua militante socialista, pasada a la derecha sin muchos miramientos, y probablemente radicalizada en su conservadurismo por culpa de un deleznable intento de asesinato por parte de ETA, en su columna habitual en ABC, juega a rizar el rizo al comparar a Donald Trump y a Pedro Sánchez. La carambola la consigue a través de este argumento: Trump ha caído en el populismo y la extrema derecha y el PSOE de Sánchez en el populismo y la extrema izquierda. Su breve artículo se titula La Hora de una Conjura Socialista, y se trata ni más ni menos, que de una petición abierta al PSOE de conjurarse contra Pedro Sánchez, desbancarlo, evitar que consuma el pacto que romperá a España. La oreja derecha de Susana Díaz está que arde.

Segundo apunte: Francisco Marhuenda. El más ubicuo y pertinaz de los almuédanos oficiosos del gobierno, en el videoblog de su periódico, La Razón, advertía sin ninguna clase de rodeos que se avecina la posibilidad del “comienzo del fin de España” (sic). La propuesta de Podemos de crear un grupo parlamentario confederal es para Marhuenda el Apocalipsis mismo, pero sin parusía.

En opinión de este portento del periodismo, uno de los responsables, con permiso de Eduardo Inda, de haber elevado a esta digna profesión a sus más altas cotas de decadencia, servilismo y falta absoluta de ética profesional, la propuesta de Pablo Iglesias debe alumbrarnos a todos acerca de cuál es el proyecto para España de los 69 piojosos: destruirla. Según Marhuenda, “el proyecto de Pablo Iglesias dejaría a nuestro país vacío de contenido en sus organismos estatales”. Tras pintar al diablo de morado, con cuernos, rabo y coleta, devorando la piel de toro con saña, nos advierte del gran peligro: un pacto de Podemos con el PSOE y la aquiescencia del PNV. La sutileza de Marhuenda, la finura de sus análisis, la calidad y profesionalidad de este gran estadista, es un gran regalo para toda España. Gracias, Marhuenda, por develarnos la verdad que se oculta tras los oscuros designios del Satán irano-venezolano. Vas a pasar a los libros de Historia.

En la misma onda van las declaraciones recientes de Aznar en el Diario Las Américas, un periódico nacido en Miami a principios de los 50, infectado hasta la médula de fundamentalismo neoliberal y caracterizado por su apoyo incondicional a los sectores más recalcitrantes de la derecha norteamericana.

Aznar, vestido de un blanco impoluto que le mimetiza simbólicamente con el escenario de un medio de comunicación con el que comulga genéticamente, después de soltar que Ecuador y Bolivia son dictaduras, así, a lo loco, demostrando una vez más que el análisis concienzudo, el rigor y la honestidad intelectual no están entre las virtudes de este autoconsiderado campeón de la democracia, nos dice:

“Podemos es una amenaza para nuestro sistema democrático y nuestras libertades. Esas personas no creen en un sistema democrático y quieren subvertirlo; no creen en el Estado de derecho; no creen en la independencia judicial; no creen en un sistema democrático libre ni en la economía de mercado, ni en las libertades de las personas y, de ahí su carácter chavista-comunista. Podemos es un riesgo político y, si tiene alguna posibilidad de llegar al Gobierno, mucho más todavía”.

Esto lo dice el Presidente de Honor de un partido que desde el gobierno se ha dedicado, sistemáticamente, a erosionar la calidad democrática de nuestras instituciones de gobierno. Un partido que interfiere en la justicia a todos los niveles, desde la colocación de jueces afines en los puestos de la más alta responsabilidad, hasta concertando reuniones entre un Ministro de Interior y un imputado por corrupción de alta alcurnia; que articula todo tipo de artimañas legales para impedir el desarrollo de investigaciones policiales y judiciales que afectan al Partido Popular; que destruye discos duros a martillazos para ocultar información, que cambia leyes a su antojo, por decreto presidencial o haciendo uso de su mayoría parlamentaria, para entorpecer procesos judiciales. Lo dice el máximo referente de un partido que ha extendido las redes de la corrupción al nivel de metástasis por todo nuestro sistema institucional; que tiene a todos sus tesoreros acusados por delitos de corrupción, que ha malversado caudales públicos a mansalva, a manos llenas y a plena luz del día, de manera tan impune y naturalizada que algunos hasta se olvidaron de mantener un mínimo prurito de precaución. Un partido que ha mantenido entre sus huestes a sinvergüenzas que roban dinero público “porque no es de nadie” de todos los espacios imaginables: desde la visita del Papa a Valencia a los fondos destinados a la Ayuda del Desarrollo (el dinero a “negrolandia” según uno de los imputados). Un partido, en fin, que ha reducido los derechos laborales, de asociación y reunión, que ha colocado la desigualdad y la pobreza de España (si, si, la igualdad y la redistribución de la riqueza también tienen algo que ver con la democracia) en los más altos rankings del panorama europeo… En fin, paro de contar, que todo es de sobras conocido, y ya sólo lo niegan aquellos que desean continuar abusando de los privilegios que les reporta la ignorancia ajena.

En resumen, Aznar tiene desde luego toda la legitimidad del mundo para decir estas cosas que dice en el Diario de las Américas, pues de amenazas al sistema democrático sabe lo suyo. Eso es lo que pasa cuando se confunde libertad de mercado con sistema democrático. Desde luego la democracia contiene en su seno la posibilidad del libre mercado, pero lo excede, y con creces. Precisamente la democracia se construyó en tensión con las pretensiones omniabarcadoras de los defensores y beneficiarios a ultranza del libre-mercado, al que ya sabemos hay que imponerle límites y controles para que no nos lleve de cabeza hacia el abismo. Dos guerras mundiales debieran ya habernos aleccionado sobre esta cuestión.

Parece que en España los expresidentes suelen desarrollar una extraña tendencia a la fascinación por la opinión propia. Se tienen a sí mismos en tan alta consideración que se sienten obligados a expresar su sabiduría de grandes hombres de Estado en momentos críticos, para ilustrarnos a todos, desde su atalaya divina, con la voz de la experiencia. De paso suelen recordarnos lo importantes que han sido para la historia del Universo. Primero fue el big bang, y luego vinieron ellos.

Como Aznar, Felipe González está aquejado de este cegador autodeslumbramiento, y, en estos días de incertidumbre política, no ha podido contenerse. Desde las páginas de El País Felipe viene a aconsejarnos básicamente lo mismo que Aznar. Hay una diferencia, claro está, y es que Aznar nunca le llegó, en términos políticos, a la suela de los zapatos a González, y de ahí que este último sea capaz de análisis políticos de mayor profundidad. El buque insignia del socialismo español llama la atención sobre algunas cuestiones que el bipartidismo tiene que afrontar indiscutiblemente si quiere seguir pintando algo en el panorama político y contener eficazmente la oleada de cambio que se les viene encima: reforma constitucional, de la ley electoral, regeneración del sistema contra la corrupción. Luego está el mensaje básico de baja estofa: Podemos es Leninismo 3.0, y su proyecto, “desde posiciones parecidas a las que han practicado en Venezuela sus aliados” es “liquidar, no reformar, el marco democrático de convivencia”. Como pueden observar, exactamente el mismo discurso del miedo.

En todo caso, a mi todo esto de las 7 plagas de Egipto y el anuncio de La Madre de Todas las Catástrofes me suena a lo de siempre: pamplinas, que sólo se creen los más fanáticos de entre los que las vocean.

Tras el ruido, se esconde la advertencia de que nos preparemos, que llega de nuevo la crispación que la derecha pone en juego cada vez que no están satisfechos con los resultados que arroja el juego democrático.

Bajo el anuncio de la hecatombe, parece esconderse además el hecho de la inevitabilidad de unas nuevas elecciones ante la imposibilidad de establecer un pacto estable de gobierno. Todo esto es para poder culpar a unos u a otros de la convocatoria de nuevas elecciones. Unas elecciones que pueden favorecer al PP en detrimento de Ciudadanos y a Podemos en perjuicio del PSOE. Tras el mensaje del cataclismo lo que parece estar en juego es el pavor que les produce no estar en una posición de mayor fuerza para acometer la tarea inevitable de un gobierno que tendrá que lidiar con un proyecto de reformas en el que muchas de las líneas rojas que hoy se siguen trazando (la cuestión territorial por ejemplo) van a tener que saltar por los aires.

El fin de la civilización occidental y la ruptura de España: la catástrofe que el pensamiento conservador español lleva anunciando desde hace al menos 200 años. Si siguen así otros 1000 años, y dado que nada es eterno, puede que finalmente acierten. Pero por lo pronto, lo único que parece divisarse en el horizonte es la quiebra de su modelo de España. Un modelo que ellos forjaron, del que se han beneficiado a espuertas y que ellos mismos se han encargado de colapsar. Y ya era hora.

El Tiempo de Rajoy

Mariano Rajoy no da más de sí. Su última neurona expiró por extenuación tras mandar la orden de pronunciar la palabra “ruiz” en el debate previo a las elecciones con Pedro Sánchez. Ahí cortocircuitó definitivamente su capacidad de percibir la realidad y empatizar con el entorno, si es que alguna vez la tuvo.

El movimiento táctico de los últimos días (me refiero a su no presentación a la investidura), contiene sin duda mucho de astucia política, a pesar del colapso de su sistema neuronal. Sin embargo, sólo es un acto reflejo, el sistema de autodefensa del funcionario anodino y gris cargado de inquina y mala leche, que cree sinceramente (porque es lo único que saber hacer) que la política es mera administración y gestión de recursos, cosa de “expertos” y “técnicos”. Que no venga nadie a enmendarle la plana porque la lía parda con el papeleo. Esta idea la llevaba barajando semanas, pero no se ha atrevido a dar el paso, como él mismo ha reconocido, hasta que Pablo Iglesias ha lanzado el órdago del posible pacto con el PSOE.

Rajoy conoce cómo funciona el sistema; de lo único que sabe es de procedimientos. No se presentará a la investidura porque se niega a pasar el trago de una visible derrota, pública y televisada, y prefiere pasarle la pelota al PSOE, pretendiendo de paso tumbar a Sánchez a través de la presión del tiempo y de la puñalada por la espalda que espera le aseste Susana Díaz. Desde luego los cuchillos los tiene, y afilados, pero últimamente pareciera que espera mejor momento. El instinto político de la Cacique del Sur es sútil y contiene ciertas dosis de refinamiento. Veremos si cae en la trampa.

El más húmedo sueño de Rajoy es una Gran Coalición, con un PSOE sin Sánchez y Ciudadanos como mascota solícita, para traerle las zapatillas y El Marca. Su sueño, nuestra pesadilla, es compartido por la Troika. Y eso son palabras mayores, porque éstos sí que saben convertir ideología en realidades. Las señales que mandan son evidentes. De hecho, nos están advirtiendo cada vez más abiertamente que del insecticida que le rociaron al tábano griego le quedan toneladas, que no se nos ocurra pensar en nociones anticuadas como eso de la “soberanía popular”. Y que pasemos otra vez por caja, que van a cobrarnos un poco más en recortes. El Sur es el Sur y el Norte es el Norte, cada uno en su sitio, y sin rechistar, que los menores de edad ni opinan ni tienen derecho a ello. Así nos ven, así nos venden, y así nos tratan. Con un insondable desprecio.

Por otra parte, nuestro sagaz presidente, que sabe mejor que nadie que España está llena de españoles (y mucho) siempre jugó magistralmente con los tiempos. Esto hay que reconocérselo. Sabe mantener la compostura en la parálisis mientras los demás sudan como cochinos en el matadero. De hecho, Rajoy no suda, se extirpó las glándulas dedicadas a eso el día que se comió el marrón del Prestige.

Pero su estrategia, consistente en dejar pasar las horas, no comparecer, interponer a otros entre su figura y el conflicto, aparentar que no se entera de nada, balbucear simplezas y recurrir a frases tan sólidas intelectualmente como “es que esto es de sentido común” o “lo que Dios manda”, ya no puede reportarle los réditos a los que estaba acostumbrado. La política en España está cambiado, se está produciendo una mutación simbólica en la cultura política, y en ella los tiempos se han acelerado. Rajoy no parece comprender que esto ocurrió en el preciso instante en el que el gobierno decidió quemar los barcos de su legitimidad social.

A esos barcos el PP les metió fuego al continuar con paso firme, asfaltándola de paso, por la senda que abrió Zapatero cuando le dijo a Merkel que en España se hacía lo que dijera el Bundestag. Con esto han provocado una ruptura radical del consenso en el que se sustentaba el pacto entre la socialdemocracia y el conservadurismo español. Bipartidismo, corrupción y enajenación de la soberanía y participación popular, pero algo (bastante en comparación con la pasada y trágica historia de España) de bienestar social. Tras la crisis, nos quedamos con todo lo primero, pero nos quitaron lo último. Y ahí PP y PSOE, que hace tiempo abandonaron cualquier indicio de entender qué significa pensar políticamente, comenzaron a sembrar la mala yerba que alimentó a los 69 odiosos que ahora inundan el Parlamento, con sus rastas y sus piojos, sus camisetas reivindicativas y sus alpargatas. Y el respaldo de más de 5 millones de ciudadanos.

Imagino que Celia Villalobos, que de tonta no tiene un pelo pero de demagoga los tiene todos, al volver todos los días del trabajo y acudir presta a ducharse para eliminar de su cuerpo la infecta peste a plebe, llegará a la conclusión a la que ha llegado toda España: se pasaron exprimiendo la gallina.

El juego de Rajoy no da más de sí. La detención de 24 dirigentes del PP valenciano, acusados en una trama de corrupción que operó hasta las elecciones autonómicas del año pasado, y que ya ha supuesto el desmantelamiento de toda la cúpula del PP de esa comunidad autónoma y la puesta en marcha de una gestora, le pone difícil hasta su idilio natural con Albert Rivera. Éste, tras el desinfle de sus expectativas en las elecciones del 20-D, espera su turno para coger de nuevo oxígeno. El astuto líder de Ciudadanos no quiere repetición de elecciones, ahora que cada vez más españoles perciben que su partido es la misma hez de siempre con mucho papel celofán envolviendo, y pretende para evitarlo jugar el rol del hombre de Estado que busca un acuerdo por el bien de España. A ver como lidia este salvapatrias moderno con la respuesta de Rajoy a los nuevos casos de corrupción, que demuestran que en las oquedades interiores del cráneo del presidente no quedan ya ni telarañas. A una pregunta al respecto en el programa de Ana Rosa, esa gran politóloga de sobremesa, sobre la posible imputación de Rita Barberá y Camps, los grandes capos valencianos, vuelve a repetir la misma burda e ineficaz excusa de siempre: mientras no se demuestre lo contrario, son inocentes. Se demostrará Rajoy, y te quedarás sin tiempo.

Santuario violado

Mientras millones de españoles, al ver entrar en el Congreso a los 69 diputados de Podemos, veíamos a más gente joven y a más mujeres, entre ellas, por primera vez en un Parlamento español, a una mujer negra y a una mujer árabe; mientras muchos veíamos a una madre con su hijo, a un rastas, un coletas, profesores, estudiantes, currelas, o sea, la España viva, la del presente y el futuro, la España que ya no es posfranquista y tiene la firme voluntad de lograr que las instituciones reflejen con mayor dignidad y fidelidad a la sociedad a la que dicen representar; mientras millones, insisto, veíamos eso, los diputados de PP y PSOE sólo veían a 69 odiosos. Siguen sin enterarse de qué va la Historia.

Piojosos, sucios, inexpertos, radicales irrespetuosos que vienen a violar su santuario. Los desaharrapados, los de la alpargata, las sandalias y las camisetas con lemas reivindicativos, los que protestan en las calles, los que no se conforman, los que sueñan con romper los lazos de esta asfixiante servidumbre de lo pospolítico, se han atrevido a poner sus sucios pies en su casa. Que Celia Villalobos haga chistes sobre la higiene no es insólito, extraño o excepcional, es simplemente la expresión de un paradigma.

Celia Villalobos es la representación más fidedigna y descarnada de lo que realmente piensan los que ya no tienen nada que decir, salvo exabruptos, porque de tanto falsear la realidad, de tanto mentir mientras se llenaban los bolsillos, ellos o los suyos, de tanto insultar a la ciudadanía en toda la cara, sin tapujos ni medias tintas, ya no les creen ni sus más fanáticos adeptos, muchos de los cuales se están pasando en masa a Ciudadanos, el partido cuya máxima pretensión no es otra que aglutinar a toda la caterva de impostores necesitados de nuevas ilusiones para seguir incurriendo en las mismas mendacidades.

Villalobos es un auténtico icono, la vívida y absolutamente transparente imagen de aquellos que ya sólo se ocupan de mantenerse firme en su posición, aferrándose a ella con las uñas, los dientes y los párpados, si es posible. Lo que a Villalobos y a su gente les molesta es el olor a plebe. Es decir, a soberanía popular. Lo que les molesta a todos ellos es que el Congreso apeste a Democracia.

Este es el pavor al cambio, el desprecio a lo plebeyo, que viene afectando a las élites dirigentes desde al menos el siglo XIX. Es la idea de la existencia de una dicotomía radical entre orden y caos; la creencia, firmemente asentada en las élites españolas, y transmitida durante generaciones a la ciudadanía, a través del control que ejercen sobre los dispositivos de creación y difusión de cultura, de que la sociedad es algo frágil, refractaria al cambio, necesitada de control y dirigencia, es decir; del control y la dirigencia que sólo ellos saben ejercer.

La actitud de los diputados del PP, vociferando, berreando y profiriendo improperios, cortando el sonido del micrófono para que no se oyeran las declaraciones de los diputados de Podemos mientras juraban su cargo y la Constitución, ha sido un vano intento por evitar que el Congreso se convirtiera en espacio de representación simbólico-política, precisamente una de las funciones básicas para el cual fue concebido el sistema de representación parlamentaria. Precisamente la función que estaba siendo relegada a la más absoluta e insípida intrascendencia.

Esa actitud de los parlamentarios del PP demuestra al menos tres cosas:

Por un lado, la falta de respeto por los más de 5 millones de votantes de Podemos. Es decir, la falta de respeto que sienten por España. Por su pluralidad, por las transformaciones que se han vivido en su seno. Por su futuro.

En segundo lugar es la maravillosa constatación de un hecho irreductible: tienen miedo. Por primera vez en su vida están sintiendo la zozobra de la incertidumbre. Ya era hora. Hoy publicaba Intermón Oxfam que sólo un 1% de la población española amasa en sus manos más riqueza que 35 millones de españoles, y que el desvío de inversión española a paraísos fiscales se ha incrementado un 2000% (si, si, dos mil por ciento) en 2014. Copio y pego del informe:

En 2015, mientras el patrimonio de las 20 personas más ricas del país se incrementó un 15%, la riqueza del 99% restante de la población cayó un 15%. Los presidentes de las empresas del IBEX35 cobran ya 158 veces más que el salario de un trabajador medio. El incremento de la desigualdad en nuestro país se debe principalmente a la combinación de una enorme brecha salarial con una un sistema fiscal regresivo que grava poco a los que más tienen”.

Creo que no cuesta mucho trabajo intuir a quienes votan esas 20 personas que se lo llevan crudito cuando el resto peor lo pasa. Creo que no hace falta mucha inteligencia para comprender por qué el IBEX35 suspira y saliva con Ciudadanos. Creo que no es difícil percibir que es lo que realmente apesta a podrido en el Parlamento, quienes son esas personas concretas, con nombres y apellidos, que han permitido, desde el apoltronamiento en su sillón del Congreso, que se produzca esa enorme brecha salarial combinado con ese sistema fiscal regresivo que está enriqueciendo a los pocos y perjudicando a los muchos. La desigualdad es su negocio. Y la entrada de los sucios piojosos plebeyos de Podemos puede ser el final de su chiringuito. Por eso ladran.

En tercer lugar, la actitud de los diputados del PP es una demostración de que saben quiénes son y el lugar que ocupan. Saben cómo usar el espacio político para enfangar, se saben todas las artimañas, los golpes bajos, las técnicas de guerra encubierta. No van a ceder terreno fácilmente. Y nos están avisando. Tenemos las espadas, los escudos y las armaduras. Toda la panoplia, y lo vamos a usar todo contra los intrusos que vienen a joder la fiesta. La Troika va soltando sus pildoritas en dosis cada vez más copiosas, al estilo de: “oye, españoles, que no queremos meternos, pero esto de la incertidumbre del gobierno, me lo arreglas ya o te vas a enterar de lo que es una “recuperación económica” sin el apoyo del Banco Central Europeo”. Perdonen la expresión, pero esto es pasarse por el forro el respeto a la soberanía nacional y popular, lo votado por los españoles el 20 de diciembre y las mínimas reglas y procedimientos del funcionamiento interno de nuestras instituciones democráticas. No tienen pudor, ya lo hicieron al rociarle toneladas de insecticida al tábano en la oreja, la Grecia de Tsipras. Ahora nos toca a nosotros. Pues que se anden con cuidado, porque ahora tenemos a 69 piojosos apestando a plebe en el Parlamento (71 contando al digno Alberto Garzón y a Sol Sánchez), y os están señalando con su dedo sucio. Vosotros, traidores, sois los puñeteros responsables. No están violando vuestro santuario, esa es nuestra casa, la de todos, y sois vosotros los que la estáis mancillando.

La mañana después del 20-D

1.- Tras el 20 D comienza una nueva etapa. La irrupción de los nuevos partidos emergentes en el Parlamento español significará la decisiva carta de defunción del bipartidismo, el hachazo definitivo en el cerebro a ese walking dead que lleva vegetando en nuestro sistema político desde al menos el año 2010, cuando las decisiones económicas tomadas por Zapatero, su sometimiento descarnado a los poderes económicos financieros, mostraron abiertamente a la parte de la ciudadanía española más consciente de qué significa lo público que nuestras élites nos consideran imbéciles, desechables y sin derecho a decidir y opinar; es decir, un sujeto sin soberanía. Las siguientes políticas de austeridad del Partido Popular han ejercido un papel doblemente erosionador: de un lado, han desgastado sistemáticamente el ya de por sí debilitado sistema de bienestar del que disfrutábamos en España, y, por otro, y directamente relacionado con lo anterior, han mermado la propia legitimidad del sistema, que precisamente se fundamentaba en el pacto de la Transición, una edición tardía, por las circunstancias especiales por las que atravesó nuestro país (40 años de dictadura), de aquello que llamamos pacto de posguerra en Europa, y que consistió en una promesa de paz social y bienestar asentado en el trinomio desarrollo-democracia-Unión Europea.

2.- El fin del bipartidismo no significa el fin del PSOE y el PP. Significa el fin del modo de gobernar gestado durante el proceso de la Transición. Este proceso fue comandado por las élites reformistas del franquismo, auténticos directores de orquesta de todo el modelo, y las élites de la oposición democrática (fundamentalmente el PSOE de González y PCE de Carrillo), que se constituyeron como actor indispensable para la legitimación y el triunfo definitivo de este proyecto ideado por las élites menos recalcitrantes del régimen dictatorial. La Transición inauguró la etapa de bienestar social y extensión de derechos y libertades más importante en la historia de España. Junto a estas indudables virtudes, se inoculó en la savia de la cultura política española el virus degradador y degradante, desde un punto de vista democrático, de aquello que se llama posfranquismo. Dado que el proceso de Transición a la democracia se realizó a través de una reforma del propio régimen franquista y no de una ruptura, fueron trasladadas en bloque a las siguientes generaciones toda una serie de supuestos que han constituido hasta nuestros días el paradigma ontológico de la cultura política española. Este paradigma consistía en una concepción de la política basada en la jerarquía, el clientelismo y la corrupción, en el que dos partidos políticos, fundamentalmente, se reparten el pastel del poder, que es a su vez entendido como carta blanca para hacer y deshacer al propio antojo, en función de los propios intereses y el de los clientes. El que manda tiene licencia para machacar al adversario, concebido como enemigo, imponer su criterio sin ningún tipo de diálogo y menospreciar a la ciudadanía, que es considerada imbécil y ajena a lo público.

3.- Esta es la cultura política que los españoles heredamos del régimen de Francisco Franco. El tirano murió en la cama en 1975 pero su espíritu autoritario, antidemocrático, cuartelario y antipluralista ha estado parasitando a nuestra sociedad, galvanizándola. Ésta es una de las tesis del analista electoral Jaime Miquel, reflejadas en su magnífico libro La Perestroika de Felipe VI, opinión que suscribo y comparto. Esta decrépita sombra del posfranquismo comenzará a disolverse tras el 20 D definitivamente, porque con la muerte del bipartidismo muere también el alma que lo sustenta. Tras el 20 D por fin enterraremos al dictador que logró imponer durante 70 años (en vida y tras su muerte) una cultura política del miedo y la mansedumbre en tres generaciones de españoles. Tras el 20 D se cierra el ciclo de tragedia que quedó impresa en nuestra memoria y experiencia histórica como resultado de la Guerra Civil y la cruenta represión que vino después. Tras el 20 D, nace algo distinto al posfranquismo.

4.- Con esto no quiero decir desde luego que estos 30 años de democracia hayan sido lo mismo que la dictadura franquista. Eso sería un insulto a la inteligencia y a la realidad histórica, y una falta de respeto al sufrimiento de aquellos que sostuvieron sobre sus hombros el peso del Leviatán tiránico de Franco. Sobre lo que pretendo llamar la atención es que el tipo de herencias que el franquismo nos legó están en descomposición. En la Transición hubo un evidente componente de farsa, pero también de real transformación, asentamiento de libertades y bienestar. Pero este modelo está caduco, se fundamenta en cimientos económicos de barro y toca a su fin. Tras el 20-D podrá comenzarse a hablar en serio de algunas cuestiones que hace años tendríamos que haber atendido, y que la inercia posfranquista nos impedía discutir atendiendo a sus raíces. Ahí están cuestiones como la corrupción, la ley electoral, la reforma constitucional, el orden territorial del Estado y su plurinacionalidad, así como el tipo de clase política que tenemos. Sobre esta realidad pesarán otras que orientaran las posibilidades de cambio real. La opa hostil que las élites económicas y políticas han lanzado sobre lo público a nivel europeo es una de esas realidades. La dificultad para articular políticas sociales y económicas estatales autónomas está a su vez mermada por la enorme cesión de soberanía a una UE dominada por fuerzas conservadoras. El éxito de Ciudadanos, a nivel local, es otra de esas realidades limitantes, pues este partido ejercerá un papel de contención de los cambios, reflejo a la vez de la persistencia de un determinado tipo de conservadurismo en parte de la población española que inevitablemente hay que tener en cuenta.

5.- En el seno de lo más valioso de la experiencia política que está desenvolviéndose en España, esto es, esa población indignada que bebe de la herencia de los movimientos de resistencia popular anteriores, pero que tiene en el 15M un momento de ruptura, fundador de un nuevo tipo de cultura política, se están desatando dos fuerzas centrífugas que marcarán, con mucho, el discurrir de los acontecimientos. A falta de una definición mejor, me refiero a aquellos sectores movimentistas que, parafraseando a John Holloway, están en la idea de cambiar el mundo sin tomar el poder, y aquellos que, provenientes en gran parte de ese universo de experiencias, percepciones y conceptos, pero también generaciones que nada tienen que ver con esta historia de resistencias, han decidido apostar por el asalto a las instituciones como una estrategia para impulsar los cambios. En adición, está el problema de la confrontación de la izquierda de corte más “tradicional”, representada fundamentalmente por IU y el tipo de izquierda representada por Podemos. Y otro combate interno más, el que puede desatarse entre las distintas tendencias presentes en el partido de Iglesias. En la tensión entre todos estos polos, y en el cómo se solvente, nos jugamos una parte significativa de la partida. En mi opinión lo ideal sería poder encontrar un equilibrio, que no podrá ser más que inestable, entre las tendencias que aluden a la necesidad de reforzar la lucha desde abajo y la necesidad de estar en las instituciones para lograr cambios efectivos, directos e inmediatos, sobre las políticas públicas, además de no menospreciar los aportes de la gente de IU, especialmente si se impone en su seno la apuesta de gente tan interesante como Alberto Garzón. Ardua tarea sin duda.

6.- El sábado los españoles votaremos insertos en este contexto, que combina componentes locales, regionales y globales. Las encuestas vienen insistiendo persistentemente en dos pronósticos fundamentales: en primer lugar, ganará el PP, pero sin mayoría suficiente (sin ni siquiera la mayoría estable que proporcionarían 155 escaños; su horquilla parece estar en los 120-130). Se disputarán la segunda, tercera y cuarta posición PSOE, Ciudadanos y Podemos, en este orden, pero con posibilidad de sorpresas. En segundo lugar, será difícil conformar una mayoría estable de gobierno, augurándose en el horizonte una posible legislatura corta. Sobre este escenario de incertidumbre, como jamás hemos vivido en la España post-78, se desatará el combate por el cambio. Hay razones para mantener la ilusión.

La España que se muere

     Pedro Sánchez iba a degüello. No tenía otra alternativa y ha aprovechado la oportunidad. Las encuestas han azuzado la agresividad del candidato del PSOE, que tenía además la impagable oportunidad de ser el único de los contendientes en la campaña electoral que podrá decirle a Rajoy en un cara a cara aquello que piensan la mayoría de españoles. Sánchez ve perfectamente por el rabillo de un ojo la Espada de Damocles que pende de un hilo sobre su cabeza. Con el otro ojo ve al tiburón Susana Díaz, que no tendrá remilgos a la hora de cortar ese hilo y usarlo para afilarse los dientes tras la posible debacle del PSOE pos-20 D.

       Sánchez arrancó su minuto inicial mostrando desafiante los nudillos, denunciando la renuencia del presidente a celebrar debates con otros candidatos. Manuel Campo Vidal, el moderador, en sí mismo imagen paradigmática de la esclerótica España que se muere, corrió presto a interrumpirlo, pero la piedra estaba lanzada. Pedro Sánchez dejó ayer al muerto en vida en el que se está convirtiendo colgado del armario y se atavió con sus mejores galas: coleta, perilla y el compungido rostro del indignado. Tiene jeta para eso, y más. Lo que no tiene es credibilidad. El Gary Cooper del PSOE ha sacado a relucir personalidad al final de la campaña. Ha sido un acierto, veremos si la estratagema a la desesperada surte efecto. En todo caso el hombre tiene sus límites, y a pesar de los ataques certeros, todo sonaba a argumentario, a impostura, a desgana en la defensa en la protección de los desfavorecidos. Sánchez está ubicado en el paradigma del ayer.

       Lo de Rajoy es sorprendente. Iba al debate con la esperanza de encontrarse a un Sánchez cordial, como si fuera un pelele. No se esperaba un gato panzarriba. Una ilustrativa evidencia del tiempo que hace que el Presidente se fue con Alicia a tomar el té. Allí se quedó y de ahí no quiere volver. La cara de póquer de Mariano iba in crescendo, y los ojos parecían crecerle a la vez que el sonrojo asomaba por esas enormes orejas que hace tiempo dejaron de cumplir su función básica. Balbuceaba en los arranques de las frases al mejor Rajoy Style, marca España de la casa, y pretendía lanzar golpes sacando el ventilador de la inmundicia, sin percibir que estaba escupiendo con el viento en contra. El moderador, ausente, cada vez cabía menos en la chaqueta. Este será con seguridad el último debate que modere el veterano periodista, todo un símbolo. Miraba de lado a lado como si estuviera en un partido de tenis regido por reglas de boxeo. No entendía nada.

         Rajoy tampoco se entera de lo que está pasando. Cada vez que Sánchez le lanzaba una pulla, el posfranquismo que lleva en las entrañas emergía como un resorte, instintivamente, asomando por la comisura de los labios para anunciarnos a todos que aquí el gobierno es él, y el que manda es el que otorga, en su infinita sabiduría, la palabra, la razón y los tiempos del discurso. “Le voy a decir una cosa señor Sánchez, usted es joven y va a perder las elecciones”. Soberbia de la España que hace de su capa un sayo, que nos persigue por impregnación tras 40 años bajo la sombra del espíritu de Franco y que comenzó a disiparse por agotamiento cuando el 15M dió en la clave al señalar con el dedo a los responsables directos de nuestro sufrimiento, gritando abiertamente: que se vayan todos.

        El debate ha consistido en lanzarse improperios, el manido “y tú más”. El punto álgido llegó con la corrupción, cuando Pedro Sánchez se ha enfundado directamente la careta de Pablo Iglesias, que guardaba en el bolsillo como si fuera una bomba atómica, y le ha soltado, para nueva sopresa de Rajoy, que no es un presidente decente. Rajoy responde visiblemente nervioso, gargajeando la palabra “ruin” tan atropelladamente que le salió inicialmente un “ruiz”. Todo un espectáculo de la calidad del pelaje de la clase política que nos gobierna.

      El debate de ayer ejerció una función fundamental: sirvió de escaparate. En ese espacio blanco e impoluto franqueado por las dos figuras señeras del bipartidismo, estaba la España que se muere, la que se aferra con uñas y dientes a los asideros de la permanencia, pero que desaparecerá, inevitablemente, como consecuencia de la única certeza que nos otorga esta vida llena de incertidumbres: nada es eterno.

El Debate y lo maravilloso

      Mariano Rajoy estaba allí. Su ausencia se tornó invisible presencia, una espesa sombra que podía masticarse y saborearse, dejando en el fondo del paladar ese conocido regusto a displicencia con el que nos ha obsequiado el Presidente durante toda la legislatura. Este gesto de indiferencia y desprecio, al que por otra parte nos tienen sobradamente acostumbrados, le pasará cierta factura al Partido Popular durante la campaña. Pero acertaron con el cálculo los estrategas del PP. Es evidente que la comparecencia de Rajoy en el debate a cuatro organizado por Atresmedia les suponía más pérdidas que ganancias. Su ausencia no tiene nada que ver con la cobardía sino con la inteligencia política. Mariano Rajoy no fue al debate porque sabe perfectamente quién es, para lo que sirve y, muy especialmente, qué es lo que está en juego.

      Rajoy no es un cualquiera. Esa cultivada imagen de imbécil balbuceante que proyecta no es más que taimada estrategia. Ha medrado con perseverancia a través de todas las escalas y jerarquías del Partido Popular. Eso no lo ha conseguido sacando pecho y debatiendo. Lo ha conseguido comiéndose marrones (de los gordos, como El Prestige), cobijándose bajo el ala del que tiene más poder, mostrando su lealtad incólume al Partido y haciendo pasar por anodina su enorme ambición. Cuentan las malas lenguas que, cuando el PP perdió las elecciones en marzo de 2004, en el terrible contexto de los atentados terroristas en Madrid y de la torticera y repugnante manipulación informativa que el PP puso en marcha para convencernos de la autoría de ETA en la masacre, Rajoy acudió al despacho de Aznar y le espetó en todo el bigote: “tú y tu maldita guerra”. Rajoy no tiene un pelo de tonto. Sabe lo que se cuece.

       Lo que sabía Rajoy era que en el debate se lo iban a merendar. Iglesias porque puede, tiene las tablas y los argumentos, y Rivera, que tablas no le faltan, porque tiene una insaciable gula desde que descubrió que el banquete de Podemos era de bufé libre. De Pedro Sánchez casi mejor no hablo, porque los muertos no tienen apetito. Sánchez ya no llega ni a walking dead; el día que fue a la Moncloa a pactar sobre el terrorismo yihadista le pegaron un tiro en el cerebro. Ahora deambula por los platós del “Hormiguero” anunciando el “que vienen los rojos”, un cartucho de muy baja estofa que, de quemado, ya ni huele a pólvora. Tras el 20-D, desde Andalucía, su propio partido le lanzará el definitivo carnívoro cuchillo. Rodarán cabezas, la del guapo, la primera. Pero los problemas del PSOE no se arreglan con la fontanera Susana Díaz, que es caudillaje y soberbia felipista (que es lo mismo que decir aznarista o, en suma, posfranquista) de la de siempre, precisamente el tipo de cultura política que pareciera que ya no da más de sí en España. El PSOE es un barco que se hunde a lo PASOK. Pero el PSOE es mucho PSOE, también se las saben todas, y tienen poder, mucho poder, y redes. En el naufragio puede además quedarle aún una tabla de salvación: el profundo hastío que millones de españoles sienten por el PP. El voto útil y de castigo aún pudiera darle algunos réditos.

      En suma, Rajoy no fue al debate no porque no sepa hablar, aunque a veces lo parezca, sino porque no tiene nada que decir. Las cartas están echadas y Mariano sólo va a jugársela en terreno ventajoso, donde tenga algo que ganar o muy poco que perder. Por eso si va a debatir con Pedro Sánchez, que cada vez pinta menos.

     Para Rajoy, España son los suyos: el Partido, sus militantes y sus votantes. Eso es lo que le importa. Su estrategia es conservar. Conservar su 27-30% de intención de voto. Sus miras están en los 7 millones y pico de votos, y los 120 escaños. Está contento con eso, y, con la que está cayendo, sabe que es para darse con un canto en los dientes. El presidente sabe que la España que le apoya es la vieja España, la que teme el cambio, la posfranquista, la educada en confiar en los líderes autoritarios del ordeno y mando, aquella donde el clientelismo y la corrupción son la norma. La suya es la España que se muere, pero que todavía tiene larga esperanza de vida. La que constituye, generacionalmente, la mayoría de la población. De ahí no se va a mover, porque es su terreno firme. Lo demás, para él, son zarandajas. Rajoy acertó al no ir al debate.

        Por lo demás, aparte de mencionar el ninguneo a Alberto Garzón, imperdonable, el debate no tuvo mucha enjundia en contenido. Con ello no quiero decir que no tuviera importancia. 9,5 millones de personas vieron el programa, y eso es para alegrarse, porque nos habla de la España a la que se le despertó el gusanillo por la política.

      Escuchamos los discursos que llevan un año repitiéndose. Cada uno dijo lo suyo, y salvo alguna que otra curiosa pulla, no había mucho que rascar. Fue interesante ver a Rivera nervioso, mirando, significativamente, a derecha e izquierda, decidiendo en cada ocasión en que plato meter la mano. Tres meses más de campaña y su impostura le pasaría mucha más factura.

      Fue revelador también observar la sonrisa torcida de Soraya. El pago por pasar el mal trago será inmenso. Puede ser la próxima candidata del PP. Pablo Iglesias estuvo fino, salvo alguna que otra metedura de pata. Dejar Bruselas le ha venido como anillo al dedo; ahora está en buena forma y podría arañar algunos votos; y me alegro, porque más Podemos en el Parlamento, es más y mejor democracia para España.

    Hace poco tiempo un debate de este calibre sería impensable. Es emocionante observar cómo tantas cosas han pasado en tan poco tiempo en nuestro país. Y todo es gracias, en gran parte, a la persistente insistencia de la población resistente, la que protesta y no se conforma. Desde la resistencia antifranquista a la Transición, desde las manifestaciones en contra de la OTAN hasta la Campaña 0,7 % y sus en cierta forma herederas, La Red Ciudadana por la Abolición de la Deuda Externa y la Campaña Pobreza Cero; desde las movilizaciones en solidaridad con Palestina a las campañas de solidaridad con Yugoslavia; gracias a los pacifistas, a los ecologistas y al feminismo, gracias a las manifestaciones de repulsa contra el terrorismo, gracias a los voluntarios por el desastre del Prestige, a las maravillosas y masivas manifestaciones contra la invasión de Iraq en 2003, gracias a las Plataformas Anti-Desahucios , al 15M, el auténtico percutor, condensador y generador de rupturas; gracias a las mareas ciudadanas… Gracias, en definitiva, a la acción colectiva y, lamentablemente, a las desastrosas consecuencias sociales de unas políticas de austeridad que han horadado la legitimidad de las élites que nos han gobernado hasta ahora, España, tras el 20-D, será otra cosa. No la panacea, pero si un soplo de aire fresco. Y eso es maravilloso.

Votar el 20 D

1.- El derecho al voto no es un regalo, es una conquista. Es producto de la resistencia y el combate. Como todos los derechos, es un producto de la historia. Un producto derivado de la lucha social que logró arrancar a las élites dirigentes la imposición de controles al poder arbitrario del Estado. Los derechos existen porque sectores importantes de la población se organizaron y enfrentaron durante siglos al poder omnímodo de los que mandaban de toda la vida. La acción colectiva tuvo por lo tanto que ver en la transformación del Estado en un sentido democrático (no fue el único factor pero sí uno relevante) y, en ese sentido, la democracia, tal y como la conocemos hoy en día, es en sí misma una conquista social, posible más a pesar del capitalismo que gracias a una supuesta tendencia inherente en el sistema a caminar por esta vereda, como muchos quieren hacernos pensar. Los derechos son por ello resultado de una contingencia histórica y no hay nada que nos garantice su permanencia en el tiempo. No hay nada inmanente en la humanidad que nos lleve a postular la existencia de un proceso de desarrollo ininterrumpido y creciente de la libertad y el bienestar social como resultado de una especie de “ley” del progreso. Hay que mantener una labor activa y vigilante para impedir retrocesos. Hoy en España estamos en una evidente situación de degeneración del bienestar y de reflujo de los derechos sociales y cívicos. Hoy, el voto puede servir para defender nuestros derechos expulsando del poder, o limitándolo, a quien se ha encargado sistemáticamente de mermarlos.

2.- Voy a decirlo muy claro: dado que el PSOE es parte del problema, que Ciudadanos es el recambio de la derecha que nos ha llevado a esta situación en los últimos cuatro años y que Izquierda Unida, a pesar de su impecable candidato y sus muy honorables bases sociales, no logra renovarse ni tocar la fibra sensible que late en el pulso de la parte de la sociedad española más indignada y hastiada con la situación, la opción de voto que defiendo es la de Podemos.

3.- Las elecciones las ganará el PP, pero perderá muchísimo poder. Puede que Rajoy no gobierne, si necesita el apoyo de Ciudadanos, que pueden presionar para que otro tome el testigo, por eso de guardar las formas. Últimamente suena el nombre de Soraya Sáenz de Santamaría. Esta mujer, desde luego capaz e inteligente, es el paradigma de esas grandes rémoras que la política española produce en cada generación. Todo en ella huele a ambición, burocracia y ansia de poder. Es una de esas personas que podrían estar en el PSOE, pero se apuntó al caballo ganador. Lo mismo le da ocho que ochenta. Lo suyo es regir. Soraya es tecnocracia. Con la perseverancia, el cinismo y la obstinación del que se ha dedicado años a aislarse de su propia vida para poder decidir sobre la de los demás, Soraya lo mismo llora por los desahuciados que se emociona con los refugiados o baila con desparpajo en un infumable programa de variedades. Soraya se almuerza a sus contrincantes en los debates parlamentarios y se merienda al que le hace sombra en su partido. Soraya es poder. Gobierne ella o Rajoy, en todo caso, puede ser una legislatura corta. Es período de incertidumbre; la democracia construida en el 78 se erigió pensando en el bipartito. Tocan nuevas fórmulas.

4.- Ciudadanos va a arrasar. Puede superan los 60 diputados. Esos eran los números de Podemos hasta que el statu quo se puso firme y aplastó a Grecia, el tábano en la oreja, para castigar y advertir a la indignación en España. La presencia de los de Rivera en el parlamento ejercerá un lamentable papel de contención de los cambios, que son inevitables, y que ahora serán más templados. Albert Rivera representa a la nueva derecha sin complejos, sin resabios posfranquistas, que reclama su sitio. Neoliberalismo sin tapujos, eficiencia de libre empresa y el cuento del alfajor de siempre con nuevo envoltorio. Ellos son el nuevo adversario del futuro para los que ansiamos un país más justo, menos desigual, con más protección de los desfavorecidos. Algunas cábalas apuntan a que puede superar al PSOE e incluso gobernar con su apoyo. No lo veo claro, pero de ser así, le veremos las orejas al lobo.

5.- El PSOE huele a chamusquina, con Pedro Sánchez a las puertas del Averno tras el 20-D. Susana Díaz se prepara para el asalto, con su falsa sonrisa sardónica y su prepotencia felipista, otro bicho político de tomo y lomo, que es vieja guardia pero en Andalucía todavía mantiene firmes sus posiciones frente a lo nuevo. El PSOE andaluz jugará un papel profundamente distorsionador en el debate territorial que vendrá. El “café para todosdebiera tocar a su fin, pero Susana pedirá, que ya lo ha hecho, más café y mejor para todos (sic), que es lo mismo que pedir que nada cambie, y que sigamos con el problema en los hombros. Otra vez la peineta pa Andalucía, que diría Carlos Cano. Sevillanas y folklor, y caña al catalán que sólo quiere la pela. Demagogia en estado puro, en nombre de mi amada, siempre sufriente y manipulada Andalucía, que se siente discriminada por ser el Sur, con razón, pero sin percibir que hay otro Sur en España, y está en el Noroeste. Allí el PSOE, porque no puede, no atenaza las entrañas revolviendo estereotipos.

6.- Podemos llegará mermado al Parlamento, pero llegará. Y esto es una buena noticia, se mire por donde se mire. Representan de lo mejor que hay en la política española en este momento. Ahí hay honestidad, indignación en estado puro, de izquierdas aunque su estrategia lo niegue, y sin las mochilas cargadas de las piedras de las esencias. Hay voluntad de poder y de cambio. Mientras no demuestren lo contrario, no sólo es lo más digno que hoy se puede votar, sino que es lo más cercano a una posible renovación y refundación democrática que tenemos al alcance. Un Podemos hacía falta en España, y ya ha llegado. Tras el 20-D veremos si se cumplen las expectativas.

7.- Y vuelvo al principio. El derecho al voto. El derecho al voto es un valor en sí mismo, porque es resultado de una conquista, y porque marca ciertos límites a nuestros dirigentes. Eso no quiere decir que ejercer el derecho al voto sea una obligación absoluta, que haya que votar siempre, en cualquier circunstancia. La abstención es también una opción, especialmente en períodos en los que las opciones en liza apenas nos ofrecen nada. Creo que no me equivoco si afirmo que mi generación, y las que vinieron después, jamás se habían enfrentado al voto con tanta ilusión como ahora. Esto es un mérito a sumar en las alforjas de Podemos. Lamentablemente Ciudadanos ha metido la mano en el saco y se va a llevar su premio. Aun así, este es un momento clave en la historia de España, un período bisagra. Que estará en los libros de Historia. Lo digo por tercera vez, por si no había quedado claro: hay que votar a Podemos el 20-D. A partir del 21, estaremos para vigilar que no conviertan nuestro voto en un cheque en blanco y para que hagan honor a la ilusión que han sabido generar.

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