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Populismos

Nueva Ficha: Más Madrid

La nueva polémica en Podemos estalla en torno al 17 de enero, cuando El País publica un artículo en el que revela la firma del compromiso entre Carmena e Íñigo[1] para extender la experiencia de Más Madrid a las elecciones de la Comunidad. Es difícil, sin conocer las cuitas internas de Podemos por no pertenecer al partido, conocer con exactitud cuáles han sido todos los elementos en juego. Pero se están publicando cosas que dan información interesante. Esto es un intento de aclarar ideas, para entender que está pasando y sobre todo, qué nos estamos jugando todos los que deseamos un mejor futuro para nuestro país.

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Lo que se juega en Andalucía

1El día 2 de diciembre se celebran elecciones anticipadas en Andalucía, la Comunidad Autónoma más poblada de España (más de 8,3 millones según el INE)[1], por delante de Cataluña (7,5 millones) y Madrid (6,5 millones). En torno a 6,5 millones de andaluces podrán acudir a las urnas.

Éstas son unas elecciones de primera magnitud, por el peso específico de Andalucía en el conjunto del Estado, y porque, como observa lúcidamente el veterano jurista Javier Perez Royo[2], las elecciones andaluzas suelen marcar una pauta en el resto de Comunidades Autónomas del Estado, salvo en los particulares universos políticos de Madrid, País Vasco y Cataluña.

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Pablo Casado, Albert Rivera y el espacio Salvini

Los pobres pertenecen a una especie infrahumana. Son algo menos que humanos, son despreciables, ignorantes, feos, desagradables. Son desechables. Esto es lo que pensaba Gonzalo de Aguilera y Munro, terrateniente, oficial retirado del Ejército español, salmantino. Cuando en julio de 1936 en España un nutrido grupo de militares traidores a su  pueblo y a su patria decidieron dar el golpe de Estado que acabó en Guerra Civil, el señor Gonzalo de Aguilera, para celebrarlo, puso en fila a sus jornaleros, eligió a 6 al azar, y los fusiló. Para que aprendieran.

Los militares africanistas, bregados en una lucha sin cuartel contra los marroquíes, se habían embrutecido asesinando salvajemente a la población civil del país vecino, entonces ocupado en su franja norte por España, y lo hicieron sin remordimientos: los moros eran infrahumanos. Los obreros y campesinos españoles tenían sangre bereber y árabe, postulaban, y, por lo tanto, también eran seres inferiores. Es decir; también podían ser exterminados. Y si alguien manifestaba una opinión contraria a esto y se resistía al “Alzamiento”, el general Mola, artífice del Golpe del 36,  lo dejó bien clarito: “Hay que dar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos y sin vacilación a todos los que no piensen como nosotros”.

Lo más lamentable es que en gran parte de la intelectualidad española (como en gran parte de Europa), las teorías racistas, genetistas y biologicistas que clasificaban a los seres humanos en tipologías raciales para justificar el dominio de unos sobre otros, estaban muy en boga. Esto permitió a toda una generación de autores, grandes filósofos y literatos, que, al preguntarse sobre las causas de la decadencia de España, a la vez que descubrieran, acertadamente, que el problema estaba en las élites (las “oligarquías y el caciquismo”), llegaran a la conclusión de que España estaba demasiado “africanizada”. Europa era lo moderno y lo civilizado, y España tenía que tender a Europa. Había que huir del vecino africano, el lugar de lo “bárbaro”. Alguien tan relevante e interesante como Joaquín Costa llegó a dejar escrito que había que “contener el movimiento de retroceso y africanización que nos arrastra lejos de la órbita en que gira y se desenvuelve la civilización europea”. Europa era el remedio contra la enfermedad “África”.

Hicieron falta 50 millones de muertos y la derrota del fascismo en 1945 para la puesta en cuestión de toda una serie de ideas racistas que habían adquirido categoría de prestigio académico. Hasta hace poco nadie, salvo los muy trasnochados, se declaraban abiertamente racistas.

Es difícil subestimar por ello la relevancia que tiene que en Europa existan personajes como Salvini. Todo un Ministro del Interior en Italia, madre fundadora de la UE. Y también de Berlusconi. Y también del fascismo. En la otra orilla, también de grandes pensadores que han incidido en la lucha por la emancipación del género humano, como Lorenzo Valla, Maquiavelo o Antonio Gramsci. Italia es una suerte de laboratorio de pruebas. Produce desde los tiempos de Roma una serie de innovaciones políticas que anuncian tendencia, marcan estilo. Italia es fondo y forma. Italia es parte indispensable de la red neuronal que vertebra la historia y el pensamiento de Europa. Sin Italia no hay Europa. Hay que tomarse muy en serio lo que pase en Italia.

Europa no es el lugar de condensación de todos los males de la Tierra. Es el crisol donde se fundió la rica cultura mediterránea productora de grandes cadenas pero también de sólidos yunques y martillos para desbaratarlas. El azar colocó a Europa, península de Asia que besa a África en el Estrecho, en un lugar geográfico privilegiado de cruce de civilizaciones. No hay nada dado de una vez y para siempre. Sucedió simplemente, y los historiadores tratan de desentrañar el origen de los azares que colocaron a Europa en una posición de dominio. La tradición clásica lo supo entender: la fortuna es la emperatriz del mundo.

A partir de 1945 se convirtió en políticamente incorrecto decir lo que hoy dice el gobierno italiano: los gitanos sobran. Los negros sobran. Los desheredados de la tierra, aquellos sobre cuyos cadáveres erigimos nuestro bienestar, sobran.

No es una casualidad que precisamente cuando ese bienestar se tambalea, el cáncer Salvini aparezca. Las últimas declaraciones de Casado anuncian que la metástasis ya se ha extendido, aunque ha estado larvada durante mucho tiempo. Donald Trump, Salvini y personajes similares no son una aberración, una pústula infecta o el producto de un error en la historia: es la consecuencia lógica de años de políticas de racismo encubierto en los significantes “lucha contra las mafias”, “contra el terrorismo” o de “contención en frontera”. Son la expresión fidedigna de hacia dónde camina la humanidad cuando el simple ánimo de lucro cabalga sin bridas, dejando atrás los valores de solidaridad, fraternidad, libertad e igualdad, las auténticas raíces de la democracia moderna.

Rivera y Casado son hoy dos gladiadores que luchan en la arena pública por el espacio Salvini en España. Representan sin lugar a dudas lo peor de Europa, lo menos válido. El miedo, la insolidaridad, la conversión del derecho en privilegio. El peso de las generaciones muertas, la pulsión tanática, la autodestrucción de las redes sociales basadas en la fraternidad. Son el fin de la cosa pública y la entrada de cabeza en el infierno del sálvese quien pueda. Con ellos no hay otro futuro que el abismo.

Pablo Casado se ha colocado ya abiertamente en el espacio Salvini: el espacio del populismo de derechas. Es muy sintomático que, como Rivera, ya anuncia en cada declaración, con una negación, todo aquello que es: un populista de derechas y un nacionalista excluyente e intolerante.

Casado tiene una habilidad primordial, genuina y sinceramente extraordinaria: miente sin pestañear. No puede ser de otra manera en una persona que representa en sí mismo el paradigma de eso que se llama “emprendimiento”, entendido exactamente en los términos en los que realmente funciona: el mundo del enfrentarse con la barbilla alzada a la dignidad, a la honestidad, a la profesionalidad y a la virtud del servicio público, todo  en aras del medro y el lucro. Casado sabe qué hay que hacer para tener éxito en este mundo. Dar codazos, usar el Caos como escalera, tirar de clientelismo, desarrollar con sutileza el difícil arte de lo aparente. Casado no es un monstruo, es un símbolo: el de la banalización de la democracia. “No hay que hacer demagogia”, nos dice, mientras hace de ella la fuente de la que manan sus falacias. “No hay que ser populistas”, nos dice, mientras juega con la lógica amigo/enemigo haciendo del inmigrante el “Otro” a erradicar; el “problema es el nacionalismo”, nos canta, mientras hace del uninacionalismo españolista la bandera con la que pretende salir del bucle de decadencia electoral en el que está inserto su partido.

Salvini ya está aquí entre nosotros, desdoblado entre Rivera y Casado, emponzoñando el aire. La pregunta clave es: ¿ha venido para quedarse?

 

El combate que viene: en Europa y contra el populismo de derechas

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Según el análisis electoral realizado por el equipo de Jaime Miquel para el diario Público, la moción de censura de Pedro Sánchez que ha derribado al gobierno de Mariano Rajoy con el apoyo de todos los partidos del arco parlamentario salvo PP, Ciudadanos, UPN y Foro Asturias, ha supuesto, de momento, el hundimiento de las perspectivas de voto del Partido Popular. Buena noticia. Lo malo es quiénes van a sustituirles.

Según los cálculos de Miquel, si hoy se votara en unas elecciones generales, el PP quedaría en cuarta posición y el sector de sus votantes de ultraderecha votaría al partido VOX, que podría acceder a la conquista de dos escaños. Además, asegura Miquel, Pedro Sánchez ya no rascará más en el sector derechista del electorado español, que ha quedado aglutinado en torno a la figura de Albert Rivera.

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Catalunya y la banalización de la democracia

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La crisis política que está enfrentando al Gobierno español con el Govern catalán es la versión específicamente española de algo que está aconteciendo a nivel global: la extensión de un mundo donde cada vez más desaparecen los marcadores de certeza.

A Europa occidental, con unas sociedades acostumbradas a unos relativamente altos niveles de seguridad, bienestar y prosperidad, la disipación de las certidumbres se le está atragantando. Esta realidad está produciendo fenómenos sociológicos diversos propios de un mundo que cambia, pero no sabe hacia dónde. Y esta conciencia está siendo proyectada bajo la forma de una gran ansiedad ante un futuro sobre el que se ciernen inquietantes interrogantes.

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Los soldados a casa

La cara de Carmona durante la rueda de prensa de Susana Díaz

Jose Luis Rodríguez Zapatero ganó las elecciones generales en 2004 en el terrible contexto de los atentados del 11-M en Madrid. El Partido Popular hizo un cálculo electoral acertado y tomó una decisión terrible que marco su derrota. El cálculo era que si se sabía que el atentado tenía origen yihadista la gente haría uso de sus conocimientos básicos de aritmética, y concluiría que la bomba nos la pusieron por la participación de España en la guerra de Iraq. La decisión terrible fue que el gobierno de Aznar se atrevió, para evitar la conclusión anterior, a mentirnos de manera miserable, insultando con ello no sólo a nuestra inteligencia sino a la dignidad de nuestros muertos, asegurando que el atentado había sido provocado por ETA. El PP perdió estas elecciones no porque nos metiera en Iraq y de ahí se derivara el atentado terrorista, sino porque nos metió en la guerra de Iraq en contra de lo que pensaba toda España y cuando nos pusieron las bombas, encima, nos escupió en la cara, con sus falsedades, el desprecio enorme que sienten por la sociedad en su conjunto.

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Podemos lo ha vuelto a hacer

La puesta en escena es impresionante. En la mayoría de los medios se reproduce una foto en el que caminan juntos, con paso firme, los representantes de Unidos-Podemos, En Comú Podem y En Marea. Una imagen de fortaleza coral que transmite claramente la siguiente idea: nosotros somos colectivo, nosotros somos la calle; nosotros no somos como todos estos que nos rodean. Nosotros estamos enfrente. El mensaje está claro, es durísimo y enuncia con perspicacia y perspicuidad una realidad que todo el mundo conoce pero que casi nadie nombra en el Parlamento: España está en  “estado de emergencia democrática”.

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Lo que nos jugamos en Francia

Todos los comentaristas, más o menos especializados, que estos días vienen expresando su opinión sobre la relevancia de las elecciones en Francia, parten de la base de que éstas pueden marcar un punto de no retorno. Estoy deacuerdo con esta afirmación. Sin embargo, son discutibles algunas de las argumentaciones que se sostienen para dar plausibilidad a esta aseveración. Seguir leyendo “Lo que nos jugamos en Francia”

Por el buen sentido, tengo esperanzas en Podemos

El conformismo que, desde el principio, ha encontrado acomodo en la socialdemocracia no solo afecta a su táctica política, sino también a sus ideas económicas. Y es una causa de su posterior debacle

Estas palabras de  Walter Benjamin fueron publicadas por primera vez en 1942 por su amigo Theodor Adorno dos años después de su trágica muerte (decidió quitarse la vida en la frontera entre Francia y España, huyendo de la barbarie nazi). Releídas hoy, y forzando de manera anacrónica algo del sentido con el que fueron escritas (la socialdemocracia de la que habla Benjamin no era exactamente de la que hablamos hoy, y las circunstancias en las que fueron escritas estas palabras, entre 1939-1940, distan mucho de la actualidad que hoy nos atenaza), son en cierta medida proféticas de la situación en la que hoy nos encontramos.

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