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Catalunya y la banalización de la democracia

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La crisis política que está enfrentando al Gobierno español con el Govern catalán es la versión específicamente española de algo que está aconteciendo a nivel global: la extensión de un mundo donde cada vez más desaparecen los marcadores de certeza.

A Europa occidental, con unas sociedades acostumbradas a unos relativamente altos niveles de seguridad, bienestar y prosperidad, la disipación de las certidumbres se le está atragantando. Esta realidad está produciendo fenómenos sociológicos diversos propios de un mundo que cambia, pero no sabe hacia dónde. Y esta conciencia está siendo proyectada bajo la forma de una gran ansiedad ante un futuro sobre el que se ciernen inquietantes interrogantes.

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Moix, la caída de un anti-sistema

El ya dimitido Jefe de la Fiscalía Anticorrupción, Manuel Moix, ha caído porque en España ha resurgido con fuerza un periodismo que milita en la profesión con vocación y profesionalidad, y ha ocupado el espacio que el diario “El País” dejó vacío hace mucho tiempo. Los periodistas de infolibre.org, el diario.es, público, Ctxt y un largo etc están demostrándonos que existen sectores del llamado cuarto poder que no están supeditados ni son correa de transmisión de los otros tres, que se toman muy en serio su labor de servicio público a la sociedad, estando más que dispuestos a ejercer las dos tareas fundamentales que debe ejercer el periodismo en una sociedad democrática de masas (y de audiencias): vigilar al poder político y favorecer la existencia de una escena pública donde pueda desarrollarse la libertad de opinión, formada e informada. Elementos indispensables para que podamos tomar decisiones públicas a través de la discusión y la confrontación conflictiva de pareceres.

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7 notas sobre Mayo

1.- Mayo está que arde. El primer dato del mes se anunciaba ya en el barómetro del CIS de febrero. Casi un 40 por ciento de la población española interpretaba como insoportable el nivel de corrupción del país. En el barómetro de marzo, último disponible cuando escribo estas líneas, el porcentaje ha subido a un 44,8% y todavía los españoles no nos habíamos enterado de la “Operación Lezo”. Si combinamos este dato con el hecho de que casi 8 de cada 10 españoles opinan que el paro es el principal problema (72,2%), y más de 6 de cada 10 consideran que la situación económica del país es mala o muy mala (60,7%), siendo un 78,4% los que consideran que la situación es igual o peor que hace un año, uno no puede más que concluir que se está alimentando de nuevo el run-run de la indignación. Sobre este telón de fondo de la opinión ciudadana, la triple noticia de la imputación de Ignacio González, la caída de Aguirre y la polémica en torno a la figura del jefe de la fiscalía anti-corrupción, Manuel Moix, es pura gasolina. Seguir leyendo “7 notas sobre Mayo”

Podemos lo ha vuelto a hacer

La puesta en escena es impresionante. En la mayoría de los medios se reproduce una foto en el que caminan juntos, con paso firme, los representantes de Unidos-Podemos, En Comú Podem y En Marea. Una imagen de fortaleza coral que transmite claramente la siguiente idea: nosotros somos colectivo, nosotros somos la calle; nosotros no somos como todos estos que nos rodean. Nosotros estamos enfrente. El mensaje está claro, es durísimo y enuncia con perspicacia y perspicuidad una realidad que todo el mundo conoce pero que casi nadie nombra en el Parlamento: España está en  “estado de emergencia democrática”.

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España no es sólo eso

Esperanza Aguirre dimite. Ignacio González en el trullo. Descubrimos, otra vez, que millones del erario público han ido a parar a las arcas del PP y al bolsillo de algunos de sus más ínclitos golfos apandadores. Fiscales anticorrupción pasándose el Espíritu de las Leyes por el escroto. Un Secretario de Estado haciéndonos un Fernández Díaz, y un Ministro de Justicia marcándose un “sé fuerte”, también por SMS, al que está en el trullo: “Ojalá se acaben pronto los líos” (sic). Empresarios de la construcción y directivos de club de fútbol jugando a pasar el sobre. Compi-yoguis de la Reina, a lo grande, con nuestra pasta. Un exministro de la era Turbo-Aznar se broncea con rayos uva, también a nuestra costa. Rajoy, mientras tanto, en Brasil, de Gran Hombre de Estado, corriendo rápido, y, por supuesto, preocupado por Venezuela. Tres jóvenes promesas del PP (Maroto, Casado, Levy) muestran sin tapujos su jeta de cemento y su falta de escrúpulos tratando de justificar lo injustificable, advirtiéndonos, de paso, que el recambio en el PP será más de lo mismo. Seguir leyendo “España no es sólo eso”

Cuidado con lo que decís

Dado que la arena política en democracia supone, en gran parte, un escenario de guerra, en el que los diversos contendientes miden sus fuerzas, confrontan sus argumentos, proyectos políticos y voluntad de poder, y, por otro lado, supone un escenario de dramatización e institucionalización del conflicto, entiendo perfectamente que, en la situación en la que nos encontramos actualmente en España, los principales dirigentes políticos, más que nunca, opten por no exhibir abiertamente todas sus armas y oculten sus intenciones con el espeso velo de las medias verdades. El combate es despiadado porque todos se juegan mucho, y es comprensible que no se revelen todas las cartas para no debilitar la propia posición y fortalecer la del adversario.

Lo que ya no me parece comprensible es la falta de consideración absoluta por la ciudadanía, a la que siguen tratando como a imbéciles. Esto revela una cuestión importante: la inexistencia de una auténtica voluntad de servicio público y el abandono irresponsable a la racionalidad más instrumental y prosaica de todas las posibles.

Mariano Rajoy, para evitar el descrédito de presentarse a una investidura que no puede ganar, pone en práctica su más reconocida competencia: desaparecer. Hay quien dice que incluso a costa de erosionar la legitimidad del nuevo monarca, al que parece ser que se presionó para que no propusiera la investidura al líder del PP. La jugada iba orientada, como todos pudimos observar, a pasar la patata caliente a las manos de Pedro Sánchez. Éste acaba de fraguar un pacto con los impostores de Albert Rivera, y a todos nos cuentan que se trata de algo histórico, un hito sin parangón, muestra de la responsabilidad y sentido de Estado del PSOE y Ciudadanos. Podemos, como no podía ser de otra forma, ha roto las conversaciones para un acuerdo de legislatura con los socialistas ante este pacto, tras meses de imponer una serie de precondiciones al PSOE que todos sabemos que jamás podrían aceptar. Izquierda Unida por su parte, es un barco que se hunde ante el tremendo embate sufrido por la irrupción de Podemos, y al que sus propios tripulantes le han metido fuego. Mientras, el timonel Alberto Garzón alucina viendo tierra donde sólo hay una espesa y venenosa niebla. En esta tesitura, asustada ante la posibilidad de una nueva convocatoria electoral, IU se apresuró a agarrarse al madero flotante del acuerdo con el PSOE. Izquierda Unida lleva toda la vida agarrado a esa madera, porque hace años que saben que no podían aspirar a otra cosa. Mientras tanto, los condotieros de la independencia en Catalunya han enfundado sus sables y rebajado los decibelios de sus altavoces, a la espera del momento más propicio para salir del agujero profundo, sin luz ni salida, en el que se han metido ellos solitos con la inestimable ayuda del españolismo más recalcitrante.

En fin, que la ciudadanía, que está más despierta que nunca, está observando un lamentable espectáculo, un juego de máscaras en el que los discursos de los diversos contendientes no explican sino que camuflan. Sin embargo, la experiencia ya pesa en el sentido común de la sociedad española; son tan evidentes las falacias que se han vuelto transparentes. Habrá nuevas elecciones, y todos juegan a posicionarse lo mejor posible. Esto desde luego no quiere decir que todos sean iguales, no se puede comparar la esperanza de refundación democrática que representan unos con la persistencia en lo de siempre que representan otros, pero sí que juegan al mismo juego. Quizás no pueda ser de otra forma, pero ya cansa. Y el cansancio es una poderosa herramienta en manos del status quo. Por eso Albert Rivera ya no le tiene miedo a una nueva convocatoria electoral, y se frota las manos con el desgaste mediático que sufre el PP ante los nuevos casos de corrupción.

Mientras todo esto ocurre, el proceso de agotamiento de la España que se muere sigue su curso. El poder judicial y los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, que en momentos de crisis asoman la patita de la independencia por debajo de la puerta, han aprovechado para cumplir su trabajo, y de paso legitimarse de cara a la galería de cambios que se avecinan. Por eso han pisado el acelerador de la lucha contra la corrupción, y la inmundicia que anida en el corazón del partido popular aflora ya de manera incontrolable, a borbotones y a corazón abierto, salpicando incluso a los que habían demostrado una capacidad extraordinaria y sorpresiva para caminar sobre un mar de heces sin mancharse: léase doña Espe, la Condesa Liberal, o doña Rita Barberá, la Corleone de Valencia.

Dado que el PP es en el fondo una organización nacida con la pretensión de tomar el poder para llevarse la pasta, es decir, usar lo público para hacer negocio, pues eso y no otra cosa es el modelo de sociedad empresarial que nos venden, la corrupción no es que les azote, es que les instituye. El clientelismo, el reparto de prebendas, la malversación, la defraudación, los gastos suntuosos a costa del erario público, y todo ese largo etcétera consistente en la exacción de lo que es de todos, lo que en mi tierra se dice llevárselo calentito, no es un problema de “personas” en el PP, es una cuestión de estructura genética. El PP es un partido podrido y eso no hay quien lo arregle. Sólo les queda retirarse a la oposición, lanzarse a degüello y despedazarse unos contra otros y ver que puede salir de la carroña que quede. De esa carne podrida bien podría salir un nuevo partido lepenizado.

Cuando la selva arde, las fieras muestran su verdadera naturaleza. Rita Barberá amenazó recientemente a sus compañeros de partido en Valencia que le pedían explicaciones, advirtiéndoles: cuidado con lo que decís. Al estilo cosa nostra. Rajoy ha debido captar el mensaje, porque no ha tardado en declarar: “he hablado con Rita y dice que es inocente”. En una reciente comparecencia, la Corleone Valenciana ha agradecido el apoyo a su “buen amigo” Rajoy. Pues eso, señor Rajoy, cuidado con lo que decís, porque lo único inocente en tu partido es la noción que tenéis de lo que está aconteciendo en España.

Socialistas, radicales y separatistas

La derecha española en bloque anda estos días pregonando, desde todos los púlpitos posibles, el sermón del miedo a una conjunción de gobierno compuesta por socialistas, radicales y separatistas. Cuentan para esta labor pastoral con el apoyo inestimable de sectores muy relevantes de la esclerótica progresía del bipartidismo, con el diario El País y sus embaucadoras editoriales a la cabeza, además de importantes y poderosas figuras del Partido Socialista.

La más lozana angustia de estos sectores es por lo tanto un pacto a la portuguesa para configurar gobierno. Ahora resulta que Portugal existe, y es ese lugar donde socialistas, comunistas y la versión lusa de los podemitas han logrado forjar un gobierno contra todo pronóstico.

En medio de esta vorágine de declaraciones en torno al Advenimiento de la Gran Catástrofe si se consuma esa temida coalición, nos encontramos con la renuncia de Rajoy a presentarse a la investidura como presidente. La intención parece clara: no someterse a la ignominia pública de un Congreso votando en contra, pasar la pelota a Pedro Sánchez y no darle ni un minuto de tiempo para fraguar pactos, además de continuar azuzando a esa jauría de líderes socialistas llamada barones territoriales, la mayoría de los cuales, comandados por Susana Díaz, parecen más interesados en la caída de su Secretario General que en la formación de un gobierno de izquierdas orientado al desmantelamiento de las políticas de dieta anoréxica que se vienen aplicando a nuestro ya de por sí desnutrido sistema de bienestar social.

Hay otras lecturas que podrían explicar por qué el presidente optó por no presentarse. Pedro J. Ramírez insinúa desde las páginas de su diario on line El Español que Rajoy conocía de antemano la redada que se preparaba contra los dirigentes del PP valenciano y que es esta circunstancia la que le movió a no arriesgarse a una investidura que se preveía durísima con este nuevo escándalo de corrupción en marcha. La hipótesis es desde luego verosímil, y dice mucho de la separación de poderes en nuestro país.

En este contexto, los más avezados arúspices del conservadurismo español han puesto ya en marcha sus excelsas aptitudes para el vaticinio, leyendo en las entrañas del sacrificado animal del bipartidismo aquello que puede depararnos el futuro. Pongamos unos ilustrativos ejemplos:

Primer apunte: Edurne Iriarte. Politóloga y periodista, Catedrática de Ciencia Política, tertuliana, asidua en la COPE y en ese infumable crisol de nostálgicos del franquismo que supone el programa El Gato al Agua. Esta antigua militante socialista, pasada a la derecha sin muchos miramientos, y probablemente radicalizada en su conservadurismo por culpa de un deleznable intento de asesinato por parte de ETA, en su columna habitual en ABC, juega a rizar el rizo al comparar a Donald Trump y a Pedro Sánchez. La carambola la consigue a través de este argumento: Trump ha caído en el populismo y la extrema derecha y el PSOE de Sánchez en el populismo y la extrema izquierda. Su breve artículo se titula La Hora de una Conjura Socialista, y se trata ni más ni menos, que de una petición abierta al PSOE de conjurarse contra Pedro Sánchez, desbancarlo, evitar que consuma el pacto que romperá a España. La oreja derecha de Susana Díaz está que arde.

Segundo apunte: Francisco Marhuenda. El más ubicuo y pertinaz de los almuédanos oficiosos del gobierno, en el videoblog de su periódico, La Razón, advertía sin ninguna clase de rodeos que se avecina la posibilidad del “comienzo del fin de España” (sic). La propuesta de Podemos de crear un grupo parlamentario confederal es para Marhuenda el Apocalipsis mismo, pero sin parusía.

En opinión de este portento del periodismo, uno de los responsables, con permiso de Eduardo Inda, de haber elevado a esta digna profesión a sus más altas cotas de decadencia, servilismo y falta absoluta de ética profesional, la propuesta de Pablo Iglesias debe alumbrarnos a todos acerca de cuál es el proyecto para España de los 69 piojosos: destruirla. Según Marhuenda, “el proyecto de Pablo Iglesias dejaría a nuestro país vacío de contenido en sus organismos estatales”. Tras pintar al diablo de morado, con cuernos, rabo y coleta, devorando la piel de toro con saña, nos advierte del gran peligro: un pacto de Podemos con el PSOE y la aquiescencia del PNV. La sutileza de Marhuenda, la finura de sus análisis, la calidad y profesionalidad de este gran estadista, es un gran regalo para toda España. Gracias, Marhuenda, por develarnos la verdad que se oculta tras los oscuros designios del Satán irano-venezolano. Vas a pasar a los libros de Historia.

En la misma onda van las declaraciones recientes de Aznar en el Diario Las Américas, un periódico nacido en Miami a principios de los 50, infectado hasta la médula de fundamentalismo neoliberal y caracterizado por su apoyo incondicional a los sectores más recalcitrantes de la derecha norteamericana.

Aznar, vestido de un blanco impoluto que le mimetiza simbólicamente con el escenario de un medio de comunicación con el que comulga genéticamente, después de soltar que Ecuador y Bolivia son dictaduras, así, a lo loco, demostrando una vez más que el análisis concienzudo, el rigor y la honestidad intelectual no están entre las virtudes de este autoconsiderado campeón de la democracia, nos dice:

“Podemos es una amenaza para nuestro sistema democrático y nuestras libertades. Esas personas no creen en un sistema democrático y quieren subvertirlo; no creen en el Estado de derecho; no creen en la independencia judicial; no creen en un sistema democrático libre ni en la economía de mercado, ni en las libertades de las personas y, de ahí su carácter chavista-comunista. Podemos es un riesgo político y, si tiene alguna posibilidad de llegar al Gobierno, mucho más todavía”.

Esto lo dice el Presidente de Honor de un partido que desde el gobierno se ha dedicado, sistemáticamente, a erosionar la calidad democrática de nuestras instituciones de gobierno. Un partido que interfiere en la justicia a todos los niveles, desde la colocación de jueces afines en los puestos de la más alta responsabilidad, hasta concertando reuniones entre un Ministro de Interior y un imputado por corrupción de alta alcurnia; que articula todo tipo de artimañas legales para impedir el desarrollo de investigaciones policiales y judiciales que afectan al Partido Popular; que destruye discos duros a martillazos para ocultar información, que cambia leyes a su antojo, por decreto presidencial o haciendo uso de su mayoría parlamentaria, para entorpecer procesos judiciales. Lo dice el máximo referente de un partido que ha extendido las redes de la corrupción al nivel de metástasis por todo nuestro sistema institucional; que tiene a todos sus tesoreros acusados por delitos de corrupción, que ha malversado caudales públicos a mansalva, a manos llenas y a plena luz del día, de manera tan impune y naturalizada que algunos hasta se olvidaron de mantener un mínimo prurito de precaución. Un partido que ha mantenido entre sus huestes a sinvergüenzas que roban dinero público “porque no es de nadie” de todos los espacios imaginables: desde la visita del Papa a Valencia a los fondos destinados a la Ayuda del Desarrollo (el dinero a “negrolandia” según uno de los imputados). Un partido, en fin, que ha reducido los derechos laborales, de asociación y reunión, que ha colocado la desigualdad y la pobreza de España (si, si, la igualdad y la redistribución de la riqueza también tienen algo que ver con la democracia) en los más altos rankings del panorama europeo… En fin, paro de contar, que todo es de sobras conocido, y ya sólo lo niegan aquellos que desean continuar abusando de los privilegios que les reporta la ignorancia ajena.

En resumen, Aznar tiene desde luego toda la legitimidad del mundo para decir estas cosas que dice en el Diario de las Américas, pues de amenazas al sistema democrático sabe lo suyo. Eso es lo que pasa cuando se confunde libertad de mercado con sistema democrático. Desde luego la democracia contiene en su seno la posibilidad del libre mercado, pero lo excede, y con creces. Precisamente la democracia se construyó en tensión con las pretensiones omniabarcadoras de los defensores y beneficiarios a ultranza del libre-mercado, al que ya sabemos hay que imponerle límites y controles para que no nos lleve de cabeza hacia el abismo. Dos guerras mundiales debieran ya habernos aleccionado sobre esta cuestión.

Parece que en España los expresidentes suelen desarrollar una extraña tendencia a la fascinación por la opinión propia. Se tienen a sí mismos en tan alta consideración que se sienten obligados a expresar su sabiduría de grandes hombres de Estado en momentos críticos, para ilustrarnos a todos, desde su atalaya divina, con la voz de la experiencia. De paso suelen recordarnos lo importantes que han sido para la historia del Universo. Primero fue el big bang, y luego vinieron ellos.

Como Aznar, Felipe González está aquejado de este cegador autodeslumbramiento, y, en estos días de incertidumbre política, no ha podido contenerse. Desde las páginas de El País Felipe viene a aconsejarnos básicamente lo mismo que Aznar. Hay una diferencia, claro está, y es que Aznar nunca le llegó, en términos políticos, a la suela de los zapatos a González, y de ahí que este último sea capaz de análisis políticos de mayor profundidad. El buque insignia del socialismo español llama la atención sobre algunas cuestiones que el bipartidismo tiene que afrontar indiscutiblemente si quiere seguir pintando algo en el panorama político y contener eficazmente la oleada de cambio que se les viene encima: reforma constitucional, de la ley electoral, regeneración del sistema contra la corrupción. Luego está el mensaje básico de baja estofa: Podemos es Leninismo 3.0, y su proyecto, “desde posiciones parecidas a las que han practicado en Venezuela sus aliados” es “liquidar, no reformar, el marco democrático de convivencia”. Como pueden observar, exactamente el mismo discurso del miedo.

En todo caso, a mi todo esto de las 7 plagas de Egipto y el anuncio de La Madre de Todas las Catástrofes me suena a lo de siempre: pamplinas, que sólo se creen los más fanáticos de entre los que las vocean.

Tras el ruido, se esconde la advertencia de que nos preparemos, que llega de nuevo la crispación que la derecha pone en juego cada vez que no están satisfechos con los resultados que arroja el juego democrático.

Bajo el anuncio de la hecatombe, parece esconderse además el hecho de la inevitabilidad de unas nuevas elecciones ante la imposibilidad de establecer un pacto estable de gobierno. Todo esto es para poder culpar a unos u a otros de la convocatoria de nuevas elecciones. Unas elecciones que pueden favorecer al PP en detrimento de Ciudadanos y a Podemos en perjuicio del PSOE. Tras el mensaje del cataclismo lo que parece estar en juego es el pavor que les produce no estar en una posición de mayor fuerza para acometer la tarea inevitable de un gobierno que tendrá que lidiar con un proyecto de reformas en el que muchas de las líneas rojas que hoy se siguen trazando (la cuestión territorial por ejemplo) van a tener que saltar por los aires.

El fin de la civilización occidental y la ruptura de España: la catástrofe que el pensamiento conservador español lleva anunciando desde hace al menos 200 años. Si siguen así otros 1000 años, y dado que nada es eterno, puede que finalmente acierten. Pero por lo pronto, lo único que parece divisarse en el horizonte es la quiebra de su modelo de España. Un modelo que ellos forjaron, del que se han beneficiado a espuertas y que ellos mismos se han encargado de colapsar. Y ya era hora.

El Tiempo de Rajoy

Mariano Rajoy no da más de sí. Su última neurona expiró por extenuación tras mandar la orden de pronunciar la palabra “ruiz” en el debate previo a las elecciones con Pedro Sánchez. Ahí cortocircuitó definitivamente su capacidad de percibir la realidad y empatizar con el entorno, si es que alguna vez la tuvo.

El movimiento táctico de los últimos días (me refiero a su no presentación a la investidura), contiene sin duda mucho de astucia política, a pesar del colapso de su sistema neuronal. Sin embargo, sólo es un acto reflejo, el sistema de autodefensa del funcionario anodino y gris cargado de inquina y mala leche, que cree sinceramente (porque es lo único que saber hacer) que la política es mera administración y gestión de recursos, cosa de “expertos” y “técnicos”. Que no venga nadie a enmendarle la plana porque la lía parda con el papeleo. Esta idea la llevaba barajando semanas, pero no se ha atrevido a dar el paso, como él mismo ha reconocido, hasta que Pablo Iglesias ha lanzado el órdago del posible pacto con el PSOE.

Rajoy conoce cómo funciona el sistema; de lo único que sabe es de procedimientos. No se presentará a la investidura porque se niega a pasar el trago de una visible derrota, pública y televisada, y prefiere pasarle la pelota al PSOE, pretendiendo de paso tumbar a Sánchez a través de la presión del tiempo y de la puñalada por la espalda que espera le aseste Susana Díaz. Desde luego los cuchillos los tiene, y afilados, pero últimamente pareciera que espera mejor momento. El instinto político de la Cacique del Sur es sútil y contiene ciertas dosis de refinamiento. Veremos si cae en la trampa.

El más húmedo sueño de Rajoy es una Gran Coalición, con un PSOE sin Sánchez y Ciudadanos como mascota solícita, para traerle las zapatillas y El Marca. Su sueño, nuestra pesadilla, es compartido por la Troika. Y eso son palabras mayores, porque éstos sí que saben convertir ideología en realidades. Las señales que mandan son evidentes. De hecho, nos están advirtiendo cada vez más abiertamente que del insecticida que le rociaron al tábano griego le quedan toneladas, que no se nos ocurra pensar en nociones anticuadas como eso de la “soberanía popular”. Y que pasemos otra vez por caja, que van a cobrarnos un poco más en recortes. El Sur es el Sur y el Norte es el Norte, cada uno en su sitio, y sin rechistar, que los menores de edad ni opinan ni tienen derecho a ello. Así nos ven, así nos venden, y así nos tratan. Con un insondable desprecio.

Por otra parte, nuestro sagaz presidente, que sabe mejor que nadie que España está llena de españoles (y mucho) siempre jugó magistralmente con los tiempos. Esto hay que reconocérselo. Sabe mantener la compostura en la parálisis mientras los demás sudan como cochinos en el matadero. De hecho, Rajoy no suda, se extirpó las glándulas dedicadas a eso el día que se comió el marrón del Prestige.

Pero su estrategia, consistente en dejar pasar las horas, no comparecer, interponer a otros entre su figura y el conflicto, aparentar que no se entera de nada, balbucear simplezas y recurrir a frases tan sólidas intelectualmente como “es que esto es de sentido común” o “lo que Dios manda”, ya no puede reportarle los réditos a los que estaba acostumbrado. La política en España está cambiado, se está produciendo una mutación simbólica en la cultura política, y en ella los tiempos se han acelerado. Rajoy no parece comprender que esto ocurrió en el preciso instante en el que el gobierno decidió quemar los barcos de su legitimidad social.

A esos barcos el PP les metió fuego al continuar con paso firme, asfaltándola de paso, por la senda que abrió Zapatero cuando le dijo a Merkel que en España se hacía lo que dijera el Bundestag. Con esto han provocado una ruptura radical del consenso en el que se sustentaba el pacto entre la socialdemocracia y el conservadurismo español. Bipartidismo, corrupción y enajenación de la soberanía y participación popular, pero algo (bastante en comparación con la pasada y trágica historia de España) de bienestar social. Tras la crisis, nos quedamos con todo lo primero, pero nos quitaron lo último. Y ahí PP y PSOE, que hace tiempo abandonaron cualquier indicio de entender qué significa pensar políticamente, comenzaron a sembrar la mala yerba que alimentó a los 69 odiosos que ahora inundan el Parlamento, con sus rastas y sus piojos, sus camisetas reivindicativas y sus alpargatas. Y el respaldo de más de 5 millones de ciudadanos.

Imagino que Celia Villalobos, que de tonta no tiene un pelo pero de demagoga los tiene todos, al volver todos los días del trabajo y acudir presta a ducharse para eliminar de su cuerpo la infecta peste a plebe, llegará a la conclusión a la que ha llegado toda España: se pasaron exprimiendo la gallina.

El juego de Rajoy no da más de sí. La detención de 24 dirigentes del PP valenciano, acusados en una trama de corrupción que operó hasta las elecciones autonómicas del año pasado, y que ya ha supuesto el desmantelamiento de toda la cúpula del PP de esa comunidad autónoma y la puesta en marcha de una gestora, le pone difícil hasta su idilio natural con Albert Rivera. Éste, tras el desinfle de sus expectativas en las elecciones del 20-D, espera su turno para coger de nuevo oxígeno. El astuto líder de Ciudadanos no quiere repetición de elecciones, ahora que cada vez más españoles perciben que su partido es la misma hez de siempre con mucho papel celofán envolviendo, y pretende para evitarlo jugar el rol del hombre de Estado que busca un acuerdo por el bien de España. A ver como lidia este salvapatrias moderno con la respuesta de Rajoy a los nuevos casos de corrupción, que demuestran que en las oquedades interiores del cráneo del presidente no quedan ya ni telarañas. A una pregunta al respecto en el programa de Ana Rosa, esa gran politóloga de sobremesa, sobre la posible imputación de Rita Barberá y Camps, los grandes capos valencianos, vuelve a repetir la misma burda e ineficaz excusa de siempre: mientras no se demuestre lo contrario, son inocentes. Se demostrará Rajoy, y te quedarás sin tiempo.

2016: El Año de lo Nuevo

Este año que entra será apasionante desde el punto de vista político, quizás aún más que el trepidante 2015 que ya nos ha dejado. Las elecciones del 20-D marcan un antes y un después sin precedentes en la historia de la democracia nacida tras la muerte del tirano y el periodo de Transición.

El vencedor moral de las elecciones es, a mi juicio, Podemos, que ha alcanzado la friolera de 69 diputados, articulando, contra viento y marea, una inteligente campaña centrada en el efectivo lema de la “remontada”. Pablo Iglesias, tras la pifia en el vis a vis con Rivera, ha estado fino como la tela de una araña, y ha sabido tejer una red discursiva que ha demostrado ser rocosa a la vez que flexible, resistiendo con soltura el terrible embate que el partido morado ha venido sufriendo desde que dio la campanada en las elecciones europeas del 2014.

La España que se muere, esa que chapotea sin aire en la ciénaga del exhausto posfranquismo, ha puesto en el asador todo su arsenal contra los de Iglesias: les ha lanzado los misiles del miedo al caos, los cartuchos con pólvora seca del miedo al comunismo, las balas del desprecio a lo latinoamericano, además del arma atómica contra Grecia, ahíta de radioactividad frente a la ilusión del cambio. Bombas sucias, de racimo, napalm ardiente desde Bruselas; todo ha valido para tratar de destruir, contener, machacar, desprestigiar, insultar y pisotear a Podemos y al impulso democrático que representa.

Esta estrategia de acoso y derribo ha tenido éxito en algunos campos, ha alumbrado la excesivamente inflada expectativa electoral de los impostores de Albert Rivera, y se ha cobrado sus víctimas, especialmente en intención de voto, pero no han logrado su principal objetivo: permitir que nada cambie.

Del otro lado, el gran perdedor moral debiera haber sido Mariano Rajoy. El PP ha perdido 63 escaños y más de 3,6 millones de votos. Sin embargo, esta sangría ha quedado oculta tras el velo que ha impuesto la supina imbecilidad política del PSOE, que, aún con los peores resultados de su historia reciente, podía haber jugado un papel central en el tablero político. Sin embargo, en vez de jugar el as en la manga de sus 90 escaños, se han dedicado a la refriega cainita. Los barones territoriales han sacado los puñales mientras la caciquil Susana Díaz, desde su bastión sevillano, ha repartido piedras de afilar y ponzoña para untar a destajo. El esperpéntico espectáculo de un partido socialista dedicado a la escupir en su propia sombra es una muestra palpable de la situación de zozobra en la que se encuentra el sistema bipartidista español, incapaz de aceptar que el cambio ya se ha iniciado, y de activar algún tipo de actividad neuronal que les lleve a articular estrategias de profundidad política a largo plazo.

Mientras todo esto sucede, la CUP, finalmente, tras la carambola subrrealista del empate a 1515 en torno a la aceptación de la candidatura de Artur Más a la Generalitat, que muestra a las claras que la dirección tenía una hoja de ruta que no han logrado imponer a sus bases, ha optado por no aceptar a Más como presidente. Este cumplimiento, aunque algo tardío, de su promesa electoral inicial, supone un auténtico respiro para los que deseamos un cambio real en la política española, puesto que la opción contraria hubiera significado una mayor legitimidad para que el PSOE se embarcara en la Gran Coalición por la que claman desde Bruselas, que ya está dando señales, interfiriendo una vez más en la soberanía de un Estado miembro de la UE, de que no desea un gobierno “inestable”, entendiendo claro está por “inestable” cualquier coalición de gobierno que se atreva poner en cuestión alguna de las directrices que se cocinan desde Berlín. Sobre Portugal se puede mantener e imponer el silencio informativo; en España la cosa sería harina de otro costal.

El año 2016 es por lo tanto el Año de lo Nuevo, y el primer round va a ser las nuevas elecciones catalanas, preludio, quizás, de la repetición de las elecciones en España.

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